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Qué gastos deben aparecer siempre en el presupuesto familiar

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Es habitual pensar que ahorrar es sinónimo de no gastar. Nada más lejos de la realidad. Ahorrar significa gastar mejor para poder sacar el máximo partido al dinero y, además, reservar una cantidad con la que cumplir las metas financieras. El primer paso para conseguirlo es elaborar un presupuesto familiar donde aparezcan los gastos mensuales de una persona, o de una familia, correctamente clasificados. Además, es importante reflejar los gastos fijos, gastos variables, gastos superfluos e incluso los gastos innecesarios y egresos. Con todo ello lograremos controlar los gastos y cuidar la salud financiera.

Organizar las finanzas es fundamental para disfrutar de una vida saneada en el aspecto económico. Un presupuesto, en el que aparezcan correctamente reflejados los gastos además de los ingresos, es una herramienta muy útil para comprobar el estado financiero y tomar decisiones con conocimiento de causa. Estos son los gastos que, según la clasificación del portal especializado Finanzas Para Todos, iniciativa del Banco de España y la Comisión Nacional del Mercado de Valores dentro del Plan de Educación Financiera, deben tenerse en cuenta para que el presupuesto sea realmente una ayuda.

Gastos fijos obligatorios 

Son aquellos gastos necesarios que se repiten periódicamente, por lo que se sabe con antelación cuándo hay que pagarlos y qué cantidades se deben abonar. En esta categoría se encuentran los gastos de vivienda, educación, seguros, impuestos y préstamos, entre otros. Estos pagos no suelen admitir demora y pueden conllevar penalizaciones en caso de retraso, lo que supondría un incremento de la deuda.

Los gastos fijos obligatorios son prioritarios y deben abonarse primero. Por lo tanto, si hubiera dificultades para pagarlos, convendría reducir los gastos en las otras categorías o, si la situación no mejorara, intentar renegociar la deuda con los acreedores. 

Gastos variables necesarios 

Esta categoría, igual que la anterior, se compone de aquellos gastos que son necesarios para la vida cotidiana. Sin embargo, en este caso, las cantidades no son fijas ya que pueden reducirse o aumentarse según las circunstancias. Esto ocurre, por ejemplo, con la cesta de la compra. Es un gasto necesario, pero podría reducirse, si fuera preciso, con pequeños gestos de ahorro como adquirir productos de marca blanca en vez de marcas conocidas o comparar precios entre supermercados para diversificar la compra en función de los mismos. En esta categoría entran también los gastos de transporte, ropa, electricidad, agua, etc. Todos ellos se podrían reducir, si hubiera aprietos para satisfacer los gastos fijos obligatorios. 

Gastos superfluos o discrecionales

Son gastos prescindibles, aunque muchas veces no se tenga conciencia de que lo son. El café a media mañana, la compra impulsiva al pasar por un escaparate, la suscripción a un servicio que se usa poco… constituyen los gastos habituales que entran en esta categoría. En conjunto, pueden afectar negativamente a la economía familiar por lo que siempre es beneficioso reducirlos y, si fuera preciso, eliminarlos.

El ahorro

Esta categoría es quizá una de las más difíciles de controlar. Los gastos discrecionales varían mucho y van asociados a los deseos y necesidades del individuo en cada momento, por lo que tienen una carga emocional que, a veces, no permite ver la situación financiera con claridad. El presupuesto ayuda a reflexionar sobre estos gastos para verlos como lo que suelen ser: una merma en los ingresos que no revierte en una mejora significativa de la calidad de vida. Eso no quiere decir que, cuando la situación económica lo permita, no haya un hueco para darse un capricho o gastar algo en ocio, pero si hay problemas para pagar los gastos necesarios, los discrecionales deberían ser los primeros en recortarse.

Un presupuesto que refleje correctamente los gastos, debería incluir también el ahorro como un gasto más, pero ¿cuánto habría que destinar a esta categoría? A priori, resulta difícil “renunciar” a una cantidad mensual, aunque suponga un beneficio en el futuro. La regla 50-20-30 puede ser una buena guía. Consiste en dividir los ingresos mensuales en los siguientes porcentajes: 50% para gastos obligatorios y gastos necesarios, 30% para gastos discrecionales y 20% para el ahorro.

Un buen truco para evitar la tentación de gastar ese 20%, es descontar el porcentaje destinado al ahorro en cuanto llegue el ingreso y meterlo, por ejemplo, en una cuenta de ahorro. Así se contará únicamente con las cantidades destinadas a los demás gastos y mientras tanto, los ahorros irán creciendo gracias a los intereses.

En definitiva, el presupuesto es una herramienta con la que se aprende, no solo a tener una mejor salud financiera sino a gastar mejor, permitiéndole a la persona afrontar cualquier emergencia financiera que se le presente y cumplir todas sus metas de ahorro, sin perder calidad de vida.

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