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Internet 14 sep 2018

¿Qué es el filtro burbuja?

Si las identidades digitales solo se guían por las recomendaciones de una inteligencia artificial, corremos el riesgo de crear un mundo virtual con opiniones polarizadas.

El 4 de diciembre de 2009, Google extendió a todos los usuarios la personalización de sus resultados de búsqueda, algo que hasta entonces solo aplicaba a las consultas realizadas desde un perfil conectado a una cuenta de Gmail. Para llevar a cabo esta actualización, la compañía de Mountain View tuvo que ajustar su algoritmo mediante unos cambios que son explicados al inicio de ‘The Filter Bubble‘ (El filtro burbuja), un libro de Eli Pariser publicado en 2011 para difundir los posibles inconvenientes de que las identidades digitales reciban recomendaciones generadas mediante inteligencia artificial.

Siete años después, ese “filtro burbuja” (también conocido como burbuja social), que tituló la obra de Pariser sigue estando de actualidad y, en muchas ocasiones, delimitando el comportamiento de las identidades digitales de los usuarios, aunque no sean conscientes de ello.

¿Pero en qué consiste exactamente el filtro burbuja? En principio, en las redes sociales los usuarios tienen la libertad de elegir a sus contactos, los medios a los que siguen y los temas que les interesan, pero esta selección puede derivar en una especie de endogamia que además es acentuada por los algoritmos mediante los que Facebook, Twitter, Instagram o Spotify recomiendan contenidos personalizados según su comportamiento, sus preferencias y las acciones de amigos y conocidos.

“Un buen día te despiertas y te encuentras con que todo el mundo piensa como tú”

Aquí es donde se enmarca el filtro burbuja, un concepto que hace referencia a aquellas circunstancias por las que los perfiles en internet se mueven dentro de un espacio acotado en el que todo les resulta afín. Según los defensores más acérrimos de esta idea, es la web la que decide qué leen y qué piensan los usuarios, lo que conduce a la siguiente distopía: “un buen día te despiertas y te encuentras con que todo el mundo piensa como tú”.

Algunos algoritmos ya luchan contra los filtro burbuja fomentando que las personas encuentren cosas ‘inesperadas’.

Vivir en estas burbujas conlleva un gran inconveniente: la polarización de las opiniones. En otras palabras, la creación de un ambiente virtual en el que todos sus miembros piensan igual hace más lejanos e inaccesibles otros puntos de vista sobre un determinado asunto que, a su vez, se reorganizan en otras subredes.

Cómo salir de la burbuja

A lo largo de su investigación, Pariser ha concluido que para salir de esas burbujas deben cumplirse las siguientes condiciones:

  • Que aquellos que han ayudado a construir internet tal y como lo conocemos hoy, como Facebook y Google, incluyan cierta responsabilidad civil en su inteligencia artificial.
  • Que esas mismas compañías aseguren y demuestren que sus algoritmos son realmente transparentes, para lo cual deben explicar con qué reglas funcionan.
  • Que el usuario tenga algún tipo de control sobre la acción de los filtros que se aplican en las páginas que visita, para poder decidir qué ocurre y qué no en ellas.

Asimismo, Pariser aboga por fomentar la curiosidad personal mediante la búsqueda de espacios donde podamos encontrar conversaciones respetuosas, transversales y con ideas diferentes. Se trata de apostar por herramientas que propicien el debate y el intercambio de opiniones, al estilo de los foros de internet que tanta popularidad cosecharon a finales de los años 90 del siglo pasado y a principios del siglo XXI.

En este sentido, el propio Google lanzó en mayo de 2016 Spaces, una aplicación social para organizar grupos donde compartir impresiones y contenidos sobre temas concretos, con el objetivo de ordenar y enriquecer las conversaciones ‘online’ que algunos ya no encontraban en otras ‘apps’ debido a esas supuestas concentraciones de usuarios en torno a una única opinión. Sin embargo, esta propuesta no obtuvo el éxito esperado y se quedó en un intento fallido que se cerró definitivamente el 17 de abril de 2017, cuando aún no había cumplido un año de vida.

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