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Los insectos son una solución para lograr una alimentación más sostenible

Generar más proteínas sin impactar en el entorno y reducir el consumo de agua y el uso de antibióticos del sistema de producción de alimentos. Estas son las principales ventajas de incorporar los insectos a nuestro menú. Hoy en día más de 1.900 especies completan la dieta de 2.000 millones de personas.

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En el siglo XVI, un tinte de color rojo intenso, con un toque un tanto purpúreo, empezó a causar sensación en Europa. Se trataba del carmín, un pigmento que los españoles comenzaron a exportar desde el actual México y a comercializar por el continente. En América, algunas civilizaciones como la azteca ya lo utilizaban para colorear sus prendas y como moneda de cambio.

Hoy, este colorante natural es también conocido como E-120 o Rojo natural 4. Este se encuentra presente en tejidos, cosméticos e incluso alimentos como yogures, helados, bollería o salchichas. Lo que muchos no saben es que tras este colorante hay un insecto: el carmín se extrae directamente de la cochinilla (Dactylopius coccus), un hemíptero parásito de plantas que se cultiva sobre todo en países latinoamericanos, como Perú, y en España en las islas Canarias.

El uso de este insecto en la industria alimentaria a modo de aditivo no es una excepción. Más de dos mil millones de personas de 130 países diferentes consumen insectos como parte de su dieta habitual. Se trata de una interesante alternativa al binomio que forman la carne y los vegetales, y una solución para hacer el sistema de producción de alimentos más sostenible a nivel mundial.

Fibras, grasas y muchas proteínas

El consumo de insectos por parte de los seres humanos tiene nombre: entomofagia. Es muy común en numerosas regiones de América Latina, África y Asia, y la necesidad de encontrar un sistema de producción de alimentos más eficiente y sostenible ha hecho que otras zonas del mundo, como Europa o EE. UU., lo estudien con atención.

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“Para poder alimentar el planeta de mañana, debemos aumentar masivamente la capacidad de producción de proteínas. La clave es producir más con menos, reduciendo al mismo tiempo nuestro impacto en el entorno”, explica Jordi Calbet Tarrago, consejero delegado de Iberinsect, una empresa española que busca producir proteínas de forma local, rentable y sostenible.

La producción de insectos se presenta como una solución para alimentar a una población en crecimiento y acabar con el hambre y la malnutrición a escala global. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), los insectos son una importante fuente de proteínas, grasas y minerales. Son ricos en fibra y micronutrientes como cobre, hierro, magnesio, fósforo, manganeso, selenio y cinc, lo que los hace especialmente eficientes para tratar problemas de desnutrición.

Además de utilizarse directamente para el consumo humano, los insectos pueden convertirse en alimentos para los animales. De hecho, y de acuerdo con la FAO, esta será la opción más frecuente durante los próximos años.

“Para aumentar la sostenibilidad no es necesario comer insectos directamente”, corrobora Calbet. “Introducirlos en cadenas de valor existentes como las de los animales de compañía, la acuicultura o la avicultura, por ejemplo, permitirá aumentar la circularidad y sostenibilidad de cadenas alimentarias existentes. Esto las hará menos dependientes de las importaciones y más sostenibles desde el punto de vista medioambiental”. Además, esta incorporación al mercado permitiría respaldar el sector de los insectos y facilitar su industrialización.

Un respiro para el planeta

A la hora de apostar por los insectos como parte fundamental de las dietas del mañana, el aspecto medioambiental juega un papel fundamental. Actualmente, los sistemas de producción de alimentos están generando un grave impacto sobre el planeta. Entre otros problemas, son responsables de un porcentaje importante de las emisiones de gases de efecto invernadero y del deterioro y la contaminación de los suelos.

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La producción de insectos garantiza un sistema más sostenible. “Se requiere de 100 veces menos superficie de tierras agrícolas que para producir la misma cantidad de proteína animal, consumen un 25% menos de agua y no es necesario el uso de antibióticos”, ejemplifica el responsable de Iberinsect.

Además, los insectos apenas necesitan alimento para crecer. De acuerdo con la FAO, por término medio pueden convertir dos kilogramos de alimento en un kilogramo de masa corporal. El ganado, por otro lado, requiere de ocho kilogramos para lograr el mismo resultado. Entra en juego, además, que los insectos pueden criarse aprovechando residuos biológicos y restos de alimentos.

Un futuro plagado de insectos

Aunque es difícil ofrecer un dato preciso, la FAO estima que en la actualidad se consumen más de 1.900 especies de insectos. Los más habituales son los escarabajos, las orugas, las abejas y avispas, las hormigas, los saltamontes, las langostas y los grillos.

Sin embargo, aún quedan numerosas barreras para conseguir que algunos países desarrollados incorporen los insectos en su dieta habitual. “Es evidente que el primer obstáculo para el consumo humano es el cultural. En Europa el consumo de insectos no se encuentra arraigado en la cultura gastronómica. Aun así, creemos que es cuestión de tiempo que se generalice”, explica Calbet.

Otras barreras, como las regulatorias, se van derribando poco a poco. En el contexto de la Unión Europea, el gusano de la harina se convirtió en enero de 2021 en el primer insecto en recibir el visto bueno de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria para su consumo humano, tanto entero como en forma de ingrediente para elaborar otros alimentos.

Desde Iberinsect consideran que la adopción en Europa se hará de forma gradual, y que el cambio se verá de forma más clara tras su incorporación para el consumo animal. Actualmente, la harina de insectos está autorizada para la alimentación acuícola y en el sector de los animales de compañía. En breve, lo estará también para la porcina y la avícola. “Esto ayudará a reducir la dependencia de la Unión Europea de las fuentes de proteínas que están relacionadas con la deforestación y la sobrepesca”, indica Calbet.

En países como México, Colombia o Perú, por ejemplo, el consumo de insectos es más habitual y cuenta con siglos de historia. Sin embargo, todavía falta trabajar para crear marcos regulatorios que garanticen su idoneidad y permitan comercializarlos a mayor escala.

La variable de la sostenibilidad jugará, sin duda, un papel importante para conseguir que los consumidores incorporen los insectos en sus dietas. “Hace 20 años el sushi también era algo exótico, y hoy lo hemos adoptado en nuestro consumo habitual”, reflexiona Calbet. “Debemos empezar a trabajar hoy para que esto sea una realidad mañana, pero es evidente que el mundo de la proteína del insecto ha llegado para quedarse”.