Con una industria bancaria entre las dos aguas que suponía que España estuviera partida, y cuyas fronteras variaban cada poco tiempo, el Banco de Bilbao y el Banco de Vizcaya se veían afectados por un actor más por cuestión de su origen: el gobierno vasco. La autonomía lograda a finales de la República por los vascos llevaría al ejecutivo de José Antonio Aguirre a tomar no pocas decisiones en el terreno económico durante la contienda bélica.

El gobierno vasco toma las riendas

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El ejecutivo de Aguirre pidió en verano del 36 un abastecimiento de armas a los representantes republicanos. Dado que fueron transcurriendo las semanas y estos no eran capaces de satisfacer el requerimiento, Eliodoro de la Torre, Consejero de Hacienda, se puso manos a la obra. Advirtió al gobernador civil de Vizcaya de que iba a hacerse con todas las reservas de oro del Banco de España en Bilbao para comprar armas y que lo haría con su visto bueno o por la fuerza en el caso de que se opusiera.

De la Torre recibió la aprobación y tras un inventario, se trasladaron cinco cajas repletas de monedas de oro al vizcaíno puerto de Ondarroa. Cada caja salió a alta mar en un pesquero y ya en aguas francesas se reunieron en uno solo de los navíos. El cargamento tomó tierra en la localidad vascofrancesa de Bayona y se depositó en una sucursal de Crédit Lyonnais. Un mes más tarde, las armas y la munición checoslovaca que compraría el propio De la Torre en París estaba a disposición de las tropas nacionalistas vascas.

Visto el éxito de la operación, la Hacienda vasca decretó el 16 de octubre la obligación de entregar las monedas de oro y de plata así como las divisas y valores extranjeros. Unas semanas después se incautaron provisionalmente todos los bienes y derechos existentes en el País Vasco pertenecientes a empresas y ciudadanos del resto de España.

Eliodoro de la Torre, Consejero de Hacienda del gobierno de Euzkadi

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El 5 de enero del 37 la Consejería de Hacienda obligó modificar todos los Consejos de Administración bancarios haciendo que los empleados y representantes sindicales y políticos ocuparan dichos puestos. Días después declararían nulos los acuerdos tomados por los antiguos consejeros.

Desde el ejecutivo de Bilbao se emitió nueva moneda con la inscripción de ‘Gobierno de Euzkadi’ en el anverso. Las piezas eran de níquel por valor de 1 y 2 pesetas. También se procedió a la sustitución de los talones al portador que circulaban desde el 1 de septiembre por otros del mismo valor y mejor impresión respecto a los sustituidos. El valor de los talones era de 5, 10, 25, 50, 100, 500 y 1.000 pesetas.

En el periodo de un mes, entre enero y febrero de 1937, desde Vizcaya partían dos barcos de bandera inglesa con sendos cargamentos de oro con destino a Londres. El primero de los mismos fue el Fullerton Rose y en él viajaron hasta un puerto galés vecino a Cardiff ocho cajas con oro por valor de 2.429.339 pesetas. Viajaba en la expedición, entre otros, Luciano Ocerín que lo hacía por designación del nuevo Consejo de Administración del Banco de Bilbao. La segunda nave en zarpar hacia las Islas fue el Marclyn que un mes más tarde arribaría con éxito al mismo puerto con oro por valor de 1.331.920 pesetas.

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En abril se venden divisas por valor de más de 81 millones de pesetas y se da salida a dos cantidades de oro en monedas de más de 6,8 millones de valor por poco más de 2 millones.

Medidas de urgencia

A raíz del bombardeo de Guernica, el gobierno vasco comenzó a temer que Bilbao sufriera un ataque similar al de la villa foral. El 3 de mayo de 1937, desde el ejecutivo de José Antonio Aguirre se trasladaron a la Asociación de Bancos y Banqueros del Norte de España cuáles iban a ser los pasos que se tendrían que dar a partir de ese momento. Desde la Consejería de Hacienda se instaba a retirar inmediatamente de los bancos, y a ser depositados en un lugar seguro, los depósitos en custodia y los depósitos en garantía con la documentación correspondiente, así como el efectivo de todas clases y los libros, registros y efectos, entre otros. Añadían también que llegado el momento, todo ello sería transportado al extranjero “por el tiempo que las circunstancias señalen”. Tras algún tira y afloja, la asociación accedió a trasladar el mandato a las entidades financieras y éstas se pusieron manos a la obra designando personal específico para inmediatamente hacer cumplir las órdenes.

Un mes antes de caer Bilbao en poder de los rebeldes, el gobierno ordenaba a los bancos prepararse para evacuar por mar todo lo “que no paralice la marcha restringida en que actualmente se desenvuelven las operaciones bancarias”. Franco tenía a parte de su flota en el Cantábrico intentando impedir la entrada de navíos extranjeros, principalmente británicos,  al puerto de Bilbao. El éxito de esta empresa era desigual puesto que en no pocas ocasiones las naves del Reino Unido consiguieron llegar a su destino dejando víveres para la necesitada población vizcaína.

Miembros del Gobierno vasco en la terraza de un hotel Carlton de Bilbao reconvertido en sede del ejecutivo durante la guerra

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El 21 de mayo partían en el barco Joyce Llewelyn, desde el puerto de El Abra en Vizcaya, 7.293 cajas con las riquezas aportadas por los bancos de Bilbao. En él iban cuatro representantes elegidos por el gobierno vasco, entre ellos Cirilo Ugarte, consejero del Banco de Bilbao y René Brouard, trabajador del Banco de Vizcaya. Al primer navío le seguirían otros dos en los días posteriores, el Thurston y el Thorpehall.

En San Sebastián, ciudad en poder del bando nacional desde septiembre del 36, supieron de los hechos desde el día siguiente a que zarpara el Joyce Llewelyn y tanto la banca pública como la privada se conjuraron para impedir que se diera entrada en el extranjero a activo alguno. Desde la capital guipuzcoana se enviaron cartas a los diplomáticos británicos y franceses de la plaza pidiendo que sus países impidieran la operación pergeñada por el gobierno de Aguirre. La respuesta recibida dejó claro el hecho de que intentarían colaborar pero evidenciando que el asunto dependería en último término del cumplimiento de las leyes de sus respectivos países.

Los dos primeros barcos británicos estuvieron retenidos en el puerto francés de La Pallice, en el que incluso el Joyce Llewelyn trató de despistar a las autoridades portuarias al cambiar su nombre por el de Seabank antes de fondear. Al Thorpehall se le permitió trasladarse al puerto holandés de Flessinga.

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Una vez que Bilbao cayó en poder de los nacionales, las demandas sobre los bienes atesorados en las bodegas de los navíos citados se incrementaron y la presión ejercida desde el bando sublevado se incrementó. Fueron meses de interminables disputas y litigios en los que finalmente los tribunales franceses y holandeses frustaron las intenciones del ejecutivo vasco.

A escasas fechas de la caída de Bilbao, el gobierno de Euzkadi hizo los preparativos para salir con destino a la localidad de Trucíos en el occidente vizcaíno, desde donde se acabarían trasladando a Santander. Desde allí tratarían aún de influir en las decisiones de los Consejos de Administración de los bancos vascos para, entre otros asuntos, intentar sacar a Francia sus activos.

Carta del Consejero de Hacienda del gobierno vasco al Presidente del Consejo de Administración del Banco de Bilbao diez días después de la caída de Bilbao en manos de los sublevados

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