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Coronavirus 26 may 2020

Ecocidios en nombre de la COVID-19: del vertido de lejía a las deforestaciones ilegales

El término ecocidio, tal y como lo define la RAE, designa la destrucción del medio ambiente, en especial de forma intencionada. La pandemia desatada por la enfermedad COVID-19 ha puesto de manifiesto la inevitable correlación entre la salud del entorno natural y la de los propios seres humanos. Pero no es la única relación evidente, pues la alerta sobre ecocidios como el aumento de la deforestación, la ingente cantidad de residuos plásticos de protección sanitaria que ya está llegando a los océanos o la relajación del cumplimiento de diferentes acuerdos de emisiones son también consecuencia directa de la nueva realidad social de la pandemia, marcada especialmente por los confinamientos en muchos países.

COVID-19: una cuestión medioambiental con muchas aristas

Las imágenes de varios satélites de la NASA hace varios meses certificaron que nuestro cambio de rutinas traía consigo una disminución de  los niveles de contaminación atmosférica. ¿Se trata de un espejismo para la sostenibilidad? Sencillamente, esta es solo una de las caras del complejo prisma que da forma a la relación entre la enfermedad provocada por el virus SARS-CoV-2 y el entorno natural. Expertos como Marco Lambertini, director general de la organización WWF Internacional, se esfuerzan por difundir este mensaje: la relación es mucho más compleja de lo que parece a primera vista.

Los datos más recientes de la Asociación Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos (NOAA por sus siglas en inglés) muestran que los niveles globales de CO2 aumentan bruscamente a pesar de la pandemia. Y es más, el aumento se acelera también debido a las emisiones derivadas de la actividad humana. La Sala de Situación del Medio Ambiente Mundial del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) controla el histórico de la evolución de los niveles de CO2, que han fluctuado estacionalmente según lo esperado durante la pandemia, pues las concentraciones globales de CO2 alcanzaron su punto máximo en mayo al final del invierno en el hemisferio norte, según datos actualizados de Naciones Unidas.

Sin embargo, es cierto que la pandemia ha generado cambios globales en los niveles de contaminación y que de este experimento podemos aprender mucho sobre las posibilidades de un futuro verdaderamente sostenible. Con esa premisa trabajan instituciones como la NASA, que está poniendo en marcha diferentes proyectos para “investigar posibles señales ambientales que pueden influir en la propagación de la COVID-19”, según John Haynes, gerente del programa de Aplicaciones de Salud y Calidad del Aire de la NASA. Algunos ejemplos son el proyecto que examinará el impacto de la pandemia en la calidad del aire por la reducción del tráfico aeroportuario o los mapas de imágenes que muestran cómo la COVID-19 ha reducido la contaminación del aire en todo el mundo.

El reto del Reciclaje y los residuos contaminados en la era post COVID-19.

La necesaria protección frente al virus ha derivado en un aumento del consumo de material biosanitario como guantes, mascarillas y equipos de protección individual (EPIs). A esto hay que añadirle que, además, todo el material plástico se desecha precisamente porque el virus puede permanecer varios días en estas superficies, tal y como ha certificado un estudio publicado en The New England Journal of Medicine. Solo en Italia, el responsable nacional de la emergencia confirmó a la agencia Reuters que el país estima que necesita unos 90 millones de mascarillas al mes.

Un miembro de la organización Oceans Asia muestra varias mascarillas usadas que han sido recogidas en las playas de una isla cercana a Hong Kong / Imagen: Oceans Asia - Oceans Asia

Tal y como recoge un reportaje de The Conversation, a pesar del cambio de realidad producido por la pandemia no debemos olvidar que la contaminación por plásticos es uno de los principales problemas ambientales del planeta, según el último informe del PNUMA en 2019. Además, 2021 iba a ser un año crucial para frenar el consumo de estos materiales también en Europa, pues los plásticos de un solo uso quedarían vetados en la Unión Europea a partir de esta fecha.

Además de los residuos plásticos, la psicosis por la desinfección frente a la pandemia está dando lugar a disparatados ecocidios. El abuso de sustancias químicas como la lejía para desinfectar áreas comunes y urbanas ha derivado en experimentos tan esperpénticos como el de rociar una playa con lejía de manera preventiva, en Zahara de los Atunes (Cádiz). A pesar de que se trata de un acontecimiento aislado, la tendencia general de desinfectar con lejía podría ser menos eficaz frente al virus de lo que piensan las autoridades, y más una cuestión de tranquilidad institucional según un análisis de las evidencias científicas publicado en The Conversation.

Repuntan los crímenes contra la naturaleza durante la pandemia de COVID-19

Un artículo publicado en la revista científica Conservation Letters, en el que participan diferentes instituciones de todo el mundo relacionadas con la conservación de la biodiversidad, señala cómo precisamente la pérdida de especies naturales y la degradación de los ecosistemas son uno de los factores que habrían facilitado el surgimiento de esta pandemia. El comercio de especies exóticas o el desplazamiento de los animales por la degradación de sus hábitats facilita la zoonosis, es decir, el contacto con especies animales de las que pueden saltar enfermedades a los humanos. En este contexto, es importante entender la relevancia que tiene para la salud del planeta que, según un estudio de la organización ecologista WWF, las selvas tropicales se hayan reducido 6.500 kilómetros cuadrados en marzo, un dato que revela cómo la deforestación se ha duplicado con creces durante la pandemia, según la misma organización. Por su parte, el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil (INPE) ha certificado que en ese mismo mes, las alertas por deforestación crecieron un 29,9%, el peor dato en cinco años. Según WWF, los datos evidencian que los grupos criminales se están aprovechando de la pandemia.

En cuanto a la dimensión institucional del asunto, la revista Nature ha publicado un artículo que recoge diferentes evidencias de cómo el gobierno de Estados Unidos habría  relajado sus políticas medioambientales en el contexto de la pandemia. La publicación denuncia que la Agencia de Protección Ambiental de EE. UU. (EPA, por sus siglas en inglés) ha reducido las regulaciones sobre emisiones de automóviles y eficiencia de combustible. En concreto, a finales de marzo se puso fin a un plan de reducción de emisiones de vehículos que pretendía reducir la cuota de emisiones anuales del 5% al 1,5%, un cambio que podría liberar 867 millones de toneladas adicionales de dióxido de carbono a la atmósfera en la próxima década.

COVID-19: la “excusa” para repensar un mundo sostenible

Muchas son las voces que se alzan a favor de aprovechar esta ocasión tan singular para tomar las riendas de una reconversión y recuperación económica verdaderamente sostenible. La innovación se impone como la única salida para alinear los objetivos del crecimiento económico y la propia salud del ser humano y del planeta. En cuanto a buscar nuevas formas de hacer las cosas, ya existen estudios muy prometedores que plantean el desarrollo de materiales biodegradables para la elaboración de mascarillas o EPIs reutilizables, así como la utilización de materiales inteligentes como el grafeno, que permitirían además una lucha más proactiva contra el virus: este material podría llegar a bloquear las micropartículas contagiosas y permite también desarrollar accesorios de protección biodegradables.

El problema del cambio climático ha adquirido una resonancia mayor como consecuencia de la pandemia, según sostiene Ángel Gurría, secretario general de la OCDE, que defiende que “tenemos que aumentar la ambición de producir una recuperación baja en carbono. Necesitamos dejar de construir infraestructuras y activos de capital que socavan los objetivos climáticos a largo plazo”. Un estudio publicado por la ONG Climate Action Tracker (CAT) analiza las ventajas de aplicar paquetes de medidas verdes para reducir las emisiones, a la vez que se estimula la economía tras la crisis sanitaria. En este sentido, la organización advierte de que la hoja de ruta que utilice cada país determinará la recuperación económica y también la del medio ambiente. Otra de las conclusiones a las que llega el estudio es que las medidas que se tomen como consecuencia de la crisis tendrán un impacto decisivo de cara a la consecución de los objetivos de la agenda 2030. Además, una recuperación verde sería también una palanca fundamental para la creación de empleo en actividades que ayuden a consolidar una sociedad basada en el crecimiento económico bajo en carbono. Según la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) de Naciones Unidas, la energía renovable empleó a 11 millones de personas en todo el mundo en 2018. Un estudio de esta agencia fechado en 2019 ya auguraba el potencial del sector renovable para el empleo: transformar los sistemas de energía podría aumentar de media el PIB global en 98 billones de dólares hasta 2050. Los empleos en el sector podrían crecer también hasta 42 millones de personas empleadas en todo el mundo, lo que supone cuadruplicar la cifra actual.

En paralelo, no cuidar el planeta y atentar deliberadamente contra el medio ya es un crimen en algunos países, aunque está pendiente un consenso global sobre los ecocidios, se va avanzando en esa dirección. En 2018 la Asamblea de Naciones Unidas aprobó una resolución para sentar las bases de un Derecho Ambiental Internacional. Según el Foro Económico Internacional, más crisis globales como la de la COVID-19 están por venir, y el modelo económico debe adaptarse para poder afrontarlas con mayor capacidad de respuesta. Además, es crucial entender, según la organización, que la ciencia debe ser usada para diseñar economías que mitiguen las amenazas del cambio climático, la pérdida de la biodiversidad o las pandemias, sentando así las bases de una economía verde y circular.

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