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Educación financiera 17 abr 2015

La historia del interés del dinero

Términos como Euribor, Libor, tasa de descuento, etc… parecen inventos de nuestros días, pero sin embargo, no son sino referencias a determinados tipos de interés y, la historia de estos al algo tan antiguo como puede serlo la del dinero. Lo cierto es que, casi desde que existe el dinero, existe el interés, un porcentaje que marca su precio. Ya en la antigua Roma se empleaban términos como usurero o aval y algunos han conservado su significado a través de los siglos.

El interés en la antigua Roma

Considerado como uno de los grandes imperios de la historia, Roma no sólo se fundó basando su poderío en un gran ejército, sino también en una serie de leyes que iban en consonancia con un gran aparato burocrático. En esta época, aunque ya se conocía el concepto de tipo de interés, su uso no estaba regulado, dejando al libre albedrío de los contratantes tanto la tasa, como muchos otros aspectos.

En aquellos tiempos, si una familia no podía pagar sus deudas, corría el peligro de ser castigada con la esclavitud o incluso la muerte. Esto no se trataba de casos aislados, pues los préstamos, al no estar regulados, podían venir con intereses que hoy nos parecen, como mínimo, abusivos, y todo ello justificado bajo la doctrina de “lucro cesante” que defendía que, quien prestaba interés, perdía la oportunidad de invertir su dinero en otra cosa y, por tanto, conseguir los réditos asociados.

Un famoso prestamista fue Bruto, conocido por formar parte del complot que acabó con la vida de Julio César y que, según las crónicas, realizaba préstamos al “módico” interés del cuarenta y ocho por ciento.

Con el final del imperio romano, el emperador Justiniano realizó un intento de regular el negocio de los préstamos, sobre todo en lo relacionado con los tipos de interés, en un intento de evitar que estos fueran demasiado abusivos. Sin embargo, con el final del imperio y el advenimiento del cristianismo, las reglas cambiaron radicalmente.

El interés en la edad media

La religión cristiana no veía con buenos ojos los préstamos con interés, de hecho, los consideraba casi un pecado, el pecado de usura, algo poco digno de un cristiano. Su punto de vista era justificado con el hecho de que la creación de algo desde la nada, es decir, el dinero obtenido por el interés, era algo poco cristiano. Debido a esto, sólo quien no perteneciera a esta religión, podría prestar “sin cargo de conciencia”.

Debido a esta rigidez eclesiástica, los judíos eran casi los únicos que podían dedicarse al negocio del préstamo, no sin cierto desdén de la iglesia. Poco a poco, las juderías se fueron convirtiendo en núcleos de negocio bancario y dando a luz a las primeras casas de préstamo y banca.

Conforme fueron avanzando los años, la iglesia católica fue flexibilizando su visión, en parte influida por las peticiones de los monarcas europeos que necesitaban dinero para sus guerras de conquista. Se empezó a distinguir entre préstamos para subsistir, en los que no era lícito cobrar interés, y préstamos para invertir, en los que se justificaba el tipo de interés por el riesgo del prestamista.

Con la llegara de Martín Lutero y el luteranismo, el cobro de interés se aceptó como algo corriente en los países protestantes, en esta época, toda actividad que se realizase de forma digna, fuese comerciar o prestar dinero, tenía la aprobación tanto de Dios como de la sociedad.

Los últimos siglos

Conforme se iba perfilando el sistema económico que hoy impera, el capitalismo, los tipos de interés fueron acaparando la atención de los economistas y mandatarios debido, sobre todo, a su fuerte impacto en un comercio que empezaba a perfilarse como uno de los principales motores del desarrollo económico de las naciones.

Adam Smith, en su libro La riqueza de las naciones, nos expresaba el interés de los monarcas por controlar este instrumento:

Por decreto de Enrique VIII, fue prohibida en Inglaterra y declarada ilegal toda usura o interés que pasase del diez por ciento…La reina Isabel renovó el Estatuto de Enrique VIII, en el Cap. 8 del 13, y prosiguió siendo el diez por ciento el precio legal de la usura hasta la Constitución 21 de Jacobo I, que la restringió al ocho por ciento. Fue reducida a seis poco después de la restitución de Carlos al trono, y por la Constitución 5 de la Reina Ana se limitó al cinco. Todas estas diversas regulaciones, al parecer, fueron hechas con mucha justicia y oportunidad”

Había llegado pues la regulación de los tipos de interés por el estado, que ya no se conformaban con fijar un techo sino que, además, fijaban exactamente el tipo. Poco después, la Revolución Francesa popularizó los préstamos en un país tradicionalmente católico como Francia. Y llegó Napoleón.

Con las guerras napoleónicas el Banco de Inglaterra asistió a un fuerte crecimiento del comercio británico, y con él, del volumen de préstamos. Con el tiempo, este banco central tomó conciencia del peligro  que podía suponer un endeudamiento excesivo para la economía y decidió elevar los tipos de interés para, con ello, restringir el préstamo, es decir, comenzó a utilizar los tipos como un instrumento de política monetaria.

El tiempo pasó y apareció la Reserva Federal, el Banco Central Europeo, etc… y los préstamos con interés con sus consiguientes tipos, se convirtieron en algo cotidiano. Como se puede comprobar, Libor, Euribor y demás son acrónimos nuevos para unas prácticas que vienen de siglos, si bien ahora, están mucho más reguladas.

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