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DeSpelta, la empresa que apostó por trigos centenarios y la agricultura artesanal y ecológica

Despelta, la empresa que apostó por trigos centenarios y la agricultura artesanal y ecológica

La trayectoria de La Espelta y la Sal (deSpelta) está repleta de solidaridad y de pasión por el entorno. Para dedicarse a servir los mejores y más antiguos trigos a la alta cocina española, los responsables de esta empresa de agricultura artesanal apostaron por cultivos experimentales y ecológicos.

Resulta difícil encontrar personas que transmitan tanta pasión por la vida como Carlos Moreno. Desprende energía por todos los poros, optimismo a raudales, ganas de vivir, de ayudar, de disfrutar, de experimentar con su trabajo, de crear.

Con 50 años su trayectoria vital y profesional es tan larga, y tan nutrida de experiencias, que resulta difícil contarla en pinceladas. Seguntino de pura cepa, vive por y para su tierra, para verla crecer, prosperar. Y lo hace partiendo de las tradiciones más ancestrales, aquellas que dan personalidad propia a un territorio.

Carlos es uno de los socios de La Espelta y La Sal, una empresa de agricultura artesanal ubicada en la localidad de Palazuelos (muy cerca de Sigüenza), un bello pueblo amurallado y con un castillo desde donde se ve la vega donde Carlos y su socio Paco cultivan trigos antiguos.

Aquí convive la explotación agrícola ecológica junto con la trasformadora, donde se producen harinas de espelta y otras variedades. Aprovechar adecuadamente los recursos naturales de la zona es el objetivo final de la empresa. Siempre han visto en ello una vía de desarrollo sostenible y también necesaria. Hace años decidieron abordar el cultivo experimental y ecológico de la espelta y trajeron a España 500 kilos de grano procedente de Alemania. El principal objetivo era buscar alternativas a los cultivos convencionales trabajando con trigos antiguos, incluso casi desaparecidos, pero también explorar nuevos caminos, nuevas formas de colaboración que les permitieran fijar riqueza en el entorno. Su desempeño e involucración le han valido el reconocimiento por parte BBVA como uno de los mejores productores sostenibles de España.

Carlos Moreno es uno de los socios de Despelta, una empresa de agricultura artesanal.

Nada es ilimitado

Carlos Moreno tiene clara su filosofía de vida y la de la empresa: “Lo importante es tener conciencia de que las cosas, todas ellas, no son ilimitadas y eso es lo que te hace tener los pies en el suelo. Y teniendo esto muy presente, el siguiente paso es producir algo que tenga un fuerte impacto social. Mi territorio es Sigüenza, estoy muy vinculado a él, a sus pedanías, a sus gentes”.

Todo lo ha hecho en su vida con pasión y emoción y tal vez por ello hoy se siente tan orgulloso de servir su producto a las mejores tiendas y restaurantes de España. Les ha logrado transmitir su entusiasmo. Y lo hace con su forma de ser campechana, cercana, de hombre de pueblo, pero con un gran bagaje como economista y gestor en muchas empresas.

Hoy, como él bromea, se dedica a atar sacos de harina. Pero ha sido muchas cosas. “Siempre me ha gustado la micropolítica, intentar cambiar mi entorno más cercano. Antes de llegar a esta empresa había desarrollado mi actividad profesional en torno a la producción de servicios, pero el reto de producir yo mismo era muy tentador. Había gestionado jardinería, centros de menores, residencias de mayores, centros de día, centros de mujeres… Todo muy especializado en el trato hacia las personas. La cooperación al desarrollo me llevó a conocer a María, mi mujer”. María Alventosa fue finalista del Premio Príncipe de Asturias a la concordia.

Con su esposa puso en marcha un banco de juguetes usados en España para llevar a países de Centroamérica. “Ella siempre tuvo muy claro que los aviones estaban llenos de huecos vacíos que se podían llenar de solidaridad y en 2003 pusimos todas las energías en ello”.

Carlos y su socio Paco cultivan trigos antiguos

Carlos y su socio Paco Juberías cultivan trigos antiguos en Palazuelos, cerca de Sigüenza. - BBVA

A esas alturas de la vida, Carlos ya había hecho también un voluntariado en Proyecto Hombre y había conocido también muy de cerca decenas de historias de refugiados de Kosovo que habían llegado a Guadalajara. Fue incluso director de la Ciudad del Tiempo Libre, lugares de descanso pensados para que las personas trabajadoras y sus familias puedan tener un lugar de vacaciones de calidad a precios económicos.

Una vida dedicada al trabajo solidario

La escucha y la empatía siempre han estado muy presentes en su vida, así que sabía que tenía que dedicar su tiempo a ello. Fue en 2010 cuando precisamente su pasión por ayudar y su experiencia con el trabajo solidario y de cooperación le llevaron a estrechar todavía más su relación con Paco Juberías, su socio hoy en La Espelta y La Sal. “Nos conocíamos de toda la vida. Él era agricultor y yo no. Pero las circunstancias nos llevaron a ser vecinos, además de amigos. También conocía a sus hijos, Carlitos entre ellos. Tenía 17 años y una forma de ver la vida muy acelerada y quise ayudarle. Yo venía de intentar construir un futuro a muchos jóvenes y sabía que creando responsabilidad se genera responsabilidad. Empecé a trabajar con Paco y a ayudar a Carlitos y también a Jacinto, otro joven con un alto grado de discapacidad”.

De nuevo la pasión y la emoción hicieron del trabajo en la empresa un reto personal para ayudar a estas dos personas. Hoy aquel Carlitos tiene 29 años, es uno de los mejores molineros a la piedra de España y vive con su pareja. “Hicimos que un joven con dificultades graves, tal vez propias de la edad que tenía entonces, formara parte de la sociedad. La motivación de Paco era su hijo, pero es que para mí él no era algo ajeno a mi vida. Y fue así como desde la adversidad encontré una oportunidad”.

Y entonces, Paco y Carlos empezaron a contar un relato a través de La Espelta y la Sal. Un relato cargado de tradición y de amor por la naturaleza con un nudo que se está desarrollando ahora y un desenlace que aún está por llegar, quién sabe si dentro de muchos años. “Empezamos a definir el modelo de negocio de trigos ancestrales, de recuperación de la tradición. Empezamos a contactar con panaderos de prestigio. Justo en ese momento había un movimiento muy potente en torno al pan. De forma muy ordenada y poco a poco dejé el trabajo que tenía entonces como director general de la Fundación Internacional O´belen para integrarme definitivamente en La Espelta y la Sal. Compramos unos molinos de piedra en Alemania. Esos molinos respetan todo lo posible las condiciones orgánicas del grano. Porque la calidad es nuestra razón de ser, pero vinculada siempre a una conservación de la biodiversidad a través de los trigos antiguos”, insiste Carlos.

“La sostenibilidad trata de eso, de sostener los recursos escasos y de hacerlo por tu tierra”. Así concluye Carlos Moreno el relato de su vida, una trayectoria donde la pasión por la innovación, la tenacidad y el amor por los demás han marcado cada una de sus paradas por un camino repleto de subidas y bajadas cargadas de experiencias. ¿Será este el final de su camino? De momento, en esta ruta ha encontrado la paz interior.