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"La Odisea de regular y desarrollar la IA"

El pasado mes de julio coincidieron dos acontecimientos que, a primera vista, parecen no tener nada en común: el estreno de La Odisea de Christopher Nolan y la decisión de la Unión Europea de retrasar hasta diciembre de 2027 la aplicación de gran parte del Reglamento de Inteligencia Artificial. Con el aplazamiento publicado en julio, la apuesta europea por la IA responsable, lanzada en 2017, cumplirá una década, justo el tiempo que tardó Odiseo en regresar a Ítaca tras la guerra de Troya.

barco mar

La UE va a necesitar ese mismo tiempo para completar su propio viaje regulatorio. Y, como en el poema de Homero, el trayecto ha estado marcado por desvíos y cambios de rumbo que nadie preveía cuando comenzó. Sin embargo, la gran lección de este viaje quizá no sea este retraso, sino el reconocimiento de que regular la IA no basta para competir en esta carrera tecnológica.

Europa inició la travesía con un objetivo claro: desarrollar IA confiable. Primero llegaron los principios éticos elaborados por un grupo de expertos y, posteriormente, el Libro Blanco de 2020, que aspiraba a combinar un ecosistema de confianza con otro de excelencia. En 2021, la Comisión presentó la propuesta del Reglamento de IA, centrada en prohibir los usos más peligrosos y regular aquellos sistemas cuyo funcionamiento pudiera afectar significativamente a los ciudadanos.

La gran lección de este viaje quizá no sea este retraso, sino el reconocimiento de que regular la IA no basta para competir en esta carrera tecnológica

Pero cuando el acuerdo político parecía cercano a finales de 2022, apareció la IA generativa, y los colegisladores comprendieron que el barco que habían diseñado no estaba preparado para navegar en ese nuevo océano y tuvieron que incorporar requisitos para los modelos de propósito general, retrasando la publicación definitiva del Reglamento hasta agosto de 2024.

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La llegada a Ítaca se fijó el 2 de agosto de 2026, fecha prevista para la aplicación de las obligaciones sobre los sistemas de IA de alto riesgo. Sin embargo, conforme se acercaba ese momento quedó claro que la Oficina de IA de la Comisión Europea no tendría listas sus guías interpretativas y crecía la preocupación de que la incertidumbre regulatoria agrandaría la distancia entre Europa y Estados Unidos y China, que hoy navegan por delante.

La respuesta de la UE ha sido el Ómnibus digital de IA, que ha retrasado 16 meses la aplicación de buena parte del Reglamento. Su rápida aprobación transmite un mensaje positivo: cuando las circunstancias lo exigen, las instituciones europeas son capaces de reaccionar con agilidad. Sin embargo, también evidencia los límites de ese consenso. La urgencia por alcanzar un acuerdo ha impedido abordar algunas de las principales preocupaciones de empresas y desarrolladores, como el riesgo de interpretaciones excesivamente amplias de la definición de sistema de IA o de los criterios para identificar sistemas de alto riesgo.

Como el sudario de Penélope, el retraso compra tiempo, pero no resuelve el problema de fondo. La incertidumbre permanece y con ella la posibilidad de que el ámbito efectivo de la regulación termine siendo mucho más amplio del que muchos operadores esperaban.

Al mismo tiempo, la UE ha asumido que regular no basta. Si quiere competir en IA necesita desarrollar capacidades propias. En los últimos años ha impulsado iniciativas para movilizar inversión, reforzar las infraestructuras de computación, facilitar el acceso a datos y formar talento. La más reciente es la propuesta de Reglamento sobre capacidades de computación en la nube e IA (CADA), presentada en junio, que busca impulsar infraestructuras europeas, coordinar inversiones y reforzar el control europeo sobre servicios públicos críticos basados en la nube o la IA.

La incertidumbre permanece y con ella la posibilidad de que el ámbito efectivo de la regulación termine siendo mucho más amplio del que muchos operadores esperaban.

Inteligencia artificial

Mientras tanto, el avance de la IA sigue alterando el rumbo del viaje. Los modelos más avanzados han despertado preocupación por su potencial para facilitar ciberataques o la explotación de vulnerabilidades informáticas. En respuesta, la Comisión Europea presentó el 7 de julio un plan de acción para reforzar la ciberseguridad vinculada a la IA. En esta ocasión, la preocupación es compartida por otros países, entre ellos Estados Unidos, que en junio aprobó una orden ejecutiva para evaluar determinados modelos antes de su lanzamiento. Incluso el país tradicionalmente más reacio a intervenir está modificando su rumbo.

La gran incógnita ya no es si Europa llegará finalmente a Ítaca. La cuestión es qué encontrará cuando alcance la costa. Porque el verdadero desafío no es culminar el viaje regulatorio, sino asegurarse de que, mientras navegaba hacia un marco de IA confiable, el resto del mundo no haya emprendido ya el siguiente viaje.