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Bares y cafetines, un contraste que ilumina y distingue a Buenos Aires

La ciudad capital de la Argentina, donde fue inaugurado el más reciente rascacielos corporativo de BBVA Francés, ha construido una historia propia y diferente, donde confluyen la nostalgia, el negocio y el progresismo, con una convocatoria social que implica la frase “¿nos tomamos un café?” para desarrollar la invitación permanente en sus bares o cafetines porteños.

Bares y cafés o ‘cafetines’. Con estructuras similares conforman un paradigma que define el andamiaje social de los argentinos y en particular de los ‘porteños’ habitantes de la ciudad de Buenos Aires.

Los bares, como lo indica el camino etimológico que lleva a la ‘barra’, suele ser el lugar de encuentro, copa y negocio.

También se asocia al término ‘barrio’ y verdaderamente se constituye en el símbolo de la tertulia de las vecindades. Tal vez conforman el ámbito donde la modernidad ha establecido las llamadas oficinas externas o el lugar de concentración y estudios para los alumnos de la gran ciudad.

Mientras que en un costado del Río de la Plata se erigen rascacielos que hacen recordar a Manhattan, Buenos Aires está súper poblada de bares que son verdaderas vidrieras de trabajo. Hoy los hay muchos y muy modernos, con un sinfín de ‘notebook’ que apresan la atención de los parroquianos, muchos de ellos extranjeros.

Con el infaltable wi fi y múltiples facilidades tecnológicas y de servicios permiten un desarrollo laboral fuera de las tradicionales oficinas o despachos y donde, a cierta hora, se convoca a la charla pasajera del final del día.

“La oficina te aísla, te aleja. En cambio, acá la idea es acercar. Esto no es una oficina, sino una verdadera incubadora de negocios”, es la frase preferida de los expertos creadores del bar-oficina como nueva y pujante actividad de profesionales, comerciantes o estudiantes. Frente a este desarrollo que surge de la idea de tener a Buenos Aires repleta de ideas nuevas en sus bares, se presenta como un contraste llamativo el conjunto de comercios con una tradición descriptiva de la identidad de la ciudad.

Los cafés porteños que acuñaron el nombre de cafetines tienen una historia muy rica que se ha convertido en un dato del pasado con presente, de la nostalgia con la cotidiana afabilidad. Invitan con su magia, su aroma y hasta “ofrecen el permiso de perder el tiempo con dignidad”, como lo expresan algunos filósofos populares. Se los identifica con el tango y eso los coloca al frente del atractivo turístico.

Es el lugar de las ideologías de los argentinos, de la invitación al debate que no excluye la discusión política y futbolera, intensa, que hasta dio lugar a la costumbre irreverente del ‘fragote’, definición casera y lunfarda de la crítica con alguna estrategia de acción.

¿Nos Tomamos un café?

Pero ambos, bares y cafés tienen un común denominador que mixtura la cultura con el negocio. Del turismo con la costumbre.

El argentino no explica la invitación a la charla o al encuentro, simplemente dice como interrogante y con síntesis: “nos tomamos un cafecito”. Y aunque no lo haga a la hora de la ingesta, igualmente se aplica como preludio de charla franca o reunión de negocios. Y es un modismo único en el mundo. En España suelen decir “¿tomamos una caña?”, que en rigor suele ser una cerveza o en Estados Unidos “let’s meet for brunch”, que significa simplemente comamos un desayuno o un almuerzo.

Entre los trabajos estadísticos y de historiadores urbanos se suelen sumar 54 o 73 los cafés más famosos de Buenos Aires. Casi todos ellos con el sello de Patrimonio Cultural de la ciudad capital.

En el corredor de la industria del turismo el éxito está directamente vinculado a la asociación de los cafetines con el tango y el fileteado porteño que suele adornar las fachadas de los más clásicos.

Sin duda trascienden en el mundo entero y son inamovibles muestras en la vidriera porteña. Cada cual con su historia. Son una verdadera fuente de ingresos de esa industria.

Los más famosos tienen historia

Tal vez, uno de los más visitados por el gran turismo sin dejar de ser identificado como típico para reuniones locales y parroquianos fieles, es El Tortoni; a 10 minutos de caminata del grupo de rascacielos llamado Catalinas, en donde se emplaza el edificio BBVA Francés.

Casi el más antiguo, fundado en 1858 (se cree que La Biela fue anterior, abierta en 1850 en el barrio de La Recoleta de Buenos Aires) y se ha convertido en un icono de esa industria vistosa y muy comercial. Allí funcionó ‘La Peña’, inaugurada en 1926, que fomentó la protección de las artes y las letras hasta su desaparición en 1943, y que era capitaneada por el artista plástico Benito Quinquela Martín.

El Tortoni fue un ámbito de cultura muy amplia. En su sótano funciono un foro de difusión mediante conciertos, recitales, conferencias, y debates. Tuvo asistentes famosos: Alfonsina Storni, Baldomero Fernández Moreno, Juana de Ibarbourou, Arthur Rubinstein, Conrado Nalé Roxlo, Antonio Bermúdez Franco, Ricardo Viñes, Roberto Arlt, José Ortega y Gasset, Jorge Luis Borges y Florencio Molina Campos.

En el área de su café, sus mesas fueron testigos de figuras de la política como Lisandro de la Torre, Ernesto Palacio y Marcelo Torcuato de Alvear; figuras populares como Carlos Gardel (quien cantó una vez un tango en homenaje al autor italiano Luigi Pirandello, que acababa de dar una conferencia en ese subsuelo, y Juan Manuel Fangio. Pasaron por el Tortoni además, notables internacionales como Albert Einstein y Federico García Lorca; y jefes de Estado, entre otros el Rey Juan Carlos de Borbón.

Otros bares y cafés fueron y son distintivos de la Ciudad, como Las Violetas, lugar de reunión de las familias del pujante barrio de Caballito; La Academia y Los 36 Billares, el único café con historia y juego que no cierra nunca, y La Poesía, más moderno, pero de estructura típica del Barrio bohemio de San Telmo, y como su nombre lo indica ha sido y es un centro del arte de la escritura y la palabra con algunos tramos de su historia relacionados con los revolucionarios sesentistas.

El London City, donde Julio Cortázar escribió alguno de sus cuentos famosos, se destaca en pleno centro de la ciudad; La Paz, lugar de mucha filosofía, política y progresismo sobre la calle Corrientes, donde los teatros la nostalgia y el modernismo se combinan y se hacen cotidianos. Y hay otros nombres con prosapia: El Federal; el Bar Cao; el Bar Británico; Café Margot; Clásica y Moderna; Ideal; El Gato Negro; El Progreso; Florida Garden; La Biela; La Giralda; La Perla. Son algunos de una grilla importante de cafés y bares conocidos, verdaderos monumentos de la historia popular y todos consistentes en su calidad de valor agregado en el comercio y el turismo.

Son, por otra parte, una forma tradicional más de identificación de la sociedad porteña, a la que las nuevas generaciones incorporaron la onda de los pubs, los restó bares, los ‘happy hours’, los espacios exclusivos en los ‘shoppings’ y variantes aún más posmodernas, como las plantas completas de tránsito por los ascensores que se montaron en las grandes ‘ciudades verticales para compartir comidas y refrigerios sin salir del edificio.

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