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¿Qué diría Aristóteles sobre la inteligencia artificial?

Es probable que lo primero que haría el filósofo sería elaborar una estrategia de estudio. Igual que cuando ideó un manual de uso de la mente con la Lógica o al desarrollar una previsión crítica para examinar lo metafísico. Aristóteles “intentó mostrar que todas las cosas de la naturaleza pertenecen a determinados grupos y subgrupos”, escribía Jostein Gaarder en El mundo de Sofía. Pero primero hizo un recuento de las herramientas que tenía para dicha tarea.

Entre los medios para conocer la inteligencia artificial (IA) estarían los sentidos y —paradójicamente— el intelecto. Algunas preguntas surgen desde este método ¿dónde ubicaríamos la IA? ¿en el ámbito de los productos humanos? O quizás ¿en la propia lógica humana y sus derivaciones?

En esa línea Aristóteles habría intentado aclarar la definición de inteligencia. Él llamó “alma racional” al ámbito donde se encontraba el intelecto humano aunque allí había otras cualidades del alma como la vegetativa y la sensitiva. La IA podría ser una inteligencia parcial. Una pregunta aristotélica sería si dicha inteligencia tendría entidad, es decir si podría ser considerada “algo” o “alguien”. Eso dependería de su autonomía. Y la esencia de la IA ¿se encuentra en el ‘software’ o en el ‘hardware’?

Estas cuestiones tan teóricas se vuelven prácticas si en el futuro delegáramos alguna responsabilidad en la IA, para integrarla en nuestras leyes o constituciones. No olvidemos que toda la estructura de pensamiento aristotélica apunta a la ética y la vida social.

¿Y es posible comprender la IA? La pregunta puede parecer de Perogrullo aunque Aristóteles era muy precavido. Sería una predisposición natural porque “todos los seres humanos deseamos conocer” dice en la ‘Metafísica’. La percepción por los sentidos es un primer paso en el conocimiento de la IA, pues nos ayuda a entender que ella depende de impulsos eléctricos y que su desarrollo es posible gracias una sofisticada gestión de energía. Esto también es muy aristotélico, porque el aprecio a los sentidos —se dice también en la ‘Metafísica‘— es consecuencia del conocimiento que obtenemos por ellos. Pero después de comunicarnos con las máquinas gracias a los interfaces y comprender mejor sus procesadores llegamos a asuntos menos sensoriales.

Habría que fijarse en qué se fundamenta la IA. Quizás Aristóteles habría desempolvado la filosofía de las matemáticas. Esta intentaba comprender al número como una idea diferente a otras ideas. Reflexionar sobre la capacidad de lo numérico para definir el universo es una cuestión interesante. Y quizás el filósofo habría barruntado otras posibilidades al hablar de los lenguajes de programación, el código máquina, los enfoques heurísticos, los algoritmos y el sistema binario.

A este punto deducimos que entender cualquier inteligencia es difícil. Cuando el filósofo teoriza sobre ello sugiere que el mejor intelecto sería aquél “que se piensa a sí mismo”. Una inteligencia que se comprende cabalmente sería perfecta. Si el entendimiento humano fuera así un artículo como este no tendría ningún sentido. Menos mal.

El sabio de Estagira ya había observado que el mundo está poblado por multitud de seres con características diversas. Su ‘Historia de los animales‘ es una clasificación de las diversas formas de vida que encontramos en la naturaleza.

Una de las diferencias que encuentra entre ellos son los niveles de inteligencia. Al ser humano lo describe como un “animal racional”. Así que Aristóteles, experto en definiciones, en algún momento atendería la situación de la inteligencia artificial (IA) y su relación con la existencia o la recreación de esta.

Precisamente la noción de IA surge —en el pensamiento contemporáneo— a partir de la interrogante de Turing sobre si las máquinas pueden simular el pensamiento humano. Este trabajo se publicó en 1937 en los ‘Proceedings of the London Mathematical Society’. Tanto Turing como los fundadores del concepto IA de la Conferencia de Dartmouth de 1956 trabajaron sobre las posibilidades que los ordenadores tienen de solucionar problemas a la manera de la mente humana.

Siguiendo esta dirección Aristóteles realizaría algunas comparaciones. Como cuando señaló los animales que podrían tener señales de inteligencia similares a la humana. En la ‘Ética para Nicómaco’ dice que “algunos animales son prudentes”, y también que los pájaros son ingeniosos, las hormigas laboriosas y las palomas advierten el peligro. De seguro Aristóteles también regalaría algunas comparaciones para la IA.

A partir de esto habría que preguntarse si la IA sería capaz de realizar definiciones sobre lo que le rodea. El científico Ramón López de Mántaras dice en ‘El próximo paso. La vida exponencial‘ que podemos ver al ordenador como una «herramienta creativa en sí misma» y evaluar sus productos como lo hacemos con los humanos. Los trabajos de este área analizan precisamente los desarrollos de la creatividad computacional.

Como para Aristóteles la inteligencia es capaz de plantear conceptos desde la percepción sensorial, otra señal de raciocinio sería la posible interpretación del mundo que nos dé la IA. Si un robot explorara otro planeta y además de dar información, ensayara nuevas definiciones sobre su estructura, entonces —quizás— estaría pensando aristotélicamente.

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