Luego de un marcado deterioro, en la última década y media Uruguay ha logrado remontar parcialmente una caída histórica de productividad. A pesar de ello, hoy una persona trabajando en Uruguay alcanza una productividad media que apenas supera el 40% del nivel que obtendría si trabajara en una economía avanzada. ¿Cómo es esto posible? ¿Qué se puede hacer? En esta nota se presenta una potencial explicación y se sugiere una línea de acción para seguir avanzando.

Desde una perspectiva histórica, Uruguay sufrió un largo proceso de retroceso con respecto a las economías más productivas, pasando de tener el mismo nivel de productividad de los países más avanzados hacia 1900 para bajar a tan solo un 25% a comienzos del 2000. Junto con Argentina somos casos raros, no hay en el mundo otros ejemplo de países que habiendo sido altamente productivos hayan tenido una retracción tan marcada.

Inspirados por esta realidad, hace ya algunos años, en un trabajo en conjunto con el profesor Lorenzo Caliendo de la Universidad de Yale, realizamos un análisis histórico de las políticas implementadas en Uruguay que tuvieron mayor incidencia sobre el deterioro de la productividad relativa a los países líderes. Con un modelo desarrollado en la línea de los trabajos de Parente y Prescott, logramos reproducir y explicar la divergencia observada en la productividad. Mostramos evidencia de que a lo largo de la historia una sucesión de barreras autoimpuestas fueron alejando sucesivamente al Uruguay de los niveles de productividad observados en los países más avanzados.

“No tendrían por qué existir los enormes diferenciales de productividad observados en el mundo

Los estudios de Parente y Prescott se basan en el concepto de que todas las personas tienen el mismo potencial pero que actúan en contextos diferentes definidos por niveles de barreras a la productividad. Así plantean que si no existieran tales barreras, dada la actual facilidad de acceso al conocimiento, no tendrían por qué existir los enormes diferenciales de productividad observados en el mundo. Son justamente las barreras que se autoimponen los países las que impiden que el sector productivo pueda operar con los procedimientos más eficientes a nivel global.

En este marco se podría pensar en varios tipos de barreras: institucionales, operativas, regulatorias y comerciales. Barreras institucionales serían la falta de garantías sobre el cumplimiento de los contratos y el respeto de los derechos de propiedad, la percepción de corrupción y la inestabilidad política; barreras operativas la falta de infraestructura y capital humano adecuado; barreras regulatorias imposiciones que distorsionan la toma de decisiones; y barreras comerciales aranceles y trabas no arancelarias que limitan la inserción internacional del país.

A pesar de que hemos progresado en varios aspectos, la mejora relativa en productividad observada en los últimos años no tiene un fuerte correlato en una reducción generalizada de barreras. Así lo indica la evidencia internacional. Con datos actualizados y comparables a nivel internacional del Banco Mundial y del Foro Económico Global, es posible computar una aproximación el nivel de nuestras barreras a la productividad. Así es posible definir una magnitud de barreras de 1 a 100, donde 1 es el valor mínimo de barreras a nivel internacional y 100 el máximo.

“El mundo avanza y nosotros estamos paralizados

Dentro de las barreras institucionales, Uruguay mantiene una buena posición relativa a nivel global, que incluso ha venido mejorando de forma ininterrumpida en la última década. En parte esto se explica porque pasamos sin mayores alteraciones institucionales la prueba de fuego de haber tenido gobiernos de todos los signos políticos. Estas barreras institucionales bajas se traducen en bajos niveles de corrupción (18 en 100), adecuados niveles de seguridad jurídica y respeto de los derechos de propiedad (25 en 100) y estabilidad política (18 en 100).

Dentro de las operativas tenemos barreras relativamente bajas a nivel global en infraestructura tecnológica (30 en 100) y en infraestructura física (38 en 100). Sin embargo, las barreras suben en forma considerable cuando miramos el potencial de la mano de obra (54 en 100) y lamentablemente no se ven mejoras cuando se actualizan los indicadores.

“Tenemos que asumir que hay una agenda pendiente

Las barreras regulatorias son elevadas. El peso del Estado uruguayo en la economía nos deja con barreras de 62 en 100. La mochila que carga el sector productivo es demasiado pesada relativa a la calidad de los servicios que recibe. También es muy elevada la barrera asociada con la regulación laboral (86 en 100). Tenemos una regulación laboral nueva -en gran parte ajustada en los últimos 10 años- pero que es del siglo XIX, y está lejos de adaptarse a los cambios que estamos teniendo en el mercado de trabajo.

Finalmente, las barreras comerciales son también de las más restrictivas. La inserción internacional nos deja hoy con un nivel de 71 en 100, y la tendencia es que cada año aumentan un poco más. Básicamente porque el mundo avanza y nosotros estamos paralizados.

Las barreras más elevadas —educación, peso del estado, regulación laboral e inserción internacional— son las que nos deberían desvelar todas las noches. Más allá de intenciones, tenemos que salir de la parálisis y mostrar señales claras de compromiso con las reformas necesarias. Si queremos seguir mirando para arriba, tenemos que asumir que hay una agenda pendiente.

(*)Ignacio Munyo es Ph.D. en Economía por la Universidad de San Andrés y máster en Economía en la Universidad de Chicago.

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