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Innovación 27 abr 2022

Guía para no perderse con las criptomonedas y la economía descentralizada

Guía para no perderse con las criptomonedas y la economía descentralizada
Vanessa Pombo Nartallo (BBVA Creative)

Criptomonedas, bitcoin, ‘blockchain’, Web3, ‘token’, DeFi, NFT, ‘smart contracts’… el mundo cripto y los nuevos avances de internet originan múltiples desarrollos tecnológicos muy dispares que giran en torno a un concepto: la descentralización. Como el hilo de Ariadna, este ‘criptoglosario’ muestra cómo se relacionan unos con otros en la economía que viene… o que ya está aquí.

Internet es una red de comunicaciones descentralizada, es decir, la forman nodos distribuidos por todo el mundo y no está bajo el control de ninguna entidad. Pero en los últimos años, navegar por internet (y relacionarnos, comprar productos, adquirir servicios…) significa depender en gran medida de las grandes compañías tecnológicas, su infraestructura y sus servicios. De manera progresiva ahora nos dirigimos hacia la Web3, que pretende reducir esta dependencia, favorecer la entrada de pequeños actores y ser más segura. En esta nueva internet, el usuario se situará en el centro y tendrá un mayor control de su identidad digital. Además, gracias a las DLT, ‘blockchain’ y los ‘smart contracts’, podrá convertirse en un proveedor de productos y servicios e intercambiar valor en forma de divisas o activos digitales en espacios más inmersivos.

La Web3 será el paraguas idóneo para dar cabida a esta nueva economía en auge.

DLT son las siglas en inglés de tecnologías de registro distribuido (‘Distributed Ledger Technology’). Una DLT es un libro de registro digitalizado y descentralizado, una base de datos que gestionan varios participantes y carece de una autoridad central que actúe como verificador. Este sistema aumenta la transparencia —ya que dificulta cualquier tipo de fraude o manipulación— y es más complicado de ‘hackear’. Se cree que las DLT tendrán un gran impacto en muchos sectores, pero principalmente en el financiero. La banca gestiona una gran cantidad de datos bajo estrictas regulaciones, y los registros distribuidos pueden ser de gran ayuda para eliminar ineficiencias y ahorrar costes en ámbitos como el comercio internacional, las transferencias de fondos internacionales o el cumplimiento normativo.

Aunque a veces se confunden los términos, no todas las DLT son ‘blockchain’, aunque todas las ‘blockchain’ sí son DLT.

Una ‘blockchain’ es una DLT, es decir, una base de datos de registro distribuido, pero formada por una cadena de ‘bloques’ (su traducción más habitual). Por lo tanto, una ‘blockchain’ es idónea para registrar una serie de transacciones interrelacionadas, por ejemplo, para transferir valores o activos de un lugar a otro. Cada transacción o bloque se cierra con una especie de firma criptográfica llamada ‘hash’, que además es la misma que abre el siguiente bloque, como si fuera un sello lacrado. Este proceso certifica que la información, encriptada, no se ha manipulado ni se puede manipular. Además, es muy difícil borrar y falsificar los bloques. Todo ello elimina la necesidad de un tercero que verifique las operaciones: su autenticidad queda certificada por la red de nodos que forman esa cadena de bloques.

‘Blockchain’ debe su fama a ser la tecnología tras la famosa criptomoneda bitcoin. Pero su potencial va mucho más allá, por ejemplo, con los ‘smart contracts’.

Los contratos inteligentes son programas informáticos que permiten establecer condiciones en una transacción (si ocurre ‘a’, a continuación debe ocurrir ‘b’). El potencial de estos ‘smart contracts’ radica en su capacidad de ejecutarse y hacer cumplir sus condiciones de manera automática sin la intermediación de terceros. Los usos más comunes que se están estudiando van desde acciones sencillas, como votar en un foro, hasta otras de mayor complejidad, como garantías de préstamos, contratos de futuros o la fijación de prioridades de pago en una nota estructurada.

Los ‘smart contracts’ han permitido la eclosión de ‘apps’ descentralizadas, o ÐApps.

Las ÐApps (pronunciado ‘di-app’) son aplicaciones descentralizadas basadas en ‘blockchain’ con las que los usuarios se relacionan directamente y cierran acuerdos, sin que exista una entidad central que gestione el servicio. Cuando utilizamos ‘apps’ propiedad de alguna compañía, nuestra información pasa por sus servidores (como los servidores de Meta, anteriormente Facebook, cuando usamos WhatsApp). Una ÐApp, en cambio, ha sido creada por un usuario o grupo de usuarios. El control de cada uno de sus registros está compartido y distribuido entre todos los miembros de esa aplicación gracias a una cadena de bloques.

Ethereum, NEAR, TRON, ICON o xDai son algunas de las plataformas que permiten la creación de ÐApps, que pueden ser de muchos tipos: desde juegos y redes sociales a seguridad, almacenamiento o finanzas descentralizadas.

DeFi es el acrónimo inglés de las finanzas descentralizadas, servicios financieros (sobre todo de préstamo e inversión) ejecutados mediante ‘smart contracts’. En el sector financiero tradicional, los bancos canalizan los pagos, intermedian el crédito y llevan los registros de todas las operaciones. En las DeFi, virtualmente cualquier entidad o particular puede ofrecer estos servicios, y el registro y control de movimientos entre cuentas lo mantienen cientos de miles de ordenadores interconectados.

Las DeFi están en una etapa muy inicial y pendiente de regulación, pero en auge, y podrían cambiar las reglas del juego del sector financiero. Además, marcan el camino para que la descentralización impacte en todos los sectores de actividad, impulsada por la Web3.

Los ‘token’ digitales son el ladrillo básico de todas las transacciones digitales mencionadas y de cualquier otra, así como del intercambio de activos digitales bajo el paradigma cripto. Su traducción en castellano es ‘fichas’, como las que activan los coches de choque o desbloquean el carrito del supermercado. Y eso es precisamente lo que son. Se trata de unidades de valor fundamentadas en ‘blockchain’, que emite una entidad privada para que tenga una función y un valor específicos en el mundo digital, los que la entidad establezca. Así, por ejemplo, pueden servir para otorgar un derecho dentro de una red privada, pagar por un trabajo o por una cesión de datos, como puerta de entrada a unos servicios extra (por ejemplo, en programas de fidelización) o representar la posesión de acciones o dividendos de una empresa.

Los ‘token’ que, a diferencia de los anteriores, funcionan como medios de pago y reservas de valor, son las famosas criptomonedas. La primera de ellas, bitcoin, es también la primera por capitalización de mercado. Su ‘blockchain’ Bitcoin está plenamente dedicada a los desarrollos relacionados con esta criptomoneda. La segunda por capitalización de mercado es ether, de la red ‘blockchain’ Ethereum, y aquí las premisas son distintas: Ethereum va varios pasos más allá de Bitcoin y es la principal ‘blockchain’ impulsora de los ‘smart contracts’, las ÐApps, otras criptomonedas… Por lo tanto, su ‘token’ ether no solo funciona como criptodivisa, sino que también es una pieza clave para las DeFi.

Hoy en día hay decenas de miles de criptomonedas que permiten efectuar transacciones digitales, y su número crece cada día. Las más respaldadas no dejan de ganar terreno como inversión alternativa. Sin embargo, están asociadas a una gran volatilidad, que puede hacer que su precio caiga más de un 50% en pocos días o aumente un 12.000% en solo unos meses.

Para intentar minimizar esta volatilidad, se han desarrollado las llamadas ‘stablecoins’: ‘tokens’ controlados por algoritmos o asociados al valor de una moneda ‘fiat’, a bienes materiales (como el oro o inmuebles) o a otra criptomoneda.

No hay que confundir las criptomonedas con las monedas digitales, que son desarrollos de los bancos centrales en estados más o menos avanzados y representarán la versión digital de las monedas ‘fiat’, como el euro, el dólar o el yen digitales.

A esta economía que se está generando en torno a la descentralización han llegado también la creación de objetos de valor intercambiables y la emisión y transmisión de derechos de propiedad intelectual digital. NFT son las siglas en inglés para denominar a los ‘tokens’ no fungibles, activos digitales irremplazables por otro similar, ya que son únicos. Prácticamente cualquier elemento digital (un vídeo, un tema musical, una obra de arte) se puede trasladar a un NFT. En ese momento, se convierte en una pieza única que tiene certificado de autenticidad, acredita la posesión de su propietario y, mediante ‘smart contracts’, es susceptible de ser comprada, vendida o intercambiada por otro activo digital.

Los CryptoKitties fueron el primer coleccionable NFT y, desde entonces, la popularidad del formato ha crecido exponencialmente. Uno de sus potenciales radica en ayudar a democratizar el mercado del arte digital. Pero las grandes empresas y figuras del entretenimiento, el lujo y el arte ya se están moviendo para conseguir las mejores posiciones en el suculento mercado del coleccionismo virtual.

En algunos años, todo este intercambio descentralizado de valor digital podría trasladarse del actual internet a los metaversos, es decir, los mundos inmersivos en 3D. Son desarrollos que todavía están en una fase muy inicial, pero que apuntan a tres posibilidades: entornos de interactividad limitada que visitamos desde la pantalla plana de nuestros dispositivos electrónicos; mundos 100% inmersivos a los que se accede con gafas de realidad virtual, y en los que los usuarios podrían comprar, vender e intercambiar productos, servicios y arte de forma interactiva; o una realidad mixta que permitiría interactuar con objetos reales dentro de un mundo virtual o, al revés, reproducir elementos virtuales en la realidad.

Todavía está por ver cuál de estas modalidades acabará generalizándose. Entretanto, el ‘boom’ inmobiliario para hacerse con un terreno virtual ya ha empezado. Otro ejemplo de esta nueva economía que no es que esté por venir, sino que ya está aquí.