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Análisis y opinión 08 ago 2018

La importancia de los laboratorios de ética digital en las empresas

Los laboratorios de ética digital son ya una realidad en instituciones académicas con visión de futuro. El Digital Ethics Lab de la Universidad de Oxford asume de alguna manera esta responsabilidad. Entre los valores que señalan está la apertura, la pluralidad, la tolerancia, la equidad y la justicia. El Center for Digital Ethics de la Universidad de Loyola en Chicago promueve el diálogo y la investigación para comprender los hábitos en ambientes digitales.

No es superfluo intentar actualizar el pensamiento de los filósofos clásicos. Las aplicaciones legales de sus reflexiones han sido reales y prácticas. En el pasado y en otros ámbitos lo han demostrado autores como John Rawls, Robert Nozick o Martha Nussbaum. El desafío es pensarlos hoy desde el mundo digital.

Los negocios digitales tendrán que procesar conflictos y disrupciones como señala Rob van der Meulen en un artículo de hace unos meses. Algunos de los dilemas ya conocidos son la privacidad, la desconexión laboral o el teletrabajo. Otros provienen del uso del ‘machine learning’ (ML) y la inteligencia artificial (IA).

Estos procesos modifican constantemente la experiencia del cliente, la automatización y los procesos de negocios. Esto trae consigo la creación de nuevos puestos de trabajo, la desaparición de otros y una transformación de las organizaciones. En todo ello hay definiciones de fondo: los nuevos modelos de trabajo, el uso del tiempo, los derechos laborales o las diferencias entre lo público y lo privado.

Un laboratorio de ética digital no es un conjunto de sabios que disquisicionan sobre cuestiones desconocidas

Conformar comités que reseñen éticamente los proyectos de negocio digital evitará errores y permitirá a las empresas ser más ágiles. Un laboratorio de ética digital no es un conjunto de sabios que disquisicionan sobre cuestiones desconocidas. Pueden estar conformados de manera transversal, con personas que trabajen en diversas áreas de la organización.

De esta forma sus integrantes aportan una visión global, ‘in situ’, que permite explorar procesos adecuados ante los cambios y problemas. Son también espacios de entrenamiento y aprendizaje sobre las posibilidades de los nuevos espacios de negocio e intercambio. También es interesante integrar a especialistas en ética, abogados expertos en nuevas tecnologías, comunicadores digitales, pero siempre en un diálogo que parte desde la dinámica propia de la organización.

Vayamos por detrás o por delante del futuro no hemos de renunciar a enfrentar sus dilemas. Siempre con una intención práctica —guiados por la ética profesional— es necesario hacerse preguntas y responderlas. No solo sobre cuestiones complejas como la responsabilidad de la IA en el diagnóstico de enfermedades. También sobre la injerencia del ámbito digital en nuestros proyectos empresariales, sus posibilidades, revoluciones y complejidades. De ello dependen el éxito de estas transformaciones. Es lo que propuso Immanuel Kant en aquel famoso artículo ¿Qué es la Ilustración?

La cantidad de información disponible, su manejo, la digitalización de las comunicaciones, de la educación, de los deportes o de la banca generan no solo procesos sino un nuevo ámbito personal y social. Hay modelos de relaciones humanas que generan interacciones y colectivos digitales. También se reorganizan los protocolos de educación y conocimiento. Los seres humanos somos los mismos pero en un mundo nuevo y antiguo a la vez. Hay valores que son fundamentales para conjugar el mundo físico y el digital. Saber reconocerlos, definirlos y ponerlos en práctica es el gran desafío.

Un laboratorio de ética digital atiende información usual: “nuestros clientes opinan sobre estos procesos”, “aquél proveedor nos pide más datos sobre su atención al cliente”, “los indicadores señalan este número de uso de nuestra intranet”. Pero la perspectiva moral será clave para interpretarlos. Por ejemplo, ¿estamos usando los datos sobre nuestros trabajadores adecuadamente? Esta es una pregunta que propone Kon Leong en un artículo publicado en Harvard Business Review.

Una de las primeras cuestiones a determinar y descubrir es el conjunto de valores que define a nuestra empresa. En base a ellos podremos también encontrar los caminos que queremos recorrer. Saber si elegimos proyectos colaborativos, solidarios o abiertos. Si optamos por el minimalismo o la asunción de funcionalidades. Pero sobre todo encontrar inspiración en ellos y que aporten creatividad. Hace poco, por ejemplo, BBVA celebró su primer “Values Day”.

Los escenarios y sus determinaciones son fundamentales. Un área de ética digital en la organización permite seguir definiéndose y hacer frente a los retos. Por ejemplo el entrenamiento en ciberseguridad para sus empleados, pero con una perspectiva más amplia que la prevención. Por eso es muy importante la transversalidad de estos trabajos, y que sean compartidos. A partir de ellos se pueden generar herramientas para evaluar muchas ideas como sugiere Julia Jessen. Los laboratorios de ética deben sugerir y recomendar aunque las decisiones serán siempre un asunto del directorio.

Así no es complicado prepararse para el futuro, evitar obstáculos o encontrar nichos de trabajo tan productivos como novedosos.

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