Es el concepto de moda entre las ‘startups’. Todas, con más o menos suerte, buscan dinero entre los inversores y una de las modalidades para hacerlo es precisamente una ronda de financiación.

En los últimos años, se ha alzado como la forma de financiación “predilecta” para las startups. Las rondas de financiación se han convertido en auténticos “salvavidas” para muchas empresas que, de no ser por ellas, no hubiesen podido ver la luz. Según la web Businessinfact, este proceso consiste en que la empresa en cuestión consiga dinero a través de los inversores. Esto significa que entrarán nuevos socios que adquirirán una parte del capital social de la compañía y por tanto, también tendrán el control de una parte de esta. A cambio de esa financiación, los inversores tienen como objetivo que la sociedad crezca y tenga éxito para poder recuperar al menos su capital invertido.

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Existen, además, diferentes tipos de rondas de financiación: serie A, B y C. La serie A se caracteriza porque suele ser la primera vez que la startup se ofrece a inversores externos, como puede ser un “business angel” con mucho capital o algún grupo de inversión privado. Por su parte, la serie B suele darse cuando la startup ya es rentable y ésta desea crecer y expandirse para aumentar su margen de beneficios. Por último, la siguiente ronda pasaría a denominarse de serie C ya que cada nueva ronda de financiación pasa a la siguiente letra como explica el site startups-españolas.

Pero las rondas de financiación no solo son interesantes para los inversores y para las empresas, también para los trabajadores.

De acuerdo con Techcrunch, las startups atraen a menudo a potenciales empleados con una parte de la remuneración en acciones. Si la empresa es adquirida por otra o sale a bolsa, sus acciones pueden llegar a valer mucho dinero en función de la valoración de la empresa. Normalmente, el valor de la compañía aumenta progresivamente y, por lo tanto, también el paquete de acciones. Este “dinero” no es real hasta que se produce una compra por un tercero o una salida a bolsa, pero muchas startups permiten a sus empleados vender sus acciones en el mercado secundario, en base a la última valoración de la empresa. Sin embargo, existen riesgos. Si la startup quiebra, los trabajadores no recibirán el dinero correspondiente de sus acciones.

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