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Opinión 09 julio 2019

El papel de los emisores e inversores del sector público en las finanzas sostenibles

El responsable de Finanzas Públicas Globales de BBVA, John Rutherford, analiza en esta columna el papel del sector público en las finanzas sostenibles, especialmente en el desarrollo del mercado de bonos verdes, y analiza los retos y oportunidades del futuro.

BBVA organizó el mes pasado su VIII Seminario anual de emisores e inversores del sector público, que reunió a 60 bancos centrales, fondos soberanos, fondos públicos de pensiones, tesoros públicos, organismos supranacionales y agencias nacionales de desarrollo durante 4 días de debates sobre una gran diversidad de temas relacionados con la inversión.

Uno de los temas principales debatidos en el seminario de BBVA fue el de las finanzas sostenibles y el papel que juegan los emisores e inversores del sector público a la hora de promover su desarrollo. Este es un tema muy relevante para BBVA tras el lanzamiento en 2018 de su Compromiso 2025, cuyo objetivo es movilizar 100.000 millones de euros de finanzas sostenibles hasta 2025.

El papel de los emisores del sector público en las finanzas sostenibles

Los emisores del sector público, específicamente los bancos multilaterales de desarrollo, pueden atribuirse el mérito de haber lanzado el mercado de bonos verdes, posiblemente el desarrollo de finanzas sostenibles más significativo de la última década. Los primeros bonos verdes fueron emitidos por el BEI en 2007 y por el Banco Mundial en 2008, y ambas instituciones siguen siendo actores muy relevantes. Sin embargo, los volúmenes de bonos verdes de los bancos de desarrollo alcanzaron su máximo en 2016 y, desde entonces, los prestatarios soberanos y cuasi-soberanos se han convertido en los emisores más importantes del sector público. El primer bono verde soberano fue emitido por Polonia en diciembre de 2016, seguido unas semanas después por Francia. En diciembre de 2018, un total de 9 países tenían bonos verdes en su haber, incluido Fiji, el primer país emergente en emitir bonos verdes.

Los emisores del sector público pueden atribuirse el mérito de haber lanzado el mercado de bonos verdes

Las autoridades sub-soberanas también se han convertido en emisores importantes de bonos verdes, con gobiernos locales de Francia y Suecia a la cabeza en 2012 y 2013 respectivamente. En total, los emisores del sector público, que comprende bancos multilaterales de desarrollo, tesoros públicos y autoridades cuasi-soberanas, representan más de una cuarta parte del mercado mundial de bonos verdes, de acuerdo con la Iniciativa de Bonos Climáticos.

El papel de los inversores del sector público

La función catalizadora de los emisores del sector público en el desarrollo del mercado de bonos verdes es clara. Sin embargo, el papel de los inversores del sector público presenta una imagen desigual. Los inversores del sector público gestionan activos de cerca de 40 billones de dólares a nivel mundial, siendo los fondos de pensiones públicos (40%) lo que lideran el sector, seguidos por bancos centrales (35%) y fondos soberanos (25%).

Los fondos soberanos y los fondos públicos de pensiones han sido inversores muy activos en bonos verdes. Norges de Noruega, el fondo soberano más grande del mundo, con una gestión de activos de un billón de dólares, ha estado a la cabeza de la inversión sostenible.

Los bancos centrales, por otro lado, han desempeñado un papel menos relevante como inversores, debido a sus requerimientos típicos de inversión en renta fija, que dan gran importancia a la seguridad y la liquidez. Esto entra en conflicto a menudo con las características de los bonos verdes, a saber:

  • Calificación crediticia: los bancos centrales suelen invertir en bonos de muy alta calidad con calificaciones crediticias de AAA y AA; sin embargo, menos del 50 % de los bonos alineados con el cambio climático (una categoría de inversión más amplia que los bonos verdes) tienen una clasificación de este nivel crediticio.
  • Liquidez: los bancos centrales suelen invertir solo en instrumentos con mucha liquidez.  Sin embargo, debido a la escasez relativa de la oferta frente a la demanda, los compradores de bonos verdes tienden a ser inversores de comprar y mantener, lo que tiene como resultado una menor liquidez del mercado para los bonos verdes frente a los bonos no verdes. Otro factor que afecta a la liquidez es el tamaño de la emisión, ya que la liquidez mejora generalmente con el tamaño de la emisión. Sin embargo, aproximadamente el 40 % de los bonos alineados con el cambio climático tienen importes inferiores a los 500 millones de dólares.
  • Vencimiento: en líneas generales, los bancos centrales invierten en instrumentos de renta fija con un plazo máximo de 5 años; sin embargo, solo el 25 % de los bonos verdes cumplen este requisito.
  • Divisa: mientras que la mayoría de las reservas de los bancos centrales están en dólares estadounidenses (el 60% de media) y en euros (25%), estas dos divisas representan menos del 50 % de los bonos alineados con el cambio climático.

Todas estas consideraciones limitan las inversiones de los bancos centrales en bonos verdes, lo que no quiere decir que los bancos centrales hayan permanecido al margen en el fomento de las finanzas sostenibles.

Un desarrollo notable es la Red de Bancos Centrales y Supervisores para Potenciar el Sistema Financiero Ecológico (Network for Greening the Financial System, en inglés), un foro lanzado en 2017 que busca movilizar fondos para apoyar la transición a una economía sostenible y avanzar en el desarrollo de un sistema financiero verde.

Adicionalmente el BCE, por ejemplo, ha reconocido este reto y está buscando formas para que sus “esfuerzos ecológicos” vayan más allá del nivel de implementación de políticas e incluyan su propio mandato de inversión en un esfuerzo por “practicar lo que se predica”. A este respecto, el BCE está supervisando las dinámicas del mercado de finanzas sostenibles y a lo largo de este año publicará un manual para los bancos centrales sobre las mejores prácticas Medioambientales, Sostenibles y de Gobernanza (ESG, por sus siglas en inglés) en la gestión de carteras.

¿Qué nos depara el futuro?

La tasa de crecimiento del mercado de bonos verdes ha sido espectacular, pero aún es minúscula en comparación con el mercado de bonos convencionales. El reto por delante es incrementarlo significativamente para lograr un impacto real en la lucha contra el cambio climático. Esto, sin embargo, no puede llevarse a cabo sin la importante participación de los emisores e inversores del sector público. El potencial para los inversores del sector público es ciertamente enorme, teniendo en cuenta que el valor acumulativo de las emisiones de bonos verdes representa tan solo algo más del 2 % del total de inversiones en renta fija de los inversores del sector público globalmente.

Curiosamente, algunos inversores relevantes del sector público están avisando de que es posible que los bonos verdes no alcancen el estatus de un producto de inversión consolidado, a menos que lleguen a ser verdaderamente eficientes económicamente para los emisores. Quizás el más vocal de estos inversores es el GPIF de Japón, el fondo de pensiones más grande del mundo, con 1,4 billones de dólares de activos bajo su gestión, que recientemente avisó de que los bonos verdes pueden convertirse en una “tendencia pasajera” si las preocupaciones de los emisores sobre los costes y la complejidad, y de los inversores sobre liquidez, no se tratan convenientemente.

Ante este panorama desigual, ¿qué futuro le depara a las finanzas sostenibles? En base a los debates mantenidos por emisores e inversores líderes del sector público durante el reciente seminario de BBVA, creo que estas preocupaciones legítimas terminarán resolviéndose mediante una mezcla potente de innovación, estandarización y mayor transparencia del mercado. Las directrices voluntarias evolucionarán probablemente a lo largo del tiempo hacia requisitos obligatorios y legalmente vinculantes. Y los mayores volúmenes de emisión deberían resolver el problema de liquidez. En paralelo, las actuales clases de activos medioambientales, sociales y de gobierno (ESG) deberían superar finalmente su estado de nicho y entrar en el universo de instrumentos consolidados de inversión.

Se le atribuye al famoso físico danés Niels Bohr haber dicho que “las predicciones son difíciles,  especialmente sobre el futuro”. Reconociendo las limitaciones de mi propia bola de cristal, creo que el futuro de las finanzas sostenibles es prometedor y recibirá un renovado impulso mediante regulaciones de la industria que internalicen los costes de las emisiones de CO2, y regulaciones financieras (desarrolladas por bancos centrales y supervisores) que requerirán a los inversores adoptar cada vez más principios ESG en sus decisiones de inversión.

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