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Comercio justo: ¿Qué es y cómo puede ayudar al mundo?

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Sus defensores parten de una premisa básica: el comercio justo como movimiento no debería existir en la medida en que todo el comercio debiera serlo. Es decir, que garantizase un reparto equitativo entre todos los actores de la cadena de producción, respetase los derechos de los trabajadores y pequeños productores y redujese todo lo posible su impacto ambiental.

Preguntarse antes de comprar un producto si es caro o barato es lo normal, no tanto si su precio es justo. La economía globalizada facilita que una camisa confeccionada en Bangladés o un café cultivado en Colombia o Brasil lleguen rápidamente a un armario o una despensa al otro lado del mundo. Pero ese precio final no se distribuye con la misma eficacia en cuanto a equidad y los productores originales. El algodonero bangladesí o el cafetero colombiano o brasileño reciben una parte que puede ser escasa respecto al valor de su trabajo. Lograr esa distribución más equilibrada es lo que promueve el movimiento del comercio justo o comercio ético.

Partiendo de esa premisa, la World Fair Trade Organization (WFTO) lo define como “una alianza comercial, basada en el diálogo, la transparencia y el respeto, que busca una mayor equidad en el comercio internacional. Contribuye al desarrollo sostenible al ofrecer mejores condiciones comerciales y asegurar los derechos de los productores y trabajadores marginados, especialmente en el Sur”.

“Que exista el comercio justo no quiere decir que todo lo que no encaje en este concepto sea injusto. Pero sí que hay injusticias en la cadena de valor, algunas flagrantes, otras con formas más sutiles”, aclara Juanjo Martínez, responsable de Comercio Justo de OXFAM Intermón y presidente de Comercio Justo en Europa.

Crecimiento desigual pero acelerado

Nacido en la década de 1960, el movimiento despegó a principios del siglo XXI. Entre 1998 y 2004, el volumen de ventas certificadas pasó de 28.902 a 125.595 toneladas métricas, según un estudio de 2007. En 2020, los consumidores adquirieron artículos etiquetados bajo ese criterio por valor de 12.000 millones de euros en el mundo y solo en Estados Unidos la venta se incrementó un 30% en 2018. En Suiza, la mitad de los plátanos consumidos proceden de este tipo de comercio más solidario.

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Las organizaciones de productores de América Latina y el Caribe representan aproximadamente la mitad de todas las certificadas de comercio justo en el planeta, según la organización Fair Trade International. Más del 80% de los ingresos del sector son generados por el café, el azúcar y los dulces, mientras que el sector textil tiene una representación global mucho menor.

Qué frena su expansión global

Son diversos los factores contrarios a que el comercio justo tenga una expansión mucho más amplia. “En muchos casos la producción, la transformación y la comercialización de productos no respetan los derechos humanos, por ejemplo los cultivos de cacao en Costa de Marfil y Ghana que explotan mano de obra infantil, lugares donde el precio del café no permite a los pequeños campesinos sobrevivir o países donde la producción de algunos productos implica altos niveles de contaminación… También se dan injusticias fiscales: en Uganda tuvieron que poner un impuesto a la exportación del café porque era la única manera de recaudar algo…”, dice Juanjo Martínez.

El aumento de ingresos y la mejora de sus condiciones laborales no son las únicas ventajas para el pequeño productor en este modelo alternativo. También puede ganar estabilidad, acceder más fácilmente al crédito y mejorar sus inversiones productivas, según el documento Los impactos del comercio justo en el Sur.

Aspirar a que sustituya por completo al sistema tradicional se antoja utópico. Pero aun con una escala modesta ya ha forzado algunas mejoras en las prácticas comerciales. “Algunas empresas no realizan comercio justo, pero hacen las cosas mejor que hace diez o veinte años. Las grandes compañías se dan cuenta de que a un porcentaje creciente de consumidores les preocupa y la competencia hace camino en este sentido”, señala el portavoz de OXFAM Intermón.

Beneficio para el planeta

Las transacciones equitativas son también más sostenibles. “La mayor parte de productos de comercio justo están certificados como ecológicos, con lo cual su cultivo nos beneficia a todos. La transformación y el transporte intentamos que sean lo más neutros posibles en términos de emisiones de CO2. En OXFAM Intermón tenemos el compromiso de que en 2025 toda la actividad de comercio justo sea neutra en carbono. Por ejemplo, en Paraguay las plantaciones de caña de azúcar están aumentando la masa verde y la absorción de CO2”, apunta Martínez.

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En este sentido, un dossier de 2017 centrado en el mercado latinoamericano considera que “el comercio justo es uno de los movimientos globales que construyen, desde abajo, relaciones económicas internacionales solidarias y más sostenibles. Se centra en los seres humanos, pero también en la sostenibilidad social, ambiental, económica e intergeneracional”.

Como señala Juanjo Martínez, “también beneficia a los consumidores, en primer lugar porque saben lo que consumen, cuál es el país de origen de cada uno de los ingredientes de un producto. Esa trazabilidad genera mucha confianza. En segundo lugar, porque un comercio más justo hace más equilibrado todo el sistema económico. Cuanto más justas sean las reglas, mejor haremos la economía”.

Sensibilización social

La percepción del comercio justo es desigual. En Estados Unidos, el 95% de la población sabe de su existencia. El gasto medio en Europa es de 15,26 euros por persona y año: los irlandeses son quienes más invierten, 57,58 euros, y España ocupa el último lugar de la lista con solo 0,93 euros por persona. Por eso el mayor desafío al que se enfrenta el movimiento es incrementar la sensibilización social. A menudo, la creencia de que los artículos de comercio justo son más caros disuade al comprador: “El planteamiento que debe hacerse es, de acuerdo, este otro café sale más barato, ¿pero a costa de quién?”, sugiere Martínez.

Uno de los principales obstáculos sigue siendo el limitado acceso a los mercados. Otro, la escasa implicación de las administraciones públicas como clientes e incorporando criterios sociales y medioambientales en la adjudicación de contratos. Por último, que el comercio justo tenga una mayor presencia en la agenda política con iniciativas como la de la ciudad británica de Garstang en 2002: tras ejecutar varias acciones de apoyo a esta práctica, sus gobernantes la proclamaron primera Ciudad de Comercio Justo del Mundo.

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