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Fútbol 27 jun 2018

Argentina fue un grito interminable para volar del desahogo a la ilusión

Ya no quedaba espacio temporal para las cábalas ni para el orden ni para el análisis… y en medio del caos apareció el héroe menos pensado: el zurdísimo Marcos Rojo metió un derechazo bajo, contra el palo del arquero nigeriano y desató una euforia histórica que partió desde el estadio Krestovski y recorrió medio mundo hasta cubrir toda la Argentina.

Era el 2 a 1 que garantizaba el ticket para el duelo contra Francia por los octavos de final de Rusia 2018 y el desahogo por la angustia de los cinco días posteriores a la dolorosa derrota contra Croacia.

Los fantasmas de la eliminación en primera ronda del Mundial 2002 y el final para una generación de enormes jugadores, al menos en celeste y blanco, se evaporaron mágicamente, en un segundo, en un grito que fue larguísimo. De hecho, si alguien se asoma a la ventana, ahora, puede recibir el eco de esa exclamación de 44 millones de argentinos.

Las caras llenas de sonrisas de los jugadores de la Selección, mientras se abrazaban una y otra vez en el centro del campo de juego y estiraban todo lo posible la retirada para seguir alimentándose del aliento del público, coronaban una jornada plena de épica futbolera, más allá de que no se trató de un triunfo elegante ni consagratorio.

Era emoción por haber defendido el honor, como se pudo. Porque más allá de un primer tiempo interesante, en el que Argentina supo manejar el ritmo y la pelota, y de que los resultados suelen servir como maquillaje, el desarrollo completo vuelve a dejar al equipo con muchas más dudas que certezas.

Después de mil versiones y rumores, finalmente la Selección presentó una formación “clásica”, con la mayoría de los jugadores que vienen sumando partidos en los últimos años. Veteranos de muchas batallas, se impusieron en el vestuario y aparecieron casi todos en la planilla del equipo titular. Y, sabiendo que estaban obligados a ganar, al tiempo que mantenían un oído puesto en el enfrentamiento entre croatas e islandeses, impusieron su oficio en el comienzo.

Con Enzo Pérez y Ever Banega como conductores capaces de liberarlo a Messi, el conjunto de Sampaoli fue eficaz para el traslado, con conexiones interesantes, aunque sin peso en el área. De hecho, la apertura del marcador nació de un anticipo milimétrico de Rojo, en defensa, un toque corto para Banega y un pase quirúrgico del mediocampista para la corrida del 10.

Messi acomodó la pelota en velocidad, primero con el muslo y después con el pie izquierdo y cruzó el derechazo para dejar sin chances al arquero. En menos de 15 minutos, Argentina daba el primer paso y le bajaba el volumen al run run que descendía desde las tribunas. Parecía demasiado fácil y cómodo como para ser verdad. Nigeria, que con el empate se aseguraba el pase a la siguiente ronda, no modificó su estrategia, siguió esperando a pesar de estar en desventaja.

Un gran pase de Messi a Higuain, cerca de la media hora, derivó en otra buena ocasión pero la velocidad del arquero evitó la segunda caída de su arco, y al ratito otra cesión de Banega para Di María terminó con un foul a pocos metros del área. Ese tiro libre de Messi rebotó en el palo. Argentina estaba cerca, pero no lograba estirar la ventaja, mientras Nigeria no reaccionaba.

Hasta que en el inicio de la segunda parte, la cancha pareció inclinada hacia el arco del debutante Franco Armani. Y a los cinco minutos el árbitro cobró un penal por un agarrón de Mascherano a Balogun que terminó con el gol de Víctor Moses. Quedaban cuarenta minutos por delante y Argentina debía volver a empezar. Pero llegaron las tensiones que se habían disimulado en la primera parte, o como lo explicó Messi: “El empate de ellos nos generó ansiedad, nerviosismo, empezamos a jugar acelerados”.

En la búsqueda del segundo gol, sin claridad, quedaron espacios a las espaldas de los volantes argentinos. Y si bien Nigeria no los aprovechó demasiado, el peligro estuvo latente. De hecho, Armani puso todo el cuerpo para tapar una entrada peligrosa desde la izquierda. Desde el banco aparecieron Meza, Agüero y Pavón como variantes para seguir tratando de encontrar la llave hacia el gol. El de Boca se impuso en las primeras jugadas a partir de su velocidad, pero terminó enredándose como el resto.

Hasta que cuando todos empezaban a hacer cálculos acerca de cuántos minutos debía adicionar el árbitro, llegó el desborde de Gabriel Mercado, el centro bajo al corazón del área y la formidable aparición de Rojo en donde se los esperaba a los centrodelanteros. De todos modos, el defensor definió con categoría de goleador y se dejó abrazar por todos con el 2 a 1 marcado a fuego. Desde las tribunas caían las gargantas en catarata para bañar a un grupo de jugadores que logró dar un paso en el que se confiaba más por historia que por presente.

Para los optimistas quedan cuatro partidos para alcanzar la gloria máxima. El sábado comienza el camino, en Kazán, desde las 11 de la mañana, cuando la Argentina enfrente a Francia. El GPS ya tiene las coordenadas puestas para apuntarle a la final del 16 de julio en Moscú. Habrá que ver hasta dónde le alcanzan las baterías a Leo Messi y su banda.

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