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Ciencias Act. 02 nov 2018

Intimidades: Premios Fronteras en el año que tembló el espacio-tiempo

Hace mil trescientos millones de años, en un lejano rincón del universo, dos agujeros negros que llevaban acercándose el uno al otro desde antes de que los mamíferos poblaran la Tierra se fusionaron en uno solo. Y hace apenas unos meses, las vibraciones que ese suceso generó en el espacio-tiempo llegaron a nuestro planeta.

Puede parecer el comienzo de un relato de ficción científica, pero es una noticia recogida por medios de todo el mundo. A principios de este año se anunció la histórica primera detección de una onda gravitacional. El 14 de septiembre de 2015, a las 09:50:45 UTC, los detectores de la colaboración internacional LIGO percibieron una diferencia minúscula, diez mil veces menor que el diámetro del protón, en la distancia entre dos puntos separados varios kilómetros, y demostraron así la existencia no solo de las ondas gravitacionales sino también de esos exóticos objetos nacidos antes en la teoría que en la observación: los agujeros negros.

La medida ultraprecisa de LIGO añadía así otra prueba de que la percepción humana de la realidad es una gota en un universo mucho más rico, con tempestades gravitatorias y singularidades que perforan el espacio-tiempo.

Tanto supera el cosmos a la imaginación que ni siquiera quienes vieron en las ecuaciones los agujeros negros y las ondas gravitacionales creyeron en su existencia física. Así que ahora, un siglo después de que Einstein descubriera la naturaleza del espacio-tiempo, los físicos celebran la caída de un legendario límite del conocimiento. O, si se prefiere, la ampliación de una de sus fronteras.

¿Solo los físicos?

Lo cierto es que ni uno solo de los habitantes del planeta notó el pasado septiembre cómo su cuerpo se estiraba y encogía mientras la ola gravitacional barría la Tierra. Así pues, si las vibraciones espaciotemporales no nos afectan, ¿nos cambia en algo ser conscientes de que existen? Hace un siglo que sabemos que la materia le dice al espacio cómo curvarse, y el espacio a la materia cómo moverse. ¿Y qué nos va en ello?

Pues mucho. El día después de que una observación astronómica confirmara la teoría general de la relatividad de Einstein, The New York Times titulaba en portada: «La luz [de los astros] está torcida en los cielos. (…) Triunfo de la teoría de Einstein. Las estrellas no están donde parecían estar, o donde se calculaba. Pero no hay nada de qué preocuparse». Sin haber nada de qué preocuparse, sin que la nueva noción de espacio-tiempo cambiara la vida a nadie salvo a los físicos —y no a todos—, Einstein se convirtió de la noche a la mañana en icono cultural del siglo XX.

Por las ondas gravitacionales tampoco hay que preocuparse —siempre que se esté astronómicamente lejos de donde nacen— y sin embargo todos los grandes medios, no solo los científicos, festejaron su detección. Por no hablar de las redes sociales.

Es decir, sí. Sí que nos afecta de algún modo íntimo, sí que debe tocar muchas fibras la constatación de que el universo es mucho mayor que nuestros sentidos.

Por eso Hawking, el «niño que nunca creció» según su propia definición, tuvo razón al querer hacer un libro que explicara a todo el mundo cómo y por qué se originó el universo. Breve historia del tiempo batió récords de ventas porque todos los niños se hacen esa pregunta, aunque solo los que —como Hawking— se hacen cosmólogos lo recuerdan de mayores.

Los Premios Fronteras celebran el conocimiento como constructor interior y reconocen a quienes lo generan. Viatcheslav Mukhanov y el propio Hawking han logrado explicar cómo nacieron las galaxias en el universo primitivo y microscópico hace más de 13.000 millones de años. Stephen Cook ha acotado el territorio de lo que pueden resolver los ordenadores, y al hacerlo ha estimulado toda una nueva área de la matemática.

Por supuesto, el conocimiento no solo incide en lo intangible. La optogenética de Edward Boyden, Karl Deisseroth y Gero Miesenböck permite investigar con gran precisión justamente el instrumento fundamental de toda investigación, el cerebro, y además ayudará a curarlo.

Ilkka Hanski y Veerabhadran Ramanathan han descubierto piezas esenciales en la relación del planeta con la vida, pero además han contribuido a mejorar esa relación. En cuanto al trabajo de Martin Ravallion, su objetivo no es tanto traducir la pobreza a un dato, sino demostrar que el reto es tangible y, por tanto, se puede combatir.

No siempre somos conscientes del impacto de las teorías científicas en nuestras vidas en gestos tan cotidianos como comprar un billete de avión, cuya tarifa ha sido definida gracias a la aportación de Wilson a la fijación de precios en mercados no lineales.

Los Premios Fronteras reflejan así el poder del conocimiento en sentido amplio —básico, aplicado, transformador siempre— y sus múltiples lenguajes. La música, que Georges Aperghis extrae incluso de la gestualidad de un actor, es uno de ellos.

Cómo no recordar, por tanto, que el año que tembló el espacio-tiempo se despidió David Bowie, también él escultor interior, transgresor, innovador. Y creador de la que muchos consideran la primera canción pop que homenajea el deseo de explorar el universo. «And the stars look very different today», tuiteó la NASA, «RIP David Bowie».

 

Mónica G. Salomone para el catálogo de la VIII edición de los Premios Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento

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