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Año Internacional del Turismo, el germen de la conciencia sostenible

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Naciones Unidas declaró 2017 como Año Internacional del Turismo para reflexionar sobre los impactos de la actividad viajera, que acumulaba el 10,4% del PIB planetario antes de la pandemia. Su versión menos agresiva con el medioambiente aún es minoritaria, pero muestra el camino a la transformación sostenible del sector.

"La Asamblea General de las Naciones Unidas ha declarado 2017 como Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo, recordando así el potencial del turismo para ayudar a alcanzar la Agenda 2030, de alcance universal, y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)… Doce meses para celebrar y promover la contribución del sector turístico a construir un mundo mejor", anunciaba la ONU en enero de aquel mismo año.

"Esa declaración buscaba concienciar sobre la necesidad de minimizar el impacto del turismo y de alguna forma legitimar la industria. Una de las pocas agencias de la ONU ligadas a un sector económico es, precisamente, la Organización Mundial del Turismo (OMT)", reflexiona Claudio Milano, responsable del máster en Gestión Turística Sostenible de Recursos y Destinos, de Ostelea Tourism Management School.

Cambio de mentalidad

"Veníamos de una gran crisis y se estaba despertando un malestar social en ciudades con monocultivo y especialización turística. Había que demostrar el compromiso de la industria en aspectos relacionados con la emergencia climática, la lucha contra las desigualdades, el trabajo digno o la equidad de género", añade este experto en investigación de nuevas formas de turismo.

Para Milano, el sintagma "turismo sostenible" es, hoy por hoy, un oxímoron, la unión de dos palabras de significado contradictorio u opuesto, algo así como decir “silencio sonoro”. "Seamos realistas: el turismo, ahora mismo, no puede ser sostenible. Es un sector con chimenea. Cuando nos subimos a un avión, emitimos CO2. ¿A qué debemos aspirar entonces? Pues a maximizar sus efectos positivos, que los tiene, y minimizar los negativos", afirma.

Hasta 2017, la OMT había manejado ese concepto (en 1995 organizó la Conferencia Mundial de Turismo Sostenible, en Lanzarote, y en 2005 presentó una guía sobre turismo sostenible) y otros aledaños como “turismo respetuoso” o “turismo responsable”, trasladando a su terreno aquel desarrollo sostenible acuñado por primera vez en 1987 en el Informe Brundtland: "El que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias”.

Lo primero, señalar el problema

"Nadie había puesto sobre la mesa y a la vista de todo el mundo que existía un problema y había que abordarlo", opina Javier Sáez, Inbound & Growth Manager de IEBS Business School. "2017 fue importante porque ayudó a visibilizar cómo la tecnología y la globalización habían llevado a un turismo industrializado, de masas y con mucho impacto, que empezaba a competir con las economías locales", con productos y servicios como los vuelos 'low cost', hoteles baratos o grandes plataformas ‘online’ de alojamientos. "Fue como decir, ‘atención, que esto tiene un enorme impacto, tenemos que medirlo’", apunta. Para Sáez, esa llamada de atención planetaria ha sido el gran mérito del Año Internacional del Turismo Sostenible.

"Ahora el sector está en la agenda política", coincide Milano. Es más, cree que también sirvió para impulsar el Código Ético Mundial para el Turismo adoptado por la XIII Asamblea General de la OMT (Santiago de Chile, 1999), cuyo III artículo habla del turismo como factor de desarrollo sostenible. La OMT subordina el turismo a la Agenda 2030 y a lo que puede aportar en cada uno de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Mucho, teniendo en cuenta que en 2019 el sector representaba el 10,3% del PIB mundial, según datos de WTTC (Consejo Mundial de Viajes y Turismo).

En opinión de Sáez, el Año Internacional ha sido la palanca para la declaración de la OMT por un crecimiento responsable (enero de 2020), en la que insta a los países a comprometerse por modelos turísticos más innovadores y respetuosos. Como el turismo experiencial o el turismo rural, los grandes triunfadores, a la postre, de la crisis de la COVID. "Uno de los aprendizajes de esta pandemia debería ser que no podemos seguir midiendo el éxito a partir de indicadores cuantitativos [como el volumen de turistas] sino cualitativos: cuánto dinero gastan y cuánta riqueza generan esos visitantes, cuál es el bienestar de los vecinos, si hay trabajo digno", apostilla Milano.

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Alternativas a la masa

Así nacen fórmulas de turismo ecológico conscientes de su impacto en el ecosistema, que participan activamente en la sostenibilidad económica, social y ambiental de sus entornos y apuestan por la experiencia como alternativa a la masa. Pero se trata de opciones todavía minoritarias, advierte Sáez, porque "no podemos vivir de casas rurales" y, en cuanto se pueda, la mayoría de la gente no irá a Costa Rica a participar en actividades de recuperación de tortugas (más caras, por otra parte, y reservadas a viajeros con mayor poder adquisitivo) sino que se comprará un billete de avión de 9 euros y alquilará una casa en Airbnb.

"El reto no es solo favorecer un turismo sostenible y ecológico pero que funciona a más pequeña escala, sino hacer más sostenible el turismo mayoritario, industrializado", matiza Sáez. ¿Algunas ideas? "Regular la construcción de macro-complejos, incorporar energías renovables y tecnología 'blockchain', redistribuir los ingresos de manera más justa, medir los impactos y aplicar estándares de sostenibilidad a los viajes".

En una palabra, ponerle coto al turismo de masas "para que no resulte tan demoledor", reclama.

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