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Actualidad 12 feb 2026

Pensamiento crítico: cómo proteger a tus hijos del algoritmo (en redes sociales)

El pensamiento crítico es hoy una de las competencias más valiosas para navegar por internet con seguridad y bienestar, especialmente en la infancia y la adolescencia. Ayer, en el Espacio Movistar en Madrid, varios expertos se reunieron para hablar del algoritmo desde el punto de vista de la ciberseguridad, la educación, la investigación, la empresa y las fuerzas de seguridad. En un mes marcado por efemérides que impulsan una red más segura, la conversación ha puesto el foco en cómo los algoritmos influyen en lo que vemos, en lo que creemos y en los riesgos que afrontan familias de realidades diversas.

El algoritmo parece que ya no es un concepto técnico reservado sólo a especialistas: decide qué contenido aparece primero, qué recomendaciones se repiten y qué estímulos compiten por la atención de las personas. Para muchas familias, ese motor invisible está detrás de muchas de sus preocupaciones: ¿por qué mi hijo no suelta el móvil?, ¿cómo sé si un mensaje es un engaño?, ¿qué hago si hay acoso?, ¿cómo acompañar sin invadir la privacidad?

El encuentro ‘Tenemos que hablar del algoritmo’ trató de responder para aterrizar estas preguntas desde distintos ámbitos profesionales y con un objetivo compartido: promover una cultura digital igualitaria, diversa e inclusiva, donde nadie se quede atrás por falta de información, edad, recursos o experiencia tecnológica. Begoña García, responsable de Concienciación y Cultura de Ciberseguridad en BBVA, afirmó que “el rápido avance de la tecnología y de la inteligencia artificial también está siendo aprovechado por la ciberdelincuencia para conseguir engaños cada vez más sofisticados y personalizados. Nuestra defensa más potente no es solo la tecnología, sino el desarrollo del pensamiento crítico en jóvenes y la formación de las familias para poder educarlos en este entorno digital. Vamos un paso por detrás en educación y esa es nuestra mayor vulnerabilidad”.

La tecnología, los algoritmos o la IA por definición no son buenos ni malos, dependen del uso que se haga de ellos. Cuando la ciberdelincuencia utiliza estas herramientas, los resultados son ataques más sofisticados, más personalizados y más escalables, capaces de adaptar el engaño a cada persona y hacer que sea más difícil detectar señales de alerta. En paralelo, se popularizan técnicas como los ‘deepfakes’ y los ‘voice fakes’, que pueden imitar identidades con gran realismo, complicando consejos clásicos como “verifica el remitente”.

La conclusión es clara: la protección no depende solo de tener la tecnología adecuada. Depende de hábitos, educación y capacidad para parar antes de actuar.

Infancia y adolescencia: la economía de la atención

Diversas fuentes, entre ellas el podcast de Marián Rojas ‘El efecto de tik tok en nuestro cerebro’, asegura que los menores crecen en un entorno donde la tecnología está diseñada para ser altamente estimulante. La neurociencia se utiliza en el diseño digital para crear experiencias que pueden generar dependencia. Entre los efectos asociados al uso intensivo destacan el impacto en la memoria y la capacidad de atención, la necesidad de inmediatez (que influye en el ciclo de recompensas del cerebro y en la tolerancia a la frustración), el desarrollo del lenguaje, la inteligencia y la creatividad, además de la calidad del sueño.

La pregunta, por tanto, no es solo cuánto tiempo pasan conectados, sino cómo y para qué: entre adolescentes de 14 a 17 años, sus usos principales de internet incluyen entrar en redes sociales (79,8%), el consumo de contenidos (78%) y la comunicación (75%); en juegos online se observa una diferencia notable: casi el 75% en chicos frente al 15% en chicas, según el informe de Save the Children en el marco de la campaña #DerechosSinConexión (11 de julio de 2024). Estos patrones importan porque el algoritmo aprende de lo que retenemos en pantalla y tiende a ofrecernos “más de lo mismo”, reforzando bucles de consumo rápido.

Preocupaciones reales: de la identidad digital al ciberacoso

Las inquietudes de las familias son amplias y no responden a un único perfil: daños a la identidad digital, consumo de contenidos inapropiados para la edad, viralización de contenidos íntimos, ciberacoso o acciones contra el honor, la intimidad o la imagen. En todas ellas hay un factor común: lo digital amplifica el alcance y acelera las consecuencias.

En materia de ciberviolencia, la presentación subraya que en el entorno online es más fácil actuar (anonimato, distancia) y que el impacto es mayor porque llega más lejos y no cesa para la víctima por la hiperconectividad.

Una idea central en este encuentro ha sido que “acompañar no significa controlar en exceso”. Un control o una limitación excesivos pueden ser contraproducentes; lo eficaz es crear una acción colectiva en casa y en el entorno educativo: retrasar, cuando sea posible, la edad de acceso a determinados dispositivos, establecer normas y acuerdos para un uso saludable, promover un entorno de confianza y mostrar interés real por lo que consumen.

Entre las recomendaciones prácticas destacan:

  • Establecer normas y límites en el uso de la tecnología, pactar acuerdos y cumplirlos también los adultos
  • Conocer a quién siguen: referentes, mensajes, lenguaje y dinámicas (con comunicación y empatía).
  • Recordar que el contenido puede escaparse del control por pérdida/robo, viralización o falsas promesas de contenido que desaparece.
  • Hablar explícitamente de riesgos como el ‘grooming’ (adultos que se hacen pasar por menores para acosar o abusar).

Fraudes con IA: dos hábitos que reducen el riesgo

En el encuentro se ha insistido en trasladar a casa señales simples que cualquiera puede aplicar, también con adolescentes que aún no manejan cuentas bancarias:

  1. Parar ante la urgencia: desconfiar de mensajes que presionan (ahora o nunca) y evitar actuar por impulso.
  2. Confirmar por otro canal y no facilitar datos: evitar enlaces/descargas de origen dudoso y no dar información ni hacer operaciones porque lo pida un email, SMS o llamada, aunque parezca creíble.

En el fondo, la mejor vacuna es la misma para todas las edades: un pensamiento crítico.

En definitiva, en un contexto en el que “los niños no solo usan pantallas: hablan con algoritmos que aprenden de ellos”, la conversación pública debe avanzar al ritmo de la tecnología para proteger sin prohibir y para incluir sin señalar. La clave está en combinar límites, educación y ejemplo para que la red sea una oportunidad real para todas las personas, con especial atención a niños y adolescentes. Y, por encima de todo, reforzar el pensamiento crítico como competencia digital imprescindible.