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Análisis y opinión 24 abr 2017

Configuraciones

Solemos configurar nuestro ordenador, nuestros smarthphones, nuestras redes sociales e incluso nuestra televisión. La adecuación digital nos permite adaptar los dispositivos y programas a nuestras necesidades. ¿También podemos configurarnos?

Algunas palabras que han estado de moda nos confirman que el cambio personal es parte de la cultura psicológica del siglo XXI: reinventar, reingeniería, reciclaje o innovación son algunas de ellas. Pero hay algo en el concepto configuración que añade algo más, porque combina la idea de cambio con el de la estabilidad. Hay otros detalles, pero las configuraciones sobre nuestra propia vida son uno de los alardes metafóricos más potentes del tiempo en que vivimos.

Uno de los grandes aportes de la civilización tecnológica a nuestras vidas son los nuevos conceptos. Lo que Ortega y Dilthey definieron a inicios del siglo XX como generaciones ha digerido una nueva nomenclatura: Millenials, generación X o Baby Boomers. Lo más interesante es cómo los seres humanos hemos aplicado estos conceptos a nuestro lenguaje. Algunas frases comunes hoy pueden ser: “estar en modo avión, me reinicio para escucharte mejor, Rodrigo no tiene suficiente RAM para escucharte…”. Esa capacidad para hacer comparaciones no solo enriquece nuestro vocabulario sino que nos permite simular que tenemos sistemas parecidos a las máquinas. Aunque los tecnófobos las reprueben estas analogías amplían nuestra capacidad de entendernos, nos permiten indagar en los límites de esas relaciones y también —por qué no— sentirnos conectados entre nosotros. Algunas relaciones nos dan perspectiva porque muestran precisiones con el deseo de diferenciarnos, de compartir nuestros intereses en una sociedad compleja y —como decíamos— de configurar nuestra humanidad.

La metáfora de la configuración proviene del lenguaje informático, específicamente de la programación de sistemas. El concepto se ha usado en la física, para aplicar la distribución molecular a productos de la industria farmacéutica. En áreas más prácticas, la teoría de la administración ha desarrollado un Configuration Management que se inició en el Departamento de Defensa de Estados Unidos en la década del cincuenta del siglo pasado y que dio a luz las admiradas normas 480. Su fama responde a que en un mundo de sistemas cada vez más complejos la intención de manejarlos, estandarizarlos y adaptarlos genera un sentimiento de tranquilidad importante para el futuro. En informática la idea de configuración se puede aplicar al hardware, al software y a la documentación. La configuración depende de una serie de procedimientos; la principal es la conectividad, o la capacidad de comunicación. Por ejemplo el firmware es un tipo de programación básico que maneja las relaciones entre los circuitos y los sistemas de programación. Para configurar es necesario poder conectar los distintos elementos. Ello implica sistematicidad, políticas y procedimientos. Un símbolo del poder de la configuración son las piezas de Lego: son los módulos por antonomasia en el mundo de los juegos. En El mundo de Sofía Jostein Gardner retrotraía sus posibilidades a una concepción mucho más antigua, la de Demócrito de Abdera que pensaba en los átomos ya en el siglo VIII a.C. La configuración se encuentra por doquier: en los conceptos modulares en diseño de interiores, en la industria automovilística, en el zapping, en el comercio electrónico o en el fintech.

Y sobre la pregunta inicial (sobre si podemos configurarnos) es lo que hacemos día tras día. Detrás de la idea de configuración también late la idea de proyectarnos hacia lo desconocido, de ser flexibles, fuertes o de volver a empezar. Para no marearnos entre la multitud de puertas que se abren ante nosotros una lectura recomendable es La paradoja de la elección: por qué más es menos de Barry Schwartz. Porque el gran desafío de la configuración personal en el siglo XXI es saber elegir entre la abundancia.

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