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Innovación 30 nov 2017

El riesgo de pixelar el contenido

Cuando Johannes Gutenberg inventó la imprenta en 1440 no podía editar todo que quería. La oferta textual era limitada, la censura le prohibiría la edición de ciertos escritos, los autores eran pocos y la demanda de lectura era baja. En el siglo XXI la situación es muy distinta. Vale la pena explorar estas diferencias recordando el proceso que Marshall McLuhan denominó la galaxia Gutenberg.

Hoy la edición digital está sometida al vértigo de las múltiples posibilidades que la tecnología ofrece. Nos encontramos con nuevos libros, nuevos lectores, pero sobre todo con nuevos editores. En el ámbito de la literatura, por ejemplo, Daniel Escandell intenta describir estos fenómenos en Escrituras para el siglo XXI. Literatura y blogosfera. Pero la autoedición no está restringida al mundo del libro; se inicia en las redes sociales donde muchos usuarios se han convertidos en gestores de sus propios escritos. Colgamos historias y contamos nuestras peripecias y pensamientos. Diseñamos nuestros perfiles con noticias políticas, deportivas o del espectáculo. Algunos incluso se atreven con sus propias páginas de opinión. Esto suscita enormes posibilidades de divulgación y también interferencias. El ordenamiento sobre los nuevos géneros es paulatino y no hay una total claridad porque la textualidad es de tal cantidad que es difícil clasificarla.

Hay editores sugerentes como David Remnick que aúnan la tradición finisecular y digital. Sin embargo son pocos los casos de síntesis en la convergencia del mundo físico y el digital. La razón probable es que hay una convergencia estructural que todavía no se ha producido. La alineación de las galaxias —la digital y la de Gutenberg— se ha realizado de alguna manera en la forma pero no en el contenido.

A finales del siglo XX los libros habían llegado a una definición nunca antes lograda: los avances de la imprenta sumada a la calidad del papel y la tradición de la encuadernación ofrecían textos excelentes y baratos. La edición digital del momento, con impresoras matriciales y procesadores de 8 bits procuraba imágenes muy rudimentarias. El formato que ofrecían las tarjetas gráficas era de 9×14 pixeles. Un carácter impreso en las rotativas de 1990 era mucho más preciso que las impresiones computarizadas y las letras pixeladas que aparecían en las pantallas monocromáticas de fósforo. Hoy esta distancia se ha traslapado. El detalle de las resoluciones 4K es similar a aquellas páginas impresas de finales del siglo XX. Ello sugiere —entre otras reflexiones— preguntas sobre la lectura. ¿Es la cultura del libro trasladable a la cultura del texto electrónico?, ¿es igual nuestra capacidad de atención en un dispositivo electrónico que en los medios tradicionales? Y sobre todo ¿son tan solventes los contenidos del texto digital como los de la llamada galaxia Gutenberg? Un autor que a finales del siglo XX adelantó que la calidad de contenido y edición eran adyacentes fue Robert Bringhurst en The Elements of Typographic Style. En esa época el lector avezado tenía al alcance un conjunto de medios para alcanzar información excelente.

En las décadas posteriores la profusión del contenido ha devenido en un terremoto para los espacios que contenían el conocimiento. Sea en el ámbito científico, las enciclopedias por ejemplo, o en el de la información donde se encuentran los medios tradicionales. Algunas generaciones cultas del siglo pasado se podrían sentir hoy muy desorientadas. De entre todos los ámbitos editoriales quizás el periodístico sea uno de los más convulsionados. En búsqueda de una fórmula que conjugue información veraz, capacidad crítica y negocio muchos han sucumbido. Hay experiencias célebres como las de The New York Times. Pero hemos asistido a experimentos y fórmulas que no terminan de resolver problemas como las tensiones con gigantes de la red como Google y Facebook, la falta de suscriptores, la presión publicitaria y los bulos. La deficiente comprobación de las fuentes, la manipulación del lector y la superficialidad son peligros reales. Lo comentábamos hace poco en un congreso sobre un periódico centenario en Madrid. La pixelación del texto se cierne hoy sobre el contenido. De esto se han percatado algunas empresas que ofrecen información especializada a sus clientes. Este año The Economist señalaba que la información solvente es el nuevo recurso del futuro. No solo porque el adagio clásico pide distinguir entre opinión y conocimiento, sino porque los ciudadanos necesitan datos confiables, textos cuidados y precisos en una cultura de múltiples posibilidades.

Se habla mucho de la importancia de la digitalización en los procesos de transformación empresarial. Esta característica se ha incluido en la definición de la llamada cuarta revolución industrial. Es evidente que podemos comunicar y dinamizar informáticamente los contenidos. Pero no sin atender a su calidad. Empresas e instituciones evolucionarán, desaparecerán o se transformarán a partir de esa capacidad de atención. Lo señalaba hace poco Francisco González en el Forbes Summit: habrá nuevas profesiones que enfrenten estos cambios y la clave es saber qué acciones las definen. Otra vez nos encontramos ante la importancia de las descripciones, de los análisis; es decir los contenidos. Lo cierto es que cada vez más lectores reclaman información de calidad incluso más allá de la estadística. Será porque un conocimiento cuidado permite claridades sobre un futuro posible.

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