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Fundéu BBVA 15 dic 2017

¡Continente a la vista!

Si Fernando Pessoa siguiera entre los vivos, apuesto a que su Libro del desasosiego se habría titulado Libro de la duda perpetua. Desde su muerte en 1935, los avances científicos han volteado los cimientos de mi infancia de tal modo que una simple ausencia de sosiego ni siquiera empieza a describir mi incertidumbre respecto al mundo que habito y al universo del que somos mota.

Cuando uno estudia en el colegio que el río Ebro nace en Fontibre y el pico más alto del mundo se llama Everest, se lo aprende de memoria y confía en que el río que nace en tierras cántabras no pase a llamarse Everest ni el pico más alto del mundo se alce de pronto en Fontibre.

Pues bien: yo estudié que la capital de la Unión Soviética era Moscú y la de Yugoslavia Belgrado. ¿Y en qué carajal se ha convertido el mapa político presente? Por supuesto, podrá argumentarse con razón que también las fronteras que aprendí de pequeño ya habían sufrido cambios. Pero una cosa es que los países se junten y separen como se juntan y separan los matrimonios, y otra distinta es que te aseguren que hay equis continentes y luego salgan diciendo que se les ha escapado uno. ¿Perdona?, ¿cómo que se te ha escapado uno? ¿Es que el número de continentes no debería saberse echando un vistazo?

Y no me refiero al debate de los distintos modelos continentales, según se cuente América como uno o dos, según se incluya o no la Antártida, según se entienda que Europa y Asia son dos distintos o se considere Eurasia un único continente… No, todo esto atiende a criterios razonables y discutibles.

Pero que seamos capaces de lanzar una sonda para que aterrice en Marte y que de repente descubran el continente de Zelandia se hace raro. Quiero decir, vale que los científicos estudian mucho y alguno desarrollará miopía, pero me consta que no todos son Rompetechos.

¡Que estamos hablando de un continente, no de un alfiler! Cada dos por tres se insulta y vilipendia a los árbitros de fútbol por los goles fantasma. Por un quítame allá ese palmo, se les pone a caer de un burro. En el caso de Zelandia, en cambio, estamos hablando de que ha pasado inadvertido un territorio de 4,9 millones de kilómetros. ¿Cuántos palmos son esos? Estamos hablando de una extensión superior incluso a la de mi casa.

Y, aunque es verdad que de esos casi cinco millones de kilómetros solo alrededor de trescientos mil están sobre la superficie (el espacio ocupado por Nueva Zelanda y Nueva Caledonia), yo voy a la playa y a veces hasta veo pececillos nadando bajo el agua.

Ante semejantes magnitudes, señalar que lo recomendable es hablar de Zelandia, mejor que Zealandia, puede resultar una fruslería. Pero no crean: una pequeña vocal puede cambiarnos la vida. Si no están convencidos, ¿alguna vez se han parado a pensar en que esa humilde a marca la línea que separa los verbos perecear y perecer?

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