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¿Qué es el desarrollo sostenible? Del concepto a los objetivos

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A comienzos de los años setenta se hablaba sobre la insostenibilidad del modelo de crecimiento. En la década siguiente irrumpe el Informe Brundtland, la primera gran sacudida a la conciencia mundial sobre el desarrollo sostenible. Desde entonces avanza el concepto, aunque sometido a diferentes usos, interpretaciones y enfoques que a veces lo desdibujan. Lo importante es que su aplicación práctica avanza.

La doctora Gro Harlem Brundtland no es demasiado conocida por el público general aunque su apellido dio nombre al informe que usó por primera vez el concepto ‘desarrollo sostenible’, quizás uno de los más expuestos de los últimos años. Sucedió a finales de los ochenta del pasado siglo, siendo primera ministra de Noruega y cabeza de una comisión internacional con el encargo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) de replantear las políticas de desarrollo económico y su cada vez más difícil convivencia con el medioambiente.

Así, el Informe Brundtland, firmado en Oslo el 20 de marzo de 1987 y titulado originalmente ‘Nuestro futuro común’, definía el desarrollo sostenible como “aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias”.

Según Antonio Gómez Sal, doctor en biología y catedrático de Ecología en el departamento de Ciencias de la Vida de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid), el texto proponía un cambio en la visión del desarrollo que hasta entonces se manejaba, según la cual éste debería basarse en los recursos propios de cada país o contexto.

Del concepto a los objetivos

El Principio 3º de la Declaración de Río sobre el Medioambiente y el Desarrollo (1992) asumió la definición del Informe Brundtland. Por su parte, la Conferencia Mundial sobre Desarrollo Sostenible de Johannesburgo, 10 años después, reafirmó el término como eje clave de la agenda internacional. El 25 de septiembre de 2015, durante la 70º Asamblea General de la ONU en Nueva York, 193 jefes de Estado y de Gobierno firmaron la Agenda 2030, con 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y 169 metas económicas, sociales y medioambientales, que será la hoja de ruta del desarrollo esta década, además de una estrategia clave para luchar contra el calentamiento global.

No obstante, y quizá por tratarse de un objetivo tan extenso, que literalmente emplaza a todo un planeta, el término de desarrollo sostenible ha adquirido suficiente ambigüedad como para poder significar cosas distintas. «Parece cambiar de forma y significado según el contexto y la persona que lo utilice, ya que detrás de su objetivo principal pueden ocultarse diversas visiones e intereses», explica Jeniffer Paola Gracia-Rojas, profesora de la Universidad Cooperativa de Colombia, en su documento docente ‘Desarrollo Sostenible: origen, evolución y enfoques’.

Esa variedad de matices y significados se refleja claramente en las bibliografías sobre sostenibilidad, con focos que pueden priorizar más el crecimiento económico o bien la preservación de la biodiversidad.

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Desarrollo humano

La definición de Celina Álvarez, fundadora de la consultoría Sostenible XXI, que a diario brega con el concepto en su aplicación empresarial, se asemeja a la de Carlos Ballesteros (profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales —ICADE— de la Universidad Pontificia Comillas y director de su cátedra de Impacto Social): ese modelo de desarrollo tiene en cuenta los resultados no solo económicos sino ambientales y sociales, y debe cumplir no solo esos criterios ambientales y sociales, también de gobernanza (los ESG, en sus siglas en inglés).

Ballesteros, para quien el término está “muy gastado» por un uso tan frecuente y diverso (lo mismo aparece en publicidad que en sesudos informes científicos), se refiere a una economía en crecimiento que hace equilibrios para no perjudicar demasiado al medioambiente y a la vez tiene en cuenta a las personas, es decir, al desarrollo humano.

En ese accidentado camino de significados, Gracia-Rojas rastrea el origen del propio concepto de desarrollo, gestado a mitad del pasado siglo, y su relación con el medio ambiente. Recuerda hitos como el Informe Meadow, que, bajo el título ‘Los límites del crecimiento’, ya en 1972 alertaba de que el modelo de desarrollo imperante «llevaba inevitablemente a un colapso que debería producirse antes de un siglo, provocado principalmente por el agotamiento de los recursos naturales».

O la Segunda Estrategia Mundial para la Conservación, ‘Cuidar la Tierra’, de 1991, de la que surgió una nueva definición: «La mejora en la calidad de vida humana sin rebasar la capacidad de carga de los ecosistemas que la sustentan, estableciendo nueve principios que permiten crear una sociedad sostenible”.

Débil, fuerte o súper fuerte

El concepto de desarrollo sostenible surgió «dentro de un esquema de neoliberalismo económico», recuerda Gómez Sal, que también fue impulsor y presidente del comité científico del Observatorio de la Sostenibilidad en España, en funcionamiento entre 2004 y 2012.

Esto es en un contexto en el que los países desarrollados habían tomado conciencia de que un crecimiento no controlado afectaría a «las bases físicas que sustentaban los recursos que necesitaban», añade. De ahí que Brundtland escribiese en el prólogo de su informe: «Lo que ahora necesitamos es una nueva era de crecimiento económico, vigoroso y, al mismo tiempo, social y ambientalmente sostenible».

Según Gómez Sal, la posibilidad de abrir paso a un potente crecimiento económico dio lugar a que posteriormente se diferenciase entre desarrollo sostenible débil, que pone ciertos límites (aunque «a veces se trata de un mero maquillaje ambiental») pero en el que la economía convencional sigue mandando, y una línea más exigente, el desarrollo sostenible fuerte o incluso súper-fuerte, centrado en mantener la base física y natural que sustenta los recursos.

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«Diría que más del 90% del uso del término se refiere a una sostenibilidad débil, solo económica, muy de cuadrar cuentas, poco exigente en cuanto a la asignación de valor a los cada vez más escasos activos naturales que van quedando», matiza el experto.

Entender de verdad los procesos ecológicos

Para avanzar hacia la sostenibilidad fuerte, que también se puede llamar ecosocial, primero habría que ponerse de acuerdo sobre qué conservar. «No me refiero a una visión idealizada de la naturaleza, las especies o los espacios protegidos, sino de la naturaleza en convivencia con el ser humano», aclara Gómez Sal. Lo cual incluye “atender al buen funcionamiento, a distintas escalas, de una serie de procesos ecológicos básicos relacionados con el agua, el suelo, el sistema climático o la biodiversidad, entre otros”.

El catedrático no comparte, por considerarlo «un tópico de escasa utilidad», el paradigma de los tres pilares equilibrados (económico, social y ecológico) que propone el Informe Brundtland, e introduce la variable del sistema de producción, de gestión, de gobernanza (el «cómo hacer las cosas»), que no figuraba en dicho informe.

En definitiva, Gómez Sal coincide con la visión de desarrollo sostenible como un engranaje en el que este sistema de producción ocuparía una posición intermedia entre la economía y la base natural y social de la que dependen los recursos, con sus diferentes matices culturales y reconociendo la importancia de la dimensión ética. «Ahí ha de estar la política, para embridar la economía», dice señalando el papel clave que podrían jugar la estrategia social y ambiental de corporaciones, bancos e industrias.

El papel clave de las empresas

En ese sentido, ¿avanza la aplicación práctica del desarrollo sostenible en la actividad corporativa? La Unión Europea es pionera en políticas de sostenibilidad. California prepara las suyas. Y todo apunta a que el ejemplo irá cundiendo en el resto de regiones. «Las normativas guían, y las leyes van provocando el cambio, haciendo que las compañías se vayan incorporando cada vez más a la sostenibilidad», tercia Álvarez. Las grandes y también, cada vez más, las medianas y pequeñas.

La sostenibilidad “es un concepto va calando», añade Ballesteros. «Los ODS pueden parecer naíf, idealistas, vagos o poco concisos, pero han dado a la humanidad una agenda común que seguir», subraya.

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Balance entre necesidad y recursos

Nomenclaturas aparte, «la gran cuestión sigue estando pendiente: cómo ajustar los usos humanos a la capacidad de la naturaleza, o si se prefiere, la Tierra, y sus ecosistemas concretos para sustentarlos», escribía Gómez Sal en ‘Veinte años desde Brundtland, Razones para una ciencia de la sostenibilidad’, un texto publicado en 2009 en la revista ‘Ambienta’. econo

Si la pregunta es qué procesos naturales básicos es necesario mantener con cierto nivel de integridad para sustentar la sociedad humana y sus expectativas de desarrollo, y si las respuestas a esa pregunta deben ser la referencia para el desarrollo, entonces es a ellas a las que deberían ajustarse tanto la actividad humana como los sistemas de producción y la economía.

Gómez Sal señala un punto básico en el que también se tendrían que poner de acuerdo los diferentes actores del desarrollo sostenible, y las sociedades en general: «Si queremos una economía instrumental, al servicio de objetivos marcados por las limitaciones ambientales (que solo en cierta medida pueden superarse) y por unas expectativas sociales razonables de bienestar, o bien queremos un sistema económico que pueda campar a sus anchas utilizando recursos sin preocuparse».

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