El dinero se puede analizar desde tres perspectivas diferentes, desde la del ahorro, la del consumo y la de la inversión. Esto significa que aunque un billete o una moneda sea algo muy concreto, su verdadera definición se encuentra en su potencial.

La inversión representaría la utilización consciente de una parte de nuestro capital con el objetivo de aumentar su rendimiento futuro en forma de rentas, ingresos u otros beneficios materiales o inmateriales, asumiendo cierto grado de riesgo y renunciando al disfrute inmediato de los fondos aportados.

En otras palabras, se trata de una forma de gestionar parte de nuestros dinero ahorrado, ya que o bien podemos asegurarnos de que estén disponibles en su totalidad para cubrir necesidades de consumo o podemos poner cierta cantidad a trabajar en forma de inversión.

El ahorro sin más, supone una gestión pasiva del dinero, que funciona como garantía ante imprevistos (reducción de ingresos o aumento puntual de la necesidad de gasto) o para reducir nuestra dependencia de vías de financiación externas en caso de necesitar realizar un consumo de cuantía relevante. Aún así, no siempre se trata de la opción más rentable.

El dinero puede crecer en base a sí mismo

Es importante analizar nuestras necesidades de consumo a corto, medio y largo plazo, así como nuestro nivel de gastos e ingresos, para ser conscientes de las repercusiones que tendrá comprometer parte de los fondos disponibles, descubriendo si vale la pena asumir determinado nivel de riesgo para obtener cierto rendimiento futuro.

De esta manera, una inversión no solo se producirá al introducir nuestro dinero en un producto financiero, sino que también se produciría con la compra de un vehículo, si este nos permite aumentar el nivel de ingresos futuros como profesionales, o si nos proporciona otro tipo de rendimientos futuros como ahorro de tiempo o un aumento de oportunidades laborales.

Con ello no podemos obviar que en muchos casos también se suele definir como inversión al gasto que ha desembocado en satisfacción psicológica, por lo que el análisis del rendimiento no deja de tener una vertiente subjetiva, si bien en términos económicos debe ser analizado de forma objetiva: hoy invierto “X” y con el paso del tiempo recupero “X+1”.

Este beneficio potencial se encuentra directamente relacionado con el riesgo, por lo que los productos con un mayor componente de riesgo podrá traducirse en mayores ganancias o pérdidas, mientras que los más seguros nos garantizarán ciertos niveles de beneficios, aunque estos serán más comedidos. Por eso hay tres preguntas fundamentales que deberemos hacernos:

– ¿Cuánto voy a necesitar el dinero invertido?

– ¿Qué rendimiento pretendo obtener?

– ¿Qué riesgo puedo asumir?

Tal y como se puede ir adivinando, existen dos grandes grupos de inversión: las productivas y las no productivas. Las primeras son aquellas realizadas para modernizar, ampliar o remplazar los procesos productivos de una empresa o profesional, como las realizadas en maquinaria, vehículos, nuevas tecnologías y otros tipos de bienes productivos, mientras las segundas se dividen en varios grupos:

– Inversiones financieras: Fondos de inversión, depósitos bancarios, deuda pública, acciones, deuda privada, derivados financieros, planes de pensiones, etc.

– Otras inversiones: compra de oro, materias primas, obras de arte y demás

– Inversiones inmobiliarias: casas, solares, pisos, garajes, locales, etc.

Nuestro perfil debe determinar el uso que hacemos del dinero

No todas las inversiones tienen un riesgo alto, ya que existen productos que se adaptan a cada perfil de inversor. Podemos utilizar una parte de nuestros ahorros para invertirlo en renta fija, con lo que es posible obtener rendimientos con un riesgo realmente bajo, aunque nunca es igual a cero.

La renta fija implica que el rendimiento de la inversión es pactado desde el principio mediante una tasa de interés predefinida, que no se verá influenciada por las subidas o bajadas de los mercados. En otras palabras, a cambio de no disponer de una parte de nuestro capital durante el periodo de tiempo pactado, se nos recompensará con un beneficio determinado.

Por otra parte, la renta variable implica un mayor riesgo, ya que los resultados de nuestra inversión dependerán de los resultados que se produzcan a raíz de ella, en el momento en el que venza el plazo. Al haber una mayor incertidumbre, los beneficios potenciales serán mayores que los de la renta fija, aunque también las pérdidas.

La opción de la renta mixta se erige como una opción intermedia, al estar formada por una parte fija y otra variable. Por tanto, el rendimiento se encontrará más controlado según sea más amplia la parte fija respecto a la variable.

En definitiva, poner una parte de nuestros ahorros a trabajar nos permite aumentarlos a futuro, siempre que actuemos responsablemente respecto a la cantidad aportada, el nivel de riesgo y el plazo que podemos estar sin disponer del capital. Si este importe va a estar inmóvil en nuestra cuenta, puede ser conveniente analizar las opciones de invertirlo sabiamente.

El riesgo y el dinero tienen una relación íntima

Sin duda la mayor desventaja de las inversiones se encuentra en el riesgo. Hay que tener en cuenta que el riesgo cero no existe como tal ni siquiera en la renta fija, aunque muchos escenarios sean improbables.

Ahora bien, el riesgo no solo se encuentra en las características del producto en el que invirtamos, sino en nuestra propia forma de invertir. De esta forma, si comprometemos más fondos de los que deberíamos, podemos tener problemas de solvencia a corto plazo.

Para evitarlo es importante buscar un buen asesoramiento y actuar siempre teniendo en cuenta las repercusiones de nuestros actos. No deberíamos actuar ante una inversión como si se tratara de una apuesta.

También tenemos que tener mucho cuidado con el producto que seleccionemos, buscando el que se ajuste más a nuestro perfil inversor. Si no estás dispuesto a asumir las pérdidas potenciales de una inversión muy arriesgada, la decisión más inteligente puede ser dar un paso atrás. La avaricia es una mala consejera.

El dinero no medita. Tú sí

La información es poder, por lo que el principal consejo que puede darse a la hora de estudiar la posibilidad de hacer una inversión, pasa por informarse sobre el producto en el que vamos a depositar nuestro capital. Con ello podremos actuar con mayor consciencia, obteniendo una visión más realista sobre el riesgo existente.

– Estudia las alternativas de inversión

– No minimices los riesgos

– No comprometas un alto porcentaje de tus ahorros

– Estudia tus necesidades económicas a corto, medio y largo plazo

– Busca inversiones adecuadas a tu perfil

– No te dejes llevar por la avaricia

-Estudia el rendimiento potencial en relación con el tiempo, el capital necesario y el riesgo a asumir

– Diversifica tu cartera de inversiones

Todo esto implica que, aunque la inversión no sea la única alternativa a la hora de gestionar nuestro dinero, se trata de una opción muy a tener en cuenta, ya que existen alternativas para todos los tipos de inversor.

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