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Coronavirus 15 abr 2020

Virus y cambio climático: cómo confluyen estas dos amenazas

Tras la paralización de la economía y la sociedad de forma simultánea en muchas zonas del planeta para contener la epidemia de COVID-19, muchas han sido las reflexiones que se han hecho en torno a la relación del virus con el cambio climático y cómo está afectando a la disminución de los niveles de polución a nivel mundial. Sin embargo, existe otra reflexión con un trasfondo más a largo plazo que también asocia el calentamiento global y el surgimiento de nuevos virus que puedan suponer una amenaza similar a la del SARS-CoV-2 en el futuro. ¿Cómo afecta el cambio climático a la virulencia, reaparición y surgimiento de amenazas víricas?

Mucho antes de que se diese forma a la teoría de los agentes infecciosos a mitad del siglo XIX, los humanos ya intuían que las condiciones climáticas tenían mucho que ver con las epidemias, tal y como demuestra la costumbre de los aristócratas romanos de retirarse a las residencias de montaña en verano para evitar la malaria, por ejemplo. Además de la fluctuación de temperaturas propia de cada clima, la actividad humana ha provocado que las temperaturas medias suban un 1ºC por encima de los niveles preindustriales, una tendencia que podría llegar hasta los 1,5ºC antes de 2050, según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático.

El cambio climático como factor de riesgo

Como resultado del cambio climático, cambios de temperatura bruscos y fenómenos meteorológicos extremos como inundaciones, huracanes o sequías más recurrentes, serían el caldo de cultivo perfecto para la alteración del comportamiento de los virus y la aparición de enfermedades infecciosas. La clave para entender esta relación es que, tal y como resume la Sociedad Europea de Microbiología Clínica y Enfermedades Infecciosas, las alteraciones en la temperatura media, los niveles de humedad, la calidad de la vegetación o el movimiento a gran escala de los animales por estos mismos motivos, inevitablemente derivan en cambios en los patrones de distribución de los artrópodos (entre los que se encuentran los insectos) y que son potentes transmisores de enfermedades.

La Organización Mundial de la Salud se muestra firme a la hora de advertir sobre los riesgos del cambio climático que, junto con otros factores como la globalización y los cambios demográficos o sociales, puede influir en la aparición de enfermedades infecciosas. Los científicos ya han demostrado, por ejemplo, cómo a medida que el mundo aumenta su temperatura media, el rango de actividad de los mosquitos transmisores de malaria también se amplía.

Además, otros factores relacionados con el cambio climático como la contaminación y el empeoramiento de la calidad del aire nos hacen más vulnerables a padecer enfermedades infecciosas de carácter respiratorio. Prueba de ello es la experiencia aprendida en la epidemia del virus SARS en China en 2002, en la que los pacientes de regiones con mayores niveles de contaminación del aire tenían el doble de probabilidades de fallecer tras contagiarse frente a los de regiones con mejor calidad del aire.

En 2009, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional lanzó el proyecto PREDICT con la intención de detectar la aparición de virus zoonóticos, aquellos que pasan de animales a humanos, por ser estos una fuente de enfermedad considerada con potencial de pandemia. Durante la primera década de su actividad, PREDICT descubrió al menos 931 virus distintos y proporcionó ayuda a 60 países para fortalecer la defensa global contra las amenazas zoonóticas. Por desgracia, el programa se canceló tan solo unas semanas antes de la aparición del nuevo coronavirus SARS-CoV-2, tal y como explica la revista científica The Lancet.

Por su parte, la OMS mantiene una vigilancia constante sobre estos enemigos microscópicos. La investigación sobre la vinculación entre las condiciones del clima y la transmisión de enfermedades infecciosas se lleva a cabo desde tres grandes ejes, según explica la misma organización. Por un lado, se estudian las evidencias del pasado reciente sobre enfermedades infecciosas y variación del clima y también se analizan aquellas infecciones víricas ya emergentes a largo plazo, al tiempo que se desarrollan modelos de predicción para estimar el impacto futuro de dichas enfermedades en diferentes escenarios de cambio climático.

Insectos, animales y humanos en la propagación de virus

El cambio climático puede influir en la propagación de enfermedades virales a través de cuatro frentes principales, tal y como recoge un informe de la OMS.

Los insectos son uno de los más importantes, pues no en vano un informe publicado en 2018 en la revista Nature apuntaba a que el 30% de todas las enfermedades emergentes en la década anterior habían sido transmitidas por vectores (denominación que recibe el conjunto de mosquitos, moscas, aves, pulgas y piojos, entre otros). Los insectos están cambiando su ciclo de vida y su zona de influencia para adaptarse al cambio climático, como en el caso de la enfermedad de Lyme, una infección transmitida por un tipo concreto de garrapata que, según científicos de la Universidad de Yale, se está expandiendo significativamente hacia el norte en Canadá y contará con un aumento del hábitat adecuado para su supervivencia del 213% para la década de 2080.

La destrucción de ecosistemas vírgenes, la tala de árboles y otras consecuencias de la actividad humanas en el medio natural también puede aumentar el riesgo de que otros virus salten de los animales (también los salvajes) a las personas. Según un estudio publicado en Nature, precisamente los hábitats degradados albergan más virus que pueden infectar a los humanos. Investigadores de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional han determinado que casi el 75 por ciento de todas las enfermedades nuevas, emergentes o reemergentes que afectan a los humanos a principios del siglo XXI son zoonóticas. En la misma línea, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos estiman que tres de cada cuatro enfermedades nuevas o emergentes provienen de animales, algo que se confirma también en cuanto al origen de la enfermedad COVID-19, tal y como recoge un estudio publicado en Nature.

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