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Fundación Microfinanzas 22 octubre 2026

"Medir la pobreza: lo que los datos no cuentan"

En las zonas rurales del norte de Perú o en los barrios populares de Santo Domingo, el progreso no se mide en algoritmos ni en huellas digitales. Se mide en si un pequeño negocio resiste al próximo Fenómeno El Niño o si una familia logra ahorrar lo suficiente para afrontar una urgencia.

Medir la pobreza: lo que los datos no cuentan
Stephanie García Van Gool (Directora de Impacto de la Fundación Microfinanzas BBVA)

Los algoritmos aprenden de los datos disponibles, pero millones de personas desarrollan su actividad económica fuera de los circuitos formales, realizan transacciones en efectivo, carecen de historial financiero suficiente o apenas utilizan herramientas digitales. Sus capacidades, preferencias y necesidades no siempre están representadas en la información con la que construimos las soluciones del futuro.

El problema no es únicamente que estas personas tengan dificultades para acceder a la revolución tecnológica, es que sus realidades quedan fuera de las decisiones que esa revolución está empezando a tomar.

En el Día Mundial de Información sobre el Desarrollo -que se conmemora cada 24 de octubre-, esta reflexión adquiere especial relevancia: nunca hemos tenido tanta capacidad para generar y procesar tanta información, pero disponer de más datos no significa necesariamente conocer mejor a las personas. La pregunta que deberíamos hacernos es cómo aprovechar esta revolución para comprender mejor las necesidades de quienes viven en situación de vulnerabilidad y, sobre todo, cómo convertir ese conocimiento en oportunidades reales de progreso.

De medir el progreso a descubrir qué funciona

En la Fundación Microfinanzas BBVA (FMBBVA) llevamos años aplicando soluciones prácticas basadas en este compromiso. Nuestra experiencia atendiendo a más de 7 millones de microemprendedores de América Latina nos ha enseñado que, para impulsar el desarrollo, debemos mirar más allá del acceso a servicios financieros o de la evolución de los ingresos de una familia.

La información adquiere verdadero valor cuando permite comprender qué está detrás de ese progreso y qué podemos hacer para seguir mejorándolo.

Un crédito puede facilitar la compra de maquinaria, ampliar un negocio o aumentar su capacidad productiva, pero no garantiza por sí solo la salida de la pobreza. Para que se traduzca en progreso sostenible intervienen numerosos factores: las capacidades del emprendedor (como su esfuerzo y espíritu positivo), las características de su emprendimiento, el entorno económico, las responsabilidades o cargas familiares o su exposición a riesgos inesperados.

Los resultados que vemos en las entidades de la Fundación son alentadores, porque observamos un crecimiento sostenido. Así, seis de cada diez emprendedores que parten de una situación de pobreza consiguen superarla a los cinco años. Sin embargo, sabemos que observar una mejora no equivale necesariamente a demostrar qué parte de ella podemos atribuir a nuestra intervención. Esta distinción, aparentemente técnica, es fundamental. No basta con saber que nuestros clientes progresan; necesitamos comprender qué soluciones contribuyen realmente a ese progreso, para quiénes funcionan y en qué circunstancias.

Con esta ambición trabajamos en nuestro Laboratorio de Impacto, donde combinamos el análisis de datos con metodologías de investigación aplicada y experimentación en condiciones reales. Diseñamos intervenciones, las contrastamos y medimos sus resultados para incorporar progresivamente lo aprendido a nuestra oferta de valor.

Contamos, además, con una ventaja difícil de reproducir: nuestro modelo nos proporciona una relación directa y continuada con los emprendedores. Nuestros asesores sobre el terreno son la espina dorsal de este trabajo, como nos contaba recientemente Dayana Ramos en Panamá. A través de los asesores, las oficinas o corresponsales bancarios y los canales digitales podemos observar cómo evolucionan sus negocios, escuchar sus necesidades y conocer situaciones que difícilmente aparecen en una base de datos convencional. Es un privilegio trabajar con ellos, porque esta proximidad permite algo especialmente valioso: conectar la investigación con la realidad cotidiana y transformar el aprendizaje en soluciones que puedan aplicarse a escala.

La información más valiosa es la que permite actuar

La creciente exposición de los hogares vulnerables a crisis climáticas, cambios tecnológicos, envejecimiento de la población, responsabilidades de cuidados o situaciones de desprotección están transformando las necesidades de nuestros clientes. Como señala Giovanni Di Placido. el director de Estrategia y Research de la FMBBVA,en su reciente estudio sobre la pobreza del futuro, el progreso económico será cada vez menos lineal y requiere preguntarnos algo más: cómo conseguimos que no vuelvan a entrar en pobreza. Avanzar significa dejar atrás la vulnerabilidad. Esto exige evolucionar desde soluciones financieras relativamente homogéneas hacia propuestas que sean capaces de responder a riesgos y necesidades mucho más específicas.

En Perú, por ejemplo, el conocimiento de la exposición territorial al Fenómeno El Niño está contribuyendo a orientar las estrategias de protección de los pequeños negocios. Financiera Confianza, entidad de la Fundación, ya había colocado en septiembre de 2026 más de 100.000 pólizas voluntarias de seguros multirriesgo, concentrando más del 70% de esas coberturas en regiones del norte especialmente expuestas a este fenómeno. Es decir, queremos ayudar a proteger el patrimonio construido durante años frente a un acontecimiento que podría comprometer su continuidad.

En República Dominicana estamos explorando un desafío diferente. A través de Impulso Ahorro, utilizamos WhatsApp para dar soluciones de educación financiera y recordatorios (nudges) que ayuden a los emprendedores a desarrollar hábitos de ahorro formal. La iniciativa incorpora un seguimiento periódico para valorar cómo evolucionan sus comportamientos y resultados económicos.

Son intervenciones distintas, pero responden a una misma lógica: identificar una necesidad concreta, diseñar una respuesta y comprobar si produce el cambio esperado.

Este enfoque requiere tiempo, metodología y, también, disposición a aprender de aquello que no funciona. Pero ofrece una ventaja decisiva: permite pasar de las intuiciones a la evidencia, y de las soluciones generales a más personalizadas, porque la pobreza no entiende de promedios. Así, posibilita que el conocimiento generado no se quede en un informe, sino que contribuya a mejorar las decisiones de negocio en cada código postal.

La próxima frontera: conocer también a quienes no dejan huella digital

Existe, sin embargo, un segundo desafío que considero todavía más relevante para los próximos años. La expansión de la inteligencia artificial y de los modelos predictivos está aumentando el valor económico de la información digital. Cada interacción, transacción o comportamiento registrado pueden contribuir a construir perfiles más precisos y a ofrecer servicios adaptados a las necesidades individuales.

Pero ¿qué ocurre cuando una parte importante de la población apenas genera esos registros o no tiene las habilidades necesarias para participar plenamente en el entorno digital?.

Más allá del acceso a internet, hay que ver la calidad, representatividad y diversidad de los datos disponibles. Una persona puede tener un teléfono móvil y, aun así, desarrollar la mayor parte de su actividad económica fuera de los sistemas digitales. Si no corregimos estas limitaciones, corremos el riesgo de construir herramientas cada vez más sofisticadas que conozcan extraordinariamente bien a una parte de la población, pero sigan ignorando a otra.

Por eso, uno de nuestros próximos retos es explorar nuevas formas de generar información relevante sobre las personas y los hogares que atendemos, aprovechando nuestro conocimiento del terreno y las posibilidades que ofrece la tecnología.

Esto implica ir más allá de los datos tradicionales de ingresos, transacciones o comportamiento crediticio. Nos interesa comprender mejor las capacidades de los emprendedores, condiciones de vida, barreras que encuentran y los factores que les permiten sostener sus avances a lo largo del tiempo.

Estamos explorando, por ejemplo, la utilidad de determinadas herramientas de evaluación de capacidades y comportamientos, así como nuevas metodologías para observar los cambios en las condiciones materiales de los hogares. El análisis de las fotografías de los negocios de los emprendedores pueden facilitar mediciones que hoy resultan costosas o difíciles de mantener a gran escala. También las interfaces de voz y los canales conversacionales ofrecen posibilidades interesantes para recoger información y acercar servicios a personas con menores competencias digitales.

Estas oportunidades plantean desafíos importantes. La privacidad, el consentimiento, la transparencia y la prevención de sesgos deben formar parte del diseño desde el principio. Y cualquier nueva fuente de información debe demostrar que aporta valor real a las personas, además de resultar técnicamente viable.

No queremos simplemente acumular información. Nuestro objetivo es conocer mejor para responder mejor.

Una revolución tecnológica que cuente con todos

Durante décadas, el desarrollo ha buscado hacer visibles las necesidades de las poblaciones vulnerables a través de estadísticas, encuestas e indicadores. Hoy disponemos de una oportunidad extraordinaria para complementar ese conocimiento con información más cercana, dinámica y útil para actuar. Pero la verdadera innovación no estará únicamente en incorporar inteligencia artificial o nuevas fuentes de datos. Estará en combinar esas tecnologías con el conocimiento humano, la investigación rigurosa y la capacidad de experimentar en el terreno.

Esa es la contribución que queremos seguir construyendo desde nuestro Laboratorio de Impacto: transformar información en evidencia, evidencia en mejores soluciones y mejores soluciones en oportunidades de progreso sostenible.

La tecnología no es por sí sola progreso, pero sí nos permite personalizar servicios, anticipar riesgos y acercar herramientas útiles a millones de personas con una precisión y una escala difíciles de imaginar hace unos años. Aprovecharla plenamente exige ampliar nuestra mirada, preguntarnos a quiénes estamos dejando fuera de nuestros modelos y diseñar nuevas formas de escuchar y comprender sus realidades.

El futuro del desarrollo no debería construirse únicamente con los datos de quienes ya son visibles. Su verdadero potencial estará en conseguir que todos puedan formar parte de él.