La mayoría de los ciudadanos es consciente de cómo el teléfono móvil, en la versión que sea, ha modificado de manera radical su día a día.

Al margen de algunas aplicaciones que se han desarrollado en los últimos tiempos, como el pago entre móviles y darse de alta como cliente de un banco, el móvil ofrece un amplio abanico de posibilidades para gestionar las finanzas de cada uno.

Desde esos terminales, los clientes pueden planificar con total comodidad y facilidad sus objetivos financieros, con el conocimiento exacto de sus cuentas y la posibilidad de fijar una serie de movimientos de ahorro, con aportaciones periódicas a determinados productos o de manera puntual.

Algunas entidades financieras también han desarrollado algunas herramientas que no se limitan tan sólo al ahorro o la consulta del saldo disponible. Ya es posible, en algunos casos, cómo se puede calcular el precio aproximado de la compraventa de una vivienda, con comparativas de lo que se pide por inmuebles similares. Y esto parece ser sólo el principio.

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La mayoría de los expertos auguran que cada vez sea mayor la relación de los clientes con sus bancos mediante este tipo de dispositivos, y no sólo entre aquellos más jóvenes.

Los clientes más clásicos, aquellos que aún acuden a la oficina de ladrillo, ya pueden conectarse de manera identificada con su banco para la resolución de dudas o fijar una cita previa con sus gestor personal, con lo que se evitan esperas innecesarias en la oficina en determinadas fechas.

Por tanto, el desarrollo de la telefonía móvil no supone el final definitivo del contacto personal del cliente con sus gestores, sobre todo para aquellas operaciones de mayor valor añadido que requieren de una atención mucho más personal. Eso sí, el dispositivo facilitará la elección del momento más adecuado para el encuentro.

Incluso, algunas aplicaciones ya permiten la firma electrónica para la contratación de algunos productos.

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