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Análisis económico Act. 13 may 2018

Las desmesuras signaron pasado y presente; el futuro está abierto

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El autor de este artículo (en varias oportunidades vicepresidente del Banco Central) encaró junto al reconocido economista Juan José Llach, hace unos tres años, un libro titulado ‘El país de las desmesuras’ (editorial Ateneo), en el que advertían que si la Argentina no logra revertir su tendencia a los excesos y su apego a soluciones mágicas que violentan el sistema republicano y federal, será difícil evitar volver al ciclo de caídas recurrentes.

La Argentina es un estado soberano desplegado sobre un territorio de 2,8 millones de kilómetros cuadrados. En 2016 sus 43,8 millones de habitantes generaron ingresos valuados en ocho billones de pesos, que expresados en dólares a la tasa de promedio de cambio en el mercado (Arg$15 por dólar) equivalían a 530.000 millones de dólares.

Si en vez de emplear el tipo de cambio de mercado se usa la paridad que igualaba el poder de compra del peso y del dólar en 2016 (Arg$9 por dólar), los mismos ocho billones de pesos equivaldrían a 883.000 millones de dólares, o sea algo más de 20.000 dólares per cápita.

Este valor per cápita significa que, en 2016, el argentino promedio disfrutaba de un nivel de vida próximo al 35% del de un ciudadano de los EE. UU. (con 55.000 dólares per cápita), cifra bien menor al ingreso per cápita del 75% del norteamericano que se registró, por ejemplo, en los años 1905, 1912 o 1934, o del 67% que fue el promedio que registraba el primer tercio del siglo XX.

Mientras la legislación laboral, el proteccionismo residual, el exceso de gasto público y el sistema tributario distorsionante no sean atacados, la economía argentina seguirá siendo poco productiva y poco competitiva»

Aunque muchos autores han atribuido o atribuyen este descalabro a cuestiones estructurales y/o a variados shocks externos, un riguroso empleo de la econometría ha demostrado de manera contundente que se debió exclusivamente a la desmesura con la cual —tras la crisis de 1930 y sobre todo, tras la Segunda Guerra Mundial— la Argentina aplicó recetas sociales proteccionistas y políticas fiscales y monetarias heterodoxas.

Las fases de mayor retraso relativo se sucedieron en los 57 años transcurridos entre 1935 y 1990 —con una notable pausa entre 1964 y 1974—, años que coinciden con el ejercicio más grosero de políticas aduaneras y cambiarias anti exportadoras y de desequilibrios fiscales financiados con emisión inflacionaria de dinero.

La crisis hiperinflacionaria de 1989-90 dio lugar a un gobierno que introdujo importantes reformas en la economía, en particular en materias de desregulación, privatizaciones y apertura comercial externa.

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"Claves del retraso y del progreso de la Argentina" - Martín Lagos, Juan José Llave y otros

La política fiscal, sin embargo, no fue lo suficientemente prudente, llevando el endeudamiento público a un nivel que generó desconfianza en los mercados.

Cuando hacia fines de 2001 dicha situación se combinó con muy bajos términos del intercambio externo y un gobierno políticamente débil, la situación hizo crisis.

El boom de las materias primas que signó los primeros años del siglo XXI y las inversiones realizadas en los años 90 ayudaron a que la economía se recuperara y creciera. Pero a partir de 2008, el proteccionismo, el estatismo y el crecimiento del gasto público con financiamiento inflacionario volvieron a caracterizar a la política económica argentina, dando como resultado un nuevo ciclo de ineficiencia y estancamiento general iniciado en 2012.A fines de aquel año, en medio de una fuerte salida de capitales y una profunda recesión, se produjo la caída del gobierno, seguida de una enorme depreciación de la moneda nacional, la ruptura de muchos contratos en moneda extranjera y el ‘default’ de la deuda pública.

El gobierno inaugurado en diciembre de 2015 tomó rápida acción en algunos campos importantes como la unificación y liberación del mercado de cambios, la resolución de los conflictos remanentes del ‘default’ de 2001, la independencia del Banco Central para llevar adelante una política monetaria anti inflacionaria, el reajuste de los precios de energía y electricidad.

El futuro no depende tanto o sólo de las ideas o de la voluntad del gobierno actual, sino de si, como coalición política, es capaz de vencer resistencias y de vencer argumentos larga y profundamente enraizados en la sociedad»

En otras áreas, como la reducción del gasto público y el déficit fiscal y la disminución del proteccionismo aduanero, el gobierno viene recorriendo un sendero mucho más gradual.

Si bien ya en el año que corre la economía está dando señales positivas (el PIB podría crecer cerca del 3%), hay coincidencia (tanto dentro del gobierno como en la opinión independiente) en que, mientras la legislación laboral, el proteccionismo residual, el exceso de gasto público y el sistema tributario distorsionante no sean atacados, la Argentina seguirá siendo una economía poco productiva y poco competitiva a escala internacional, amenazada de sufrir crisis cíclicas e incapaz de crecer de manera sostenida para achicar la brecha de ingresos que le llevan las economías más avanzadas. Semejante crecimiento sostenido debería alcanzar a no menos del 4% anual, al menos durante una década, para una población que crece aproximadamente 1% por año.

Las reformas deben tender a hacer crecer el ahorro y la inversión —actualmente en niveles próximos al 15%-17% del PIB—hasta el 22% o 23% del PIB, a reducir la dependencia del ahorro externo en términos netos y a impulsar el crecimiento de la productividad laboral, que en la actualidad es una de las más bajas de la región.

Es importante señalar:

  1. Que aunque en las elecciones del 22 de octubre de 2017 la coalición de gobierno (PRO, Unión Cívica Radical y Coalición Cívica) aumentó su poder, no tiene todavía mayorías parlamentarias.
  2. Que hay sectores importantes de la sociedad que resisten y resistirán abierta o veladamente las reformas que se reclaman en materias de legislación del trabajo, gasto público, impuestos y aduanas. Veladamente se opondrán los sectores que a lo largo de tantas décadas se han beneficiado del esquema de economía cerrada. Abiertamente lo harán los que defienden estas políticas desde sus ideologías (el peronismo, las izquierdas) o como un precio que se debe pagar por el mantenimiento de cierta paz social (la Iglesia), aunque los resultados sean malos, o incluso injustos, como lo demuestra una pobreza que actualmente alcanza a más de un cuarto de la población.

A mediano plazo, por lo tanto, el futuro de la Argentina no dependerá tanto o sólo de las ideas o de la voluntad del gobierno actual, sino de si, como coalición política, es capaz de vencer resistencias y de vencer argumentos larga y profundamente enraizados en la sociedad.

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