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Asuntos sociales 24 jun 2016

Plan Nacional de Lectura y Escritura: la vuelta al mundo desde mi aula de clase

Cuando era niño, cursaba tercer año de primaria en un pequeño colegio de barrio en Bogotá que se llamaba La Medalla Milagrosa. Este colegio era muy particular. Pese a lo pequeño que yo era para esa época, pude entender que se trataba de un proyecto de emprendimiento de un grupo de profesores o seguramente licenciados que decidieron apostar por crear su propio centro educativo.

Era una institución muy pequeña. Recuerdo que funcionaba en una casona de las antiguas, que eran muy grandes, con habitaciones relativamente amplias. Recuerdo además, que éramos muy pocos alumnos pues el colegio, muy seguramente por su carácter naciente, tenía el espacio justo para funcionar en una habitación por cada uno de los cinco cursos de la primaria.

Realmente nunca supe si el colegio tenía sus licencias de funcionamiento en regla, si tenía un nivel académico adecuado, si el cuerpo de profesores y sus directivos tenían la formación adecuada o no, pero lo que sí recuerdo es que allí estudie tercero y cuarto año de mi primaria y tuve grandes amigos que, aunque nunca más nos volvimos a ver, recuerdo con claridad sus rostros, sus formas de ser y hasta sus casas porque todos vivíamos cerca y en ocasiones nos reuníamos para hacer tareas en casa de algún compañero.

Al finalizar cuarto de primaria, por los avatares familiares, tuve que abandonar este colegio y volvimos a mi natal Pereira donde continué mis estudios.

Fueron apenas dos años de mi vida en La Medalla Milagrosa y han pasado más de 30 años desde que estudie allí; sin embargo, más allá de los compañeros de estudio de la época, hay algo que no solo nunca podré olvidar sino que marcó mi vida para siempre.

En tercero de primaria tenía una profesora de Español y Literatura que se llamaba Araminta Vásquez, una mujer negra, de facciones pinceladas, de unos 35 años de edad y oriunda de la región pacífica colombiana, nunca supe de qué ciudad era, pero claramente el acento era de esa región del país. Ella, muy en su interés de dictar clase como correspondía, y ocupando las cuatro horas semanales de la materia, decidió dividir sus clases en dos bloques; en uno de esos bloques dictaba los aburridos y enredados temas de gramática y ortografía, y en el otro bloque, decidió dictar literatura.

No sé si a alguno de ustedes queridos lectores les tocó algo similar en su historia de estudiante, pero la profesora Araminta, en lugar de hablarnos de libros y de autores o corrientes literarias, tomó una decisión simple y a la vez genial, y consistió en llevar un libro y leérnoslo en cada clase.

La profesora Araminta tenía una voz fuerte, bien definida y leía con mucha pausa y perfecta entonación, lo que hacía muy entretenida la lectura y lograba que toda la clase se quedara en silencio y en total concentración porque nadie quería perderse el más mínimo detalle de la historia.

Nunca olvidaré que cada semana mis compañeros y yo esperábamos con ansiedad y mucha alegría la clase de literatura para escuchar la historia de Phileas Fogg y Picaporte, su leal empleado y compañero de viaje. Efectivamente, la profesora nos leyó durante las clases de literatura la maravillosa novela La Vuelta al Mundo en 80 días, del francés Julio Verne.

Con esta novela recorrí el mundo semana tras semana, cada situación del protagonista, cada lugar al que llegaba y los cientos de percances que enfrentaron fueron para mí toda una historia fantástica con la que soñé desde esas épocas de mi vida e incluso quise siempre viajar y conocer nuevos lugares.

No olvidaré a la profesora Araminta porque me introdujo al maravilloso mundo de los libros y de la literatura, un mundo del que nunca salí y del que sigo disfrutando. También debo confesar que no recuerdo haber visto una biblioteca en dicho colegio, pero de lo que sí estoy seguro es que con un solo libro en la mano la profesora Araminta nos marcó para siempre.

Ya con la inquietud de la lectura en mi corazón, tiempo después me volví un asiduo visitante de las bibliotecas públicas, la de mi colegio o universidad, y creo que son lugares que me han enseñado mucho.

 

Fotografía de BBVA Colombia durante la entrega bibliotecas a colegios

Con aportes de los clientes, BBVA Colombia ha entregado más de 2.000 bibliotecas en diferentes colegios, dentro del Plan Nacional de Lectura y Escritura del Ministerio de Educación Nacional. - BBVA

Tener acceso a libros para los hombres a cualquier edad es muy bueno; pero que los niños tengan acceso a los libros tiene un valor incalculable con un impacto que marcará sus vidas para siempre.

Es por eso que en BBVA queremos agradecer a nuestros clientes por apoyar nuestras iniciativas de desarrollo a la educación y especialmente por sus aportes al Plan Nacional de Lectura y Escritura del Ministerio de Educación Nacional.

Con aportes de los clientes de BBVA Colombia a través de los cajeros automáticos se han recaudado más de 3.800 millones de pesos que significan más de 2.000 bibliotecas para colegios en zonas del país donde las necesidades son apremiantes y dónde estoy seguro tendrán un gran impacto en el desarrollo social y la calidad educativa.

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