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Análisis y opinión 31 ago 2017

Bulos: la literatura como amenaza y antídoto

El último número de ‘La revista de Occidente‘ publica con acierto la traducción de un artículo de Peter Galison titulado ‘El periodista, el científico y la objetividad’. Allí se describe la facilidad para manipular las imágenes en el mundo de hoy. Esto ha impulsado que publicaciones como ‘Science’ creen protocolos para evitar la presentación de ilustraciones manipuladas. La perversión de la información también alcanza el mundo del periodismo donde los falsos rumores se propagan con fuerza singular.

Es ingenuo pensar que la inteligencia artificial nos salvará de estos males. Lo anota —entre otros— Tom Simonite en un artículo publicado en Wired. Poder desmontar el trasvase de noticias infundadas es imposible, incluso solo para un algoritmo. Porque disolver el flujo de mentiras implica no solo detenerlas sino saber cómo reconocerlas. Simonite debate con los ideales del proyecto Fake News Chalenge que explora las posibilidades del aprendizaje automático (‘machine learning’) para enfrentar los bulos digitales.

La prevención ante la falsedad no es una novedad. La búsqueda de información veraz es una de las claves del desarrollo del periodismo moderno. Pero la velocidad expansiva de los bulos actuales no tiene parangón en la historia. Según un estudio de la Universidad de Budapest mencionado en el MIT Technology Review los patrones de difusión de los videos virales se asemejan a los de las antiguas pandemias, la peste negra por ejemplo. Pero los lectores actuales, sobre todo aquellos que trabajan y dependen de la información, ¿serán capaces de advertirlos?

La búsqueda de certezas se completa con la astucia para esquivar los toscos mitos o los tópicos. Uno de los bulos más antiguos, aquél que da origen a la literatura según Vladimir Nabokov, es el de Pedro y el lobo. Diferenciar dónde empieza el engaño y dónde el cuento delimita el territorio entre la literatura o la posverdad. La interconexión digital ha traído un nuevo tipo de textualidad que puede difuminar esa línea. Los nuevos pedros tienen intereses diversos; sus objetivos son pecuniarios o estratégicos o a veces el mero disfrute. Tampoco esto es inédito porque ya Platón en el libro III de la República acusaba a ciertos poetas de confundir a los niños e ingenuos con ficciones poco saludables.

Orson Welles advirtió estas dinámicas en aquella memorable retransmisión de ‘La guerra de los mundos’. El artificio literario, cuanto mayor calidad conlleve, más potente será. Afortunadamente la mayoría de los grandes escritores no quieren dañar a sus lectores. Su intención, a pesar de ser fantástica, recrea lo que existe en un espacio distinto. Allí experimentarán con la materia real para transformarla, mezclarla y jugar con sus posibilidades. En ese trasvase, el lector que no haya perdido la cordura como Alonso Quijano, sabrá distinguir las ficciones de los bulos. En ‘La verdad de las mentiras’ Mario Vargas Llosa dice que «Toda buena novela dice la verdad y toda mala novela miente». Según el escritor hispanoperuano la diferencia entre la popperiana sociedad abierta y la sociedad cerrada es la clara distinción entre la ficción literaria y la verdad histórica. La capacidad crítica se construye gracias al contacto con los textos científicos y también los literarios.

Las novelas —por ejemplo— ayudan a entender las estructuras de lo verosímil, aquellos entresijos de lo que ha pasado o puede pasar. Y gracias a ellas sabremos que la vida tiene complejidades difíciles de imaginar. Así completamos nuestra experiencia. Shana Lebowitz señalaba hace un par de años en un artículo en Bussiness Insider cómo algunas novelas desarrollan habilidades entre los empresarios. En su lista aparecen textos recomendados por las escuelas de negocios como ‘Something Happened‘ de Joseph Heller o ‘A Hologram for the King‘ de Dave Eggers pero también se incluyen clásicos como el ‘Quijote’, ‘Moby Dick’ o ‘El señor de las moscas’. Yo añadiría ‘La isla del tesoro‘ de Stevenson o ‘El jugador‘ de Dostoievski. Entre la tradición actual de la novela negra autores como Charles Cumming o Don Winslow pueden también sacarnos de la ingenuidad.

Es curioso que para sortear las mentiras haya que entrenarse en una lectura crítica, pero es más importante todavía acudir a publicaciones con filtros solventes. Iniciativas como Wikitribune intentan solucionar esto desde la perspectiva de la colaboración y el código abierto. Los bulos serán cada vez más sofisticados y verosímiles. Seguramente desafiarán a los algoritmos y los códigos que los enfrenten pero no podrán con una prensa sagaz y precavida.

Lo comentaba hace unos meses David Remnick en una entrevista para XLSemanal. La tradición de The New Yorker ha protegido y potenciado un arma fundamental: la comprobación de las fuentes. Si no dedicamos recursos a ello las fuerzas contrarias tenderán a falsear la información. Más allá de los medios tradicionales muchas empresas e instituciones ya tienen áreas dedicadas a proporcionar información sólida a sus clientes. Porque acceder a contenidos de calidad es un seguro para cualquiera.

El Instituto Reuters y la Universidad de Oxford presentaron a finales de junio un informe sobre el periodismo digital. El estudio confirma que las falsedades y los rumores tienen mayor influencia en la actualidad. Por eso la habilidad para detectar los engaños en la nube dependerá de nuestra capacidad prevención. Si la pedagogía asumió desde sus inicios el enfrentar las inseguridades de la calle, hoy suma el desafío de sortear los peligros en las redes sociales.

Además de la literatura, la república financiera también habría de atender a los datos que provengan de la sociología, la psicología y la ética. El fracaso de proyectos con un aparato estadístico formidable, pero escasa perspicacia para enfrentar otros riesgos, será carta común si no estamos advertidos sobre historias como las de Pedro y el lobo.

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