"Asia ya no fabrica el mundo: empieza a diseñarlo"
En una tribuna publicada por elEconomista, Pep Ferrís, responsable de CIB Asia, analiza cómo la geopolítica, la inteligencia artificial y la transición energética están redibujando la economía mundial y situando a Asia en el centro del nuevo equilibrio global.
Durante más de tres décadas, la economía mundial se articuló alrededor de una idea aparentemente incuestionable: los incentivos económicos parecían imponerse a las fricciones geopolíticas. El capital fluía allí donde la rentabilidad era mayor, la energía se compraba donde resultaba más barata y las cadenas de suministro se extendían allí donde producir costaba menos. Y el sistema, en términos generales, funcionó. Impulsó uno de los mayores ciclos de crecimiento de la historia moderna y aceleró la integración económica de buena parte del planeta.
Hoy, esa lógica ha cambiado. La guerra en Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China, las sanciones comerciales, la carrera tecnológica o la fragilidad de las cadenas de suministro tras la pandemia han precipitado una transformación mucho más profunda de lo que reflejan los mercados. No estamos ante una turbulencia pasajera, sino frente a un cambio de era. Hemos pasado, de forma rápida y probablemente irreversible, de un mundo diseñado para maximizar la eficiencia a otro centrado en garantizar seguridad y resiliencia. Y en ese nuevo tablero, Asia ocupa una posición decisiva.
Durante años, la región fue vista desde Occidente como la gran fábrica del mundo: competitiva, eficiente y esencial para la producción global, aunque todavía subordinada a los grandes centros financieros tradicionales. Esa fotografía ha quedado atrás. Asia ya no es solo una plataforma manufacturera; se está convirtiendo en uno de los espacios donde se redefine cómo se financia, se organiza y se ejecuta el crecimiento del siglo XXI.
La inteligencia artificial y la transición energética son hoy las grandes palancas de ese cambio. La IA ha dejado de ser únicamente un ciclo tecnológico para convertirse en una capacidad estratégica ligada a la competitividad, la soberanía industrial y, cada vez más, a la seguridad nacional. El acceso a semiconductores avanzados, capacidad de computación, centros de datos o redes eléctricas robustas ya no se interpreta sólo en términos comerciales, sino geopolíticos.
“Asia se está convirtiendo en uno de los espacios donde se redefine cómo se financia, se organiza y se ejecuta el crecimiento del siglo XXI”
Asia se ha consolidado como el gran epicentro industrial de esta transformación. Desde las grandes potencias tecnológicas del noreste asiático, China, Japón, Taiwán y Corea del Sur; hasta los nuevos polos manufactureros del sudeste asiático y la India, la región concentra una parte creciente de la inversión global vinculada a la digitalización, la fabricación tecnológica y la reorganización de las cadenas de suministro. La estrategia “China+1” ha acelerado además esta redistribución de capacidades productivas. Asia empieza así a funcionar como una red de ecosistemas especializados que compiten y cooperan al mismo tiempo.
A ello se suma el liderazgo de China en numerosos sectores estratégicos, especialmente en energías renovables. El país se ha convertido en una potencia capaz de exportar a escala global paneles solares, baterías, vehículos eléctricos y tecnologías limpias que están reduciendo el coste de la transición energética en todo el mundo.
Pero esta nueva etapa también genera tensiones. La transición energética y la revolución de la inteligencia artificial compiten por los mismos recursos físicos: cobre, capacidad eléctrica, infraestructuras críticas, transformadores o talento especializado. Y, a diferencia del capital financiero, esas limitaciones no pueden resolverse rápidamente.
El resultado es una economía más inflacionaria, intensiva en inversión y estructuralmente más compleja. Muchas empresas están abandonando los modelos “asset light” para asegurar cadenas de suministro, capacidad industrial y acceso a recursos estratégicos. Conceptos que hace apenas unos años parecían impensables, “Europe for Europe” o “China for China”, forman ya parte habitual del lenguaje corporativo.
En cierto modo, estamos dejando atrás la era de las cadenas globales optimizadas para construir fortalezas económicas más resilientes. Y ahí emerge uno de los grandes desafíos para el sistema financiero internacional. Durante años, financiar crecimiento significaba, sobre todo, aportar capital. Hoy, las empresas necesitan mucho más: socios capaces de combinar financiación estructurada, gestión de riesgos regulatorios, acceso a mercados internacionales y comprensión geopolítica.
La fragmentación regulatoria se ha convertido además en uno de los grandes costes invisibles de la globalización. Las multinacionales operan cada vez más atrapadas entre distintos marcos regulatorios, tecnológicos y estratégicos impulsados por Estados Unidos, Europa y China. En este contexto, ciudades como Hong Kong adquieren una relevancia renovada. Lejos de perder importancia, Hong Kong puede consolidarse como una de las grandes plataformas de conexión de la nueva economía multipolar: un puente entre capital internacional y oportunidad asiática; entre empresas chinas e inversores globales; entre sistemas financieros cada vez más fragmentados.
En un mundo marcado por la rivalidad geopolítica, la capacidad de conectar sistemas distintos empieza a tener tanto valor como la capacidad de generar crecimiento. Ese es, probablemente, el gran cambio de nuestra época. La globalización no está desapareciendo. Está mutando. El optimismo de la era de la eficiencia ha dado paso al realismo de la era de la seguridad. Pero el realismo no debería conducir al pesimismo, sino a una nueva forma de estrategia.
Las instituciones, empresas y países que liderarán la próxima década no serán necesariamente los más grandes, sino aquellos capaces de construir resiliencia, interpretar las nuevas interdependencias y adaptarse antes que los demás a las reglas de un orden económico que ya está cambiando.
Y en ese rediseño silencioso de la economía mundial, Asia no sólo acelera la transformación. Empieza también a escribir sus reglas.