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El secreto del órice o cómo algunas especies han dado esquinazo a la extinción (por ahora)

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Caza, tala de bosques, contaminación o cambio climático. Son muchos los factores aceleran la extinción de especies animales. En pocas décadas, más de un millón podrían desaparecer. Pero el ser humano también es capaz de revertir esta realidad. Que se lo pregunten al antílope de Oriente Medio, la ballena gris o el lince ibérico.

En algún momento de 1972, en algún lugar del Emirato de Omán, alguien disparó al último órice de Arabia en libertad. A día de hoy, todavía se desconocen muchos de los detalles de aquel suceso, pero lo cierto es que la suerte del órice ya estaba echada mucho antes de que aquel cazador subido a bordo de un todoterreno apretase el gatillo.

Este gran antílope de color claro y largos cuernos negros llegó a ocupar buena parte de Oriente Medio. En el siglo XIX, sus manadas recorrían también el Sinaí y el valle del Jordán hasta lo que hoy es Irak. Poco a poco, este herbívoro adaptado a los rigores del desierto fue confinado a las arenas de la península Arábiga y la caza excesiva fue diezmando sus números hasta que las poblaciones fueron totalmente insostenibles.

Por eso, en 1972, la especie ya se daba por extinta antes de que un cazador acabase con el último ejemplar en libertad. Pocos años antes, sin embargo, la Sociedad de la Preservación de la Fauna de Londres y el Fondo Mundial para la Naturaleza ­–conocida internacionalmente como WWF– habían iniciado la Operación Órice, que había logrado capturar nueve de los últimos animales libres para su cría en cautividad en el zoo de Phoenix, en Arizona. La operación fue un éxito y en 1982 un nuevo grupo de estos antílopes fue devuelto al desierto central de Omán.

La recuperación de la especie no estaba asegurada, pero al menos se había salvado de la extinción. Durante varias décadas, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) mantuvo al órice de Arabia en su lista de especies en peligro de extinción. Hoy, sin embargo, está en la categoría de vulnerable y es la primera especie que logra mejorar tanto su situación tras regresar de la extinción. Según las últimas estimaciones (2017), hay más de 5.000 ejemplares en libertad repartidos entre Omán, Arabia Saudí, Jordania y los Emiratos Árabes Unidos.

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El arte de esquivar la extinción

Hay especies que sobreviven en casi cualquier entorno y otras que están perfectamente adaptadas a un hábitat concreto. Sean como sean, cuando las condiciones a su alrededor cambian y las muertes superan en número a los nacimientos, las poblaciones sufren y pueden acabar extinguiéndose. Así ha sido durante toda la historia evolutiva de la vida en la Tierra. Sin embargo, desde hace algunos miles de años, una especie en particular parece haberse vuelto experta en modificar esas condiciones: el ser humano.

Ya sea por la caza, la tala de bosques o el cambio de usos del suelo para la agricultura, el Homo sapiens ha causado la extinción de multitud de especies a lo largo de su historia. En las últimas décadas, fenómenos más complejos como el cambio climático o la contaminación han acelerado esas tasas de extinción. Tanto, que algunos estudios estiman que más de un millón de especies podrían extinguirse en unas pocas décadas por causa del ser humano.

El caso del órice de Arabia demuestra que los mismos humanos también tienen la capacidad de ayudar a algunas especies a dar esquinazo en la extinción. Y no es el único ejemplo. Hubo un tiempo en que la ballena gris era tan abundante, y su grasa tan codiciada, que la especie fue capturada sin control hasta casi extinguirse. Pero mientras otros cetáceos siguen en peligro, el caso de la ballena gris es único: la especie está hoy fuera de la zona de riesgo de la UICN gracias a la prohibición de su caza, aunque todavía le queda mucho para recuperar sus antiguos territorios.

Otro caso paradigmático es el del oso panda gigante. A pesar de ser un animal aparentemente carnívoro, la dieta del panda está basada en el bambú. Durante décadas, la destrucción de los bosques de esta planta y el aumento de la agricultura en el centro de China, de donde este oso es nativo, pusieron a la especie al borde de la desaparición. Hoy, gracias a la reforestación y a la protección, hay cerca de 1.000 ejemplares de panda en libertad. Aun así, el descenso de las precipitaciones en la zona por causa del cambio climático no dibuja un futuro demasiado halagüeño para la especie.

El rinoceronte blanco, el cocodrilo americano, el atún rojo del Atlántico o el lobo y el lince ibéricos son algunos de los otros casos emblemáticos de especies que han logrado volver de la casi extinción con un poco de ayuda, gracias a las medidas de protección y conservación. Hemos cambiado el mundo, pero quizá estemos a tiempo de permitir que muchas otras especies se adapten al nuevo escenario.

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