La aparición del chicle se remonta a la época prehispánica. La civilización maya usaba el chicle para limpiarse la boca antes de las ceremonias, mitigar la sed en épocas de sequía y aumentar la salivación. La palabra chicle proviene del vocablo maya sicté ya’, que vendría a significar masticar con la boca. La producción actual de goma de mascar ha evolucionado completamente, teniendo como materia prima derivados del petróleo. Aunque todavía hay comunidades que luchan por mantener y vivir de la tradición chiclera maya.

Manuel Pech Lugo es la cuarta generación de una familia dedicada al chicle. Su padre le enseñó la labor de extracción de la resina con la que se fabrica este producto y ya lleva 31 años dedicados al difícil oficio de chiclero. Y no es el único: Manuel forma parte de una cooperativa que todavía vive de la goma de mascar. Un producto orgánico, alejado de los derivados del plástico que copan la producción actual.

El estado mexicano de Quinta Roo vio nacer el chicle. En sus tierras de bosque tropical crece el chicozapote, el árbol del que se obtiene la resina con la que se fabrica. En esta región se encuentra Tres Garantías, donde trabaja la cooperativa de Manuel y donde decenas de familias luchan por seguir viviendo del chicle. “Es lo que sabemos hacer. Nuestros padres nos lo enseñaron, y a ellos nuestros abuelos”, relata Manuel. Una tradición que no quieren perder y que parece que la moda de los productos orgánicos les está dando una tregua. Hoy en día, Japón es el primer país importador de esta materia prima y Alemania el que más goma de mascar orgánica consume. Esto supone un alivio para una industria en la que reina la producción industrial de derivados del petróleo.

La temporada para los chicleros de Tres Garantías comienza en octubre, después del periodo de lluvias. El proceso de extracción se realiza de forma muy similar a cómo lo hacían los mayas. El primer paso consiste en limpiar la maleza del entorno del árbol de chicozapote “para trabajar mejor y para espantar a los animales”. El chiclero debe realizar una serie de cortes oblicuos en la corteza para poder extraer la savia. A golpe de machete, Manuel golpea el tronco del chicozapote de donde instantes más tarde empiezan brotar gotas de un líquido blanquecino.

Ataviados con una simple cuerda, los chicleros trepan por el árbol para acuchillarlo desde la base hasta las ramas más altas. Un trabajo duro que no entiende de protocolos de seguridad. “La espalda es la que más sufre, pero somos gentes duras”, afirma Manuel.

Con el chicozapote “sangrando” resina en forma de riachuelo durante toda la noche, los chicleros son capaces de recolectar hasta 8 kg por cada árbol. Obtienen unos 70 pesos por kg de resina y cada día pueden trabajar hasta 6 árboles. “Sacamos nuestro jornal, pero no lo suficiente para cubrirnos si llega una mala temporada”, comenta. Teniendo en cuenta que un mismo chicozapote tarde 8 años en poder volver a explotarse con éxito, no le falta razón.

Tras la recolección, los chicleros transportan los bidones de resina hasta el campamento, donde se realiza la cocción. Antes de ponerla a cocer, filtran la resina para eliminar las impurezas. En grandes ollas a fuego fuerte, los hombres hierven la materia, que empieza a evaporarse. El proceso dura aproximadamente una hora en la que el chiclero no deja de remover la masa para evitar que se pegue. Cuando la savia adquiere un color caramelo y una consistencia viscosa, está lista para enfriarla y poner en un molde. Solo le faltaría añadir el sabor con productos naturales para crear un chicle totalmente orgánico. Un chicle maya que perdura en el tiempo gracias a la dedicación de Manuel y sus compañeros de Tres Garantías.

Los expedicionarios de Ruta BBVA se acercan a la tradición del chicle maya

Comunicación corporativa

Te recomendamos estas noticias

¿Quieres saber más de...?