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Redescubriendo a Murillo en su cuarto centenario

Han pasado cuatrocientos años del nacimiento de Murillo, mundialmente conocido por sus escenas religiosas. No obstante, su obra también se acerca a lo popular con una mirada profana a la sociedad española que le tocó vivir. Gran ilusionista del pincel, supo romper con la tradición anterior y valerse de los recursos expresivos para pintar su propio retrato ante la historia.

Bartolomé Esteban Murillo es la estrella barroca del arte sevillano, un genio del uso del color y de la luz. Sus cuadros han pasado a la posteridad por sus visiones de la Inmaculada Concepción y sus representaciones de santos de mirada compasiva, de las que la Colección BBVA dispone de dos ejemplares, ‘San José con el Niño’ y ‘Martirio de San Pedro de Arbués’.

Sin embargo, Murillo es más que un artista eclesiástico. En sus cuadros también reflejó escenas comunes con personajes populares, niños de la calle e incluso mendigos. Pinturas costumbristas que fueron más valoradas por los comerciantes del norte de Europa, que apreciaban el elogio a lo cotidiano, que por sus compatriotas.

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San José con el Niño, Bartolomé Esteban Murillo - Colección BBVA

Pintor de su propia imagen

Coincidiendo con el Año Murillo, el profesor Benito Navarrete ha publicado ‘Murillo y las metáforas de la imagen’, un estudio que trata de descubrir lo que hay detrás del personaje que el propio pintor construyó al crear una pintura serena y apacible que pretendía ser reflejo de su propio carácter. “Murillo fue el responsable de su fama y un experto en el control no sólo de su imagen como artista sino también de la falsificación de esa imagen”, defiende el historiador.

Murillo pintó sus obras en un contexto de pesimismo y decadencia. La España del siglo XVII vivía en un contraste de esplendor cultural y crisis económica en el que el sevillano logra recrear la esperanza. Los cuadros con personajes sonrientes, mujeres bellas y niños sanos transmitían alivio e ilusión cuando eran contempladas.

Navarrete asegura que Murillo se valía de su arte para construir una convincente representación tanto de sí mismo como de lo que le rodeaba. Una pintura de valores dulces y amables en las que prima el equilibrio compositivo y donde los modelos nunca están conmovidos por sentimientos extremos.

La situación de pobreza general no mitigó el número de encargos al pintor que a partir de 1665 comenzó su periodo más fecundo. ‘La Grande’ para la Iglesia de los franciscanos, los lienzos para Santa María la Blanca, los retablos y las capillas laterales de la Iglesia de los Capuchinos de Sevilla o las pinturas de la sala capitular de la catedral sevillana son algunas de las obras más importantes que lleva a cabo durante esta época.

Esta nueva visión de Murillo presenta a un pintor astuto que supo ver una oportunidad tanto en el momento como en el lugar para conseguir dominar, con la belleza sus lienzos, el mercado del arte europeo.

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