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Análisis y opinión 05 jul 2018

La digitalización y sus valores

La digitalización es un proceso y un ambiente. En cuanto proceso transforma los contenidos analógicos. Por ejemplo convertir “El Quijote” impreso por el editor Juan de la Cuesta en 1604 en un “Quijote” digital. Las letras que eran dibujos, sellos o tipos se introducen en un ordenador mediante códigos numéricos. El resultado pudiera incluso imitar la tipografía original. Pero las letras que aparecen en la pantalla son en realidad dígitos que el computador transforma en imágenes.

No solo se pueden digitalizar las obras maestras de la literatura. También las cuentas de un banco, la información climatológica, las analíticas de los pacientes, las partituras, los textos, las películas, los edificios y toda la información concebible. El proceso de digitalización nos permite acceder de otra manera al mundo que nos rodea. Y esto va cambiando nuestras costumbres y hábitos.

La mayoría de las creaciones humanas se pueden representar digitalmente. La reproducción de un cuadro no tendrá la calidad del original, aunque ya somos capaces de ver las pinceladas en ciertas imágenes. Como en el proyecto Second Canvas Thyssen, o incluso imprimir una reproducción en tres dimensiones de un cuadro de Rembrandt. Todo lo que puede decodificarse puede digitalizarse. Gracias a este proceso algunos objetos podrán reproducirse y otros maquetarse. Solo en los casos en que desconocemos la estructura de los mismos la digitalización aportará solo fragmentos.

Esta revolución ha transformado nuestra manera de entender el universo. Lo digital se ha convertido en un ámbito de encuentro con el mundo y los demás seres humanos. Ha potenciado nuestros sentidos y los propulsa hacia nuevas fórmulas. Por ejemplo la incipiente conectividad de las redes neuronales y su interactuación con las máquinas. Sobre estas relaciones escribe Kevin Warwick de Coventry University en un artículo de OpenMind que habla sobre la cibernética y su relación con la neurociencia.

El término es complejo como señala Jason Bloomberg. Lo digital ha desarrollado un nuevo sentido de la palabra ontología, aquello que los antiguos filósofos relacionaban con la esencia de los objetos. El Museo del Prado describe su propia ontología digital en la web.

Pero esta revolución ¿conlleva ciertos principios? Ciertamente nos pide repensar la ética o las nuevas costumbres de convivencia virtual.

Sin querer ser exhaustivo, hay nuevos valores que se ponen de relieve en este mundo y que podría ser interesante mencionar.

  1. El acceso abierto a la información ha generado una cultura de la simplificación administrativa, la eliminación de las barreras y la transparencia. Esto genera un sentido común que se ha extendido al mundo académico, administrativo y empresarial. Más aún, ha servido para denunciar injusticias o unir esfuerzos por los más necesitados. El buen samaritano digital es consciente de ello.
  1. La economía colaborativa es un valor emparentado con el anterior. Quizás el ‘crowfunding’ sea su manifestación más conocida. Pero sus variantes son muchas: aconsejar sobre productos, opinar sobre lugares visitados, evaluar servicios, compartir medios. Las empresas aprenden constantemente de esta dimensión.
  1. En esa línea está la capacidad de desarrollar relaciones humanas mediante las plataformas digitales. Más allá de las aplicaciones para conocer personas, amigos o relacionarnos en los foros existe una simpatía digital. Los ‘millennials’ saben muy bien que se puede tener amigos, conocer personas y aprender de ellas gracias a esta revolución.
  1. Como en los sueños de los enciclopedistas, la digitalización permite el acceso a multitud de información. El autodidactismo cobra una nueva dimensión en el mundo de la información. Con sentido común y disciplina uno es capaz de aprender lo que nunca supusimos.
  1. Interactuar naturalmente con la IA será cada vez más común. Es conocer cómo funcionan nuestros dispositivos, aprender sobre ‘hardware’ y ‘software’ y distinguir los sistemas operativos. Así trabajamos con ella, solicitamos su ayuda o jugamos contra los cerebros artificiales. Como un grupo de humanos que compitieron hace poco contra varios tipos de algoritmos IA en el juego de estrategia Dota 2.
  1. Relacionarse con el mundo digital es estar conectado. No solo nos da la posibilidad de identificarnos mediante documentos digitales. Es mantener un contacto directo con aquellos que están lejos, trabajar desde cualquier lugar y organizar nuestro tiempo libre gracias a estas redes. Siempre a gusto del usuario.
  1. Y saber desconectarse. El reciente ‘Droit à la déconnexion aprobado por el gobierno francés está en esa línea. Aunque como opción libre dependerá de cada uno saber desconectarse cuando lo necesitemos. El derecho a la desconexión laboral puede traducirse en saber cuándo trabajar y cuándo no.
  1. La comunicación digital ha potenciado muchas habilidades. Desde saber escribir sintéticamente, incluir ‘emojis’ y diseños en nuestro discurso o abrir un canal de Youtube. Todo esto tiene que ver con saber cómo contar las cosas, ser claros y tener competencias comunicativas.
  1. Debido esta hiperconexión hemos aprendido a ser precavidos. Por un lado, a saber cuáles son los límites de lo público y lo privado; por otro, a detectar ciertos peligros de esta nueva república: el acoso, el cibercrimen o las noticias falsas. Es como aprender acerca de los barrios más y menos seguros.
  • Hay un nuevo gusto digital que tiene que ver con la posibilidad de acceder a numerosos estilos y modelos, como si la estética se reconfigurara mediante las posibilidades tecnológicas. Esto permite a algunos artistas experimentar con multitud de formas, efectos, variantes y colores. Y a los demás, dejar salir al fotógrafo, el diseñador o el crítico que llevamos dentro.

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