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Sostenibilidad Act. 10 abr 2020

Huellas digital y de carbono: rastros humanos en el siglo XXI

La emergencia climática es uno de los mayores desafíos de la humanidad. No solo el transporte, el sector agroganadero o la industria pesada contribuyen a la emisión de gases de efecto invernadero. Nuestra actividad digital, que normalmente está asociada a la huella digital rastreable que dejamos, también contribuye a la huella de carbono.

Cada vez que alguien envía un correo electrónico deja una huella de carbono. También cuando manda un mensaje de WhatsApp. Y cuando ve una película en Netflix. Por increíble que parezca, todas estas acciones contribuyen en mayor o menor medida a la emisión mundial de gases de efecto invernadero. Los dispositivos utilizados para llevarlas a cabo y el uso de las redes requieren energía y, por lo tanto, contribuyen a la emisión de dióxido de carbono.

Al mismo tiempo, todas estas acciones que llevamos a cabo desde nuestros dispositivos marcan nuestra huella digital. Esta se define como el conjunto de actividades digitales que un usuario lleva a cabo en internet y que además son rastreables. Es información que se recoge de forma pasiva (mediante ‘cookies’ en las páginas web que navegamos) y activa (la publicación de un ‘post’ en una red social). Se almacena en servidores, emplazados generalmente en grandes centros de datos.

En cuanto a la huella de carbono, hace referencia a la totalidad de gases de efecto invernadero emitidos por un individuo, organización, evento o producto. Desde la Asociación por el Medio Ambiente y Contra el Cambio Climático (AMA) muestran su preocupación: “La concentración en la atmósfera de estos gases a una escala nunca vista en la historia de la humanidad está provocando un aumento de más de un grado en la temperatura media del planeta, un aumento, además, en un período muy corto de tiempo. Esto nos aleja de la estabilidad climática que caracterizó al Holoceno, durante el cual se desarrolló nuestra civilización”.

La huella digital y la de carbono son dos rastros que los humanos dejaremos irremediablemente en el siglo XXI y están conectadas entre sí. Hay múltiples estudios que analizan el impacto de la actividad digital de los usuarios en el planeta. Según un informe de Greenpeace de 2017, el consumo energético de las TIC es responsable del 8% del gasto la energía mundial. Por entonces se esperaba que el porcentaje fuera en aumento. “Cuando enviamos un email o realizamos otras acciones en la web, se necesita energía para alimentar los centros de datos, los ordenadores y los dispositivos que envían, filtran y entregan correos u otros contenidos”, afirman fuentes de la empresa energética Ovo.

Una investigación realizada el año pasado por esta compañía analizó el impacto de los 64 millones de correos innecesarios enviados a diario por los ciudadanos de Reino Unido. Estos usuarios envían una media de 11 correos electrónicos innecesarios a la semana. El estudio reveló que si cada uno de ellos prescindiera de solo uno de esos mensajes al día, se dejarían de emitir a la atmósfera 16.433 toneladas de dióxido de carbono al año. Este sería “el equivalente a retirar de la circulación 3.334 coches de gasolina o a eliminar 81.152 vuelos entre Londres y Madrid”.

Cuanto mayor es el tamaño del archivo adjunto en un ‘email’, más energía se necesita para enviar, almacenar y recibir ese correo electrónico. “No estamos diciendo en absoluto que un correo electrónico destruirá el planeta”, añaden desde Ovo. Sin embargo, esta investigación “sirve para ilustrar el hecho de que todo lo que hacemos tiene una huella de carbono adjunta, así que si todos fuéramos un poco más cuidadosos con nuestras acciones diarias, ayudaríamos a reducir nuestra huella colectiva”.

La crisis climática es uno de los mayores desafíos de la humanidad. La concentración en la atmósfera de los principales gases de efecto invernadero marcó un nuevo récord durante 2018. Según la Organización Meteorológica Mundial, la concentración de dióxido de carbono fue entonces la más alta desde hace tres millones de años.

“Todo lo que hacemos tiene una huella de carbono adjunta”

A Francisco Victoria Jumilla, jefe del servicio de fomento del medioambiente y cambio climático de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, no le cabe duda de que el transporte es el sector que genera una mayor huella de carbono en el planeta. Pero además de coger el coche, otras actividades, como poner la calefacción u optar por alimentos envasados o que recorren miles de kilómetros para llegar a su destino, también tienen un impacto medioambiental.

Existen diferentes métodos y páginas webs que permiten a cualquier persona calcular las emisiones de gases de efecto invernadero provocadas por sus acciones. Se tiene en cuenta su factura anual de gas, la electricidad que utiliza, los kilómetros que recorre en avión o automóvil o el consumo de alimentos, productos y servicios.

En el caso de las empresas, influye el uso de combustibles fósiles en maquinaria, las pérdidas de gases refrigerantes o ciertas reacciones químicas durante los procesos de producción. El sector agroganadero y la industria pesada también forman parte de los sectores con mayor responsabilidad en las emisiones de gases de efecto invernadero.

Cada vez más organizaciones intentan reducir su impacto medioambiental en el planeta. BBVA se ha comprometido a ser neutra en emisiones de CO2 en 2020. Este plan incluye medidas para facilitar el transporte compartido, la aplicación de medidas de eficiencia energética y el uso de videoconferencias para evitar desplazamientos innecesarios. La neutralidad de carbono se consigue cuando se emite la misma cantidad de dióxido de carbono a la atmósfera de la que se elimina por distintas vías.

Reducir la huella de carbono de personas y organizaciones es posible con diferentes medidas. “Por ejemplo, limitando el consumo de combustibles fósiles en el transporte o la generación de otros gases de efecto invernadero distintos al dióxido de carbono como las emisiones de metano en la ganadería o el óxido nitroso en la agricultura”, explica Victoria Jumilla. También utilizando energías renovables: “Cada metro cuadrado de panel de energía solar fotovoltaica supone evitar unas emisiones de 65 kilogramos de dióxido de carbono al agua. Y aprovechando el agua de lluvia. “Por cada metro cúbico de agua de lluvia utilizada evitamos 0,4 kilogramos de dióxido de carbono, que son las emisiones que generan los suministradores de agua potable”, afirma.

Tomar este tipo de medidas cuanto antes es primordial para garantizar la existencia de la Tierra como la conocemos hoy en día. En AMA lo tienen claro: “Si dejamos que la temperatura media del planeta aumente dos grados, podemos desencadenar procesos de retroalimentación positiva que nos llevarían en las próximas décadas a un planeta sin hielo en los polos; un aumento del nivel del mar de más de dos metros y con grandes áreas del planeta totalmente inhabitables”.

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