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Adam Zagajewski, el poeta sin patria que escribe para entender el mundo

Si hay algo de lo que entiende Adam Zagajewski es de fronteras, o de lo que no entiende; porque los límites de la ciudad donde nació y de la ciudad donde vivió son ahora otros. Fue, precisamente, de patrias desdibujadas de lo que más hablaron el poeta y ensayista polaco, permanente candidato al premio Nobel de Literatura, y Juan Manuel Bonet, director del Instituto Cervantes, en el diálogo que mantuvieron sobre la cultura europea en la Fundación BBVA, que conmemoró los 20 años de la revista Sibila.

Cultura, música y poesía se dieron cita en una celebración que convocó a una de las voces más relevantes de la literatura contemporánea. Zagajewski vino al mundo en Leópolis, que hoy es Ucrania pero antes fue Polonia. Allí residió solo sus cuatro primeros meses de vida. Huyendo del acoso soviético, su familia se mudó a la ciudad industrial Gliwice, primero alemana y después polaca. Durante mucho tiempo tuvo la sensación de no tener un lugar al que llamar hogar, porque sentía la honda pérdida de la ciudad donde nació y, aunque vuelve con frecuencia, la siente extraña.

«Me doy cuenta de la precariedad de mi posición: No vivo en ninguna parte», afirma el poeta en el ensayo Dos ciudades, escrito en 1995. El desarraigo y las ciudades que dejó atrás son el eje central de la prosa de Zagajewski, también marcada por los conflictos. Nació en los últimos momentos de la Segunda Guerra Mundial. Y, aunque no fue testigo directo de sus horrores, si sufrió sus consecuencias.

Adam Zagajewski recitando uno de sus poemas.

Alemania es una fuente de esperanza: un país que ha sabido reconciliarse con su pasado. Hoy puedo hablar con los alemanes -que saben que nací en 1945 y soy polaco- como amigos, no como adversarios”, dijo el poeta en su charla con Bonet.

Zagajewski también reflexionó sobre el arte y el trauma del Holocausto, cuando el director del Cervantes le preguntó si opinaba, como Theodor Adorno, que la poesía después de Auschwitz no era posible. “Si no escribiésemos poesía después del Holocausto sería como si Hitler hubiera vencido o darles la razón a los nazis. También creo que es muy difícil hablar de este tema, pero los poetas estamos para eso precisamente, para hablar de cosas difíciles. Ser poeta no es solo escribir sobre la primavera o estar enamorado. Escribimos para entender el mundo”.

“Si no escribiésemos poesía después del Holocausto sería como si Hitler hubiera vencido o darles la razón a los nazis

Las idas y venidas del autor polaco no terminaron en Gliwice. En 1963 se mudó a Cracovia y más tarde se exilió en París, en un momento en que el régimen comunista prohibió sus obras. Pero eso fue otra historia, porque su exilio tuvo más que ver con el amor que con la censura. “Yo emigré a París por una mujer, no pretendo ser un héroe. Eran los años 80 y en Polonia existía una ley marcial, mientras que París significaba lo contrario: libertad, dejar atrás un país gris y sometido. Eso sí, un país de gente culta a pesar de todo”, aclaró Zagajewski.

En París Zagajewski conoció la libertad, pero es Cracovia la ciudad que siente como propia, donde llegó por primera vez a estudiar a la universidad y quedó “fascinado”, no solo con su arquitectura de influencia alemana e italiana, sino también con su estilo de vida. Ahora, la define como “una ciudad renovada que conserva su esencia y autenticidad”.

La historia de Zagajewsaki es la historia de todos los lugares donde ha vivido: de nostalgia y desarraigo, de fronteras divididas, maletas y territorios anexionados. Una crónica que habla también de su ciudad ideal, que solo existe en su imaginación y que está “construida según los principios de los preludios de Chopin”.

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