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Qué son la siembra directa y la indirecta: diferencias, pros y contras

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Diferentes especies vegetales, condiciones meteorológicas, terrenos y técnicas de cultivo. La combinación de todos estos factores explica la siembra directa en el terreno definitivo o el paso intermedio de germinación y crecimiento en la seguridad de un semillero. Ambas técnicas ayudan a la sostenibilidad del planeta.

No importa el tipo de semilla, todas necesitan espacio, nutrición, agua, luz y el momento adecuado para su plantación y germinación.

Sin embargo, dentro de ese denominador común, cada variedad de semilla agradece una combinación concreta de estos parámetros para su crecimiento, de ahí las diferentes técnicas de plantación y cultivo. Una de las divisiones genéricas en este sentido es la de siembra directa y siembra indirecta.

La tierra definitiva

La primera implica que las semillas se emplazan directamente sobre el terreno de cultivo definitivo, donde las plantas completarán su ciclo vital hasta la cosecha. Por ejemplo “la siembra directa es aconsejable para semillas grandes, como la calabaza, el pepino o la sandía”, señala el ‘Manual de cultivo de hortalizas’ de la ONU. También es indicada para cultivos extensivos y masivos, como los cereales.

La distribución de semillas puede realizarse de tres maneras, tanto a mano como de forma mecanizada a través de maquinaria especialista:

  • A voleo. Es el método más rápido ya que los granos se distribuyen de manera uniforme en el terreno.
  • En línea o por filas. Las semillas se colocan en pequeños surcos, en línea recta y a una distancia fija entre unas y otras.
  • A golpes o a chorrillo. Se suelen colocar dos o tres semillas en el mismo hoyo para mejorar las posibilidades de germinación.

Una de sus principales ventajas es que las plantas disponen de un espacio amplio para desarrollar sus raíces y crecer. A cambio, las pequeñas plántulas estarán más expuestas a condiciones meteorológicas como sequías, lluvias excesivas, heladas o vientos, o al ataque de plagas y enfermedades.

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Agricultura de conservación

Otra técnica incluida en este grupo, que también se conoce como “siembra directa”, forma parte de la agricultura de conservación para proteger las capas fértiles del suelo agrícola.

Un terreno labrado y desnudo se erosiona más fácilmente por efecto del agua, el viento o la acción humana. De ahí que este tipo de siembra se caracterice por “la labranza cero, cuando el suelo no se prepara previamente para colocar las semillas y se cubre con los restos del cultivo anterior o con rastrojos y cubiertas vegetales espontáneas que crecen en la zona para reducir el riesgo de erosión”, explica Jesús Antonio Gil, catedrático de Ingeniería Agroforestal de la Universidad de Córdoba.

Según el experto, otra ventaja de esta técnica alternativa a la convencional de arado y vertedera es que puede contribuir a la sostenibilidad al reducir emisiones de carbono, ya que no utiliza maquinaria para labrar y acondicionar el terreno. Al no abrirse o removerse con surcos profundos, el suelo no libera el CO2 que ha secuestrado a lo largo del tiempo.

‘Incubadora’ vegetal

Por su parte, la siembra indirecta implica que la simiente no se planta en su ubicación final —en el cultivo donde germinarán, se desarrollarán y se cosecharán las plantas—, sino que emplea semilleros o almácigos en condiciones óptimas de luz, sombra, temperatura, humedad o sustrato para así proteger las semillas y las delicadas plántulas de la meteorología, las plagas o enfermedades.

Además de asegurar la germinación de especies sensibles a algún factor externo, como la falta o exceso de humedad, este paso intermedio puede emplearse con simientes de pequeño tamaño, de factor germinativo bajo o para mejorar la productividad. Por eso es frecuente en verduras y hortalizas. Cuando las pequeñas plantas alcanzan un tamaño que garantiza su viabilidad, se trasplantan a su ubicación definitiva en el cultivo.

“Este tipo de siembra permite aprovechar mejor el espacio, aumentar la intensidad de uso de la tierra y reducir el desperdicio de semillas”, indica la guía ‘Mi casa, mi huerta’, editada por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria de Argentina.

¿Cuándo llega el momento de trasplantar? “Las verduras de hoja, como repollos, lechugas o acelgas, cuando las plantas tienen tres o cuatro hojas bien desarrolladas. En cambio, en otras especies, como tomates, berenjenas y cebollas, hay que esperar a que su tallo alcance el grosor de un lápiz”, aconseja la guía.

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Ventajas de trasplantar

Según el ‘Manual de cultivo de hortalizas’, el trasplante evita la pérdida de semillas por las condiciones meteorológicas, la erosión o la acción de insectos o animales, lo que implica un factor de ahorro sobre todo con semillas de precios altos. Y permite anticipar y planificar mejor el cultivo y la cosecha, o seleccionar las plántulas más fuertes para mejorar el rendimiento y reducir riego y tratamientos.

Pero no todas las plantas son aptas. Algunas como el apio resisten perfectamente el trasplante y otras, como la espinaca, se resienten y es preferible su siembra directa. En otros casos, dependiendo de la época del año y las temperaturas, será recomendable uno u otro método. Por ejemplo, la albahaca es muy sensible a las heladas y durante el invierno será mejor asegurar su crecimiento en un almácigo.

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