Desde antiguo los viajeros han conservado un tipo de sabiduría que otros seres humanos desconocen. Quizás ello ha tenido relación con los paisajes místicos y las búsquedas interiores. Así lo indican textos orientales como el ‘Chuant-tse’ donde se cuentan las travesías de Yao para llegar a las islas de los Inmortales. Para la tradición judeo-cristiana las peregrinaciones también son etapas de una progresión espiritual.

Por ejemplo aquellas del pueblo elegido por el desierto o la de los Reyes Magos, acordes con estas fechas. Aunque es cierto que otros viajes de la antigüedad eran más prácticos o estratégicos: los soldados estaban obligados a recorrer leguas y kilómetros para conquistar o defender sus civilizaciones. Algunos mercaderes fueron viajeros por la necesidad del intercambio comercial y la capacidad de inventiva alrededor del mismo.

La talasocracia fenicia fue la gestión del Mediterráneo gracias a este espíritu, y ellos no fueron los únicos que se arriesgaron a cruzar grandes extensiones. Algunos relataron sus crónicas, como lo hiciera mucho después el famoso Marco Polo, dejando descripciones de sus maravillosas travesías.

Esta herencia pasa luego hacia la literatura de ficción donde encontramos grandes viajeros como Ulises, Eneas o Dante. Varios de estos periplos son progresiones iniciáticas. Dicha tradición se ha mantenido en la literatura universal en obras como ‘La isla del tesoro de Stevenson‘, ‘Los viajes de Gulliver ‘ de Swift o ‘El Wasōbyōe‘ de Yukokushi.

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En esos libros el viaje se metaforiza y se vuelve un símbolo del conocimiento del mundo, de los otros y lo desconocido. Este ansia de conocer nuevos lugares vuelve a influenciar la literatura a finales del siglo XIX y potencia la ciencia ficción, uno de cuyos fundadores fantaseó sobre viajes alrededor de la luna, al centro de la tierra o en submarinos. El mundo se hizo pequeño para los lectores del siglo pasado que buscaron nuevos planetas y galaxias lejanas. Incluso algunos como H.G Wells propusieron la idea de viajar en el tiempo.

Volviendo a la realidad, ¿en qué ha cambiado el viaje de un tiempo a esta parte? En pleno siglo XXI el viaje es una experiencia al alcance de más de la mitad de la población mundial. Los ‘millennials’ lo señalan como una riqueza que se acumula vitalmente y al que aspiran por encima —incluso— del ahorro según un estudio del Bank of America. En un mundo conectado tecnológica y lingüísticamente la mejor manera de aprender es simplemente viajar. Hay muchas formas para ello.

Al automóvil, el tren, el avión y el barco se suma la movilidad sostenible de la bicicleta o la moto eléctrica. Los tipos de turismo actuales añaden periplos ecológicos, gastronómicos, académicos o fotográficos. En muchos de estos viajes el desplazamiento es voluntario como menciona Julio Peñate. Las costumbres del viajero también cambian y se transforman de año en año.

Las búsquedas en Google sobre el ‘jet lag’ son siete veces mayores que las búsquedas sobre la fiebre amarilla. Y los cambios en la forma de abordar un avión desde los atentados del 11-S han generado protocolos, dispositivos y estándares de seguridad que afectan las costumbres del pasajero y las políticas estatales. Las exigencias de vuelos de bajo coste han impulsado invenciones como maletas ultra ligeras o cascos que evitan el ruido exterior.

Los estados también son conscientes de la necesidad de simplificar los trámites, un ejemplo es el OneStop Security europeo que permite una mayor movilidad entre los aeropuertos de la UE. Los microhoteles, los alojamientos compartidos, las aplicaciones de ayuda al viajero, los blogs y los comentarios de los usuarios van definiendo un nuevo mundo donde el viaje es una experiencia colaborativa.

Pero quizás las modificaciones más complejas sean aquellas que cambian nuestras perspectivas sociales. Existe una planificación tecnológica del viaje que desarrolla un nuevo estadio para el viajero. Los alemanes tienen un sustantivo difícil de traducir: la ‘vorfreude’, que sería algo así como “la ilusión de lo que vendrá”. Creo que hoy podríamos hablar de una ‘vourfreude’ digital del viaje. Siempre ha existido ese estadio previo, pero nunca con la precisión, autonomía e inmediatez actual.

El turista del siglo XXI es capaz de simular sus itinerarios citadinos gracias a Google Maps, contrastar diez formas distintas de llegar a su destino o guiarse por los consejos y críticas de otros viajeros. El viajero es protagonista de su propia historia y conoce mejor sus derechos y deberes. Internet nos ofrece muchísimas experiencias vicarias. Hoy la experiencia viajera está ligada a la investigación y la comparación digital. El avión ya no es el medio de reservado a las élites como lo fue a mediados del siglo pasado.

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Sin embargo podemos conocer la experiencia de los vuelos en primera clase gracias a youtubers como Casey Neistat. Un artículo de Joseph Bien-Kahn en Wired describe cómo gracias a la realidad virtual nos aproximaremos a los vuelos antes de comprar, y acompañaremos a exploradores, astronautas y robots a lugares distantes e imposibles de alcanzar.

Durante muchos siglos el viaje fue una posibilidad reservada a unos cuantos y por eso su éxito ficcional. No había —salvo excepciones—lugar para los cruceros de placer o las expediciones científicas. Precisamente fueron los viajeros ilustrados los que inauguran un nuevo tipo de narrativa. Con la llegada de la revolución industrial el cambio fue radical. Luego, gracias a las grandes infraestructuras y los medios de transporte modernos el viaje se ha democratizado.

No muy lejos en el tiempo está la llamada tradición del Grand Tour que por el siglo XVIII y XIX alentaba a los jóvenes aristócratas a iniciar su vida mediante un viaje. Solo algunos de ellos pudieron permitirse publicar sus experiencias. Hoy muchos ‘millennials’ tienen la oportunidad de viajar y todos los que quieran pueden contarlas. Por ello el servicio ofrecido por las empresas está sometido a un continuo escrutinio de calidad. Hay una ligazón entre esta dinámica y la competitividad porque la cultura de la reclamación se incluye en la narración de una experiencia personal.

El ‘vourfreude’ digital del viaje abre una puerta a nuevas experiencias. El viajero cuenta su recorrido en múltiples formatos: en las redes sociales, mediante la escritura o la fotografía, de forma más o menos pública, comentando en las páginas de las agencias digitales o en sus propios blogs.

Es posible hablar incluso de un nuevo género literario alejado de la ficción que renueva la literatura de viajes. Allí el usuario describe o señala su itinerario para compartirlo con otros. No hay intención de ficción en sus páginas, se comparten los hechos y fenómenos, lo sentido y pensado en sus periplos. Grandes autores modernos como D.H Lawrence o John Steinbeck escribieron relatos de viajes. El teórico literario Luis Alburquerque da pautas sobre este nuevo género. Ejemplos de viajeros que han cultivado el relato de viaje son el británico Eric Newby, el norteamericano Paul Theroux o el español Javier Reverte. Y este tipo de narrativa influencia lo audiovisual y lo gráfico.

Hoy la realidad alcanza a la ciencia ficción con proyectos de vehículos futuristas: Hyperloop, el taxi auto dirigido, el autobús suspendido o el SpaceX Dragon. En preparación a lo que venga el desafío para las instituciones y empresas será apoyar al usuario, no solo como un cliente, sino como un posible narrador, para que pueda contar su viaje de mil maneras.

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