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Planeta> Huella de Carbono 16 abr 2021

Compensar, secuestrar y reducir: claves para entender la neutralidad de carbono

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Casi todos los países del mundo han acordado alcanzar la neutralidad de CO2 antes de 2050. ¿Qué significa? Que no generemos en el planeta más carbono del que podemos quitar. Rebajar las emisiones de dióxido de carbono, compensarlas o incluso capturarlas para su almacenamiento son las principales estrategias.

Un rebaño de ovejas se alimenta de pastos que, de no ser comidos, acabarían descompuestos o ardiendo, liberando carbono. ¿Cómo se contabilizan las emisiones de metano de estos herbívoros? Una central de biomasa quema rastrojos del campo generando grandes cantidades de CO2. ¿Cuál es su huella de carbono real? En la respuesta a ambas preguntas están los entresijos de la neutralidad de carbono.

En el caso del rebaño, sus emisiones se tienen en cuenta de la misma manera que el resto de sectores agropecuarios. Son consideradas emisiones de origen humano. Mientras, la biomasa se considera un combustible renovable y neutro en carbono porque las emisiones que se producen en las centrales son similares a las que se producirían si la misma biomasa ardiese o se descompusiese en la naturaleza.

¿Qué es la neutralidad de carbono?

Los efectos del cambio climático son cada vez más visibles. La temperatura media de la Tierra es hoy 1,1 grados más alta que antes de la Revolución Industrial, lo que está causando ya eventos climáticos más extremos y recurrentes (como olas de calor y frío, sequías o huracanes), el deshielo imparable de glaciares y casquetes polares y cambios profundos en las dinámicas de los ecosistemas.

Para ponerle fin a este aumento de la temperatura, ligado a las emisiones de gases de efecto invernadero, casi todos los países del mundo han acordado alcanzar la neutralidad de carbono alrededor de mitad de siglo. Los objetivos, recogidos en el Acuerdo de París, siguen las recomendaciones del IPCC, un panel internacional de científicos de todas las disciplinas que cada cierto tiempo revisa y resume toda la investigación climática que se hace en el mundo.

De acuerdo con el IPCC, la neutralidad de carbono pasa por lograr que las emisiones netas de gases de carbono (como el CO2 o el metano, CH4) sean iguales a cero. Es decir, que la suma de las emisiones de origen antropogénico no supere la capacidad del planeta o la tecnología de retener carbono. Esto no quiere decir que las actividades humanas no puedan emitir nada de CO2, sino que no podemos generar más de lo que podamos eliminar.

El camino hacia la neutralidad de carbono

Aunque pueda resumirse en un par de líneas, este concepto no es sencillo y deja abierta la puerta a multitud de caminos para cumplir los objetivos del Acuerdo de París. Tal como recoge el Pacto Verde de la Unión Europea, hoy existen tres grandes vías de acción para alcanzar la huella de carbono cero: reducir las emisiones, compensarlas o secuestrar carbono.

El planeta tiene muchas formas de absorber carbono. Lleva haciéndolo millones de años. Al fin y al cabo, es un elemento esencial para la vida. Los océanos, el suelo y los bosques son los grandes sumideros de carbono terrestres. Entre todos han sido capaces de eliminar casi la mitad de lo emitido por los seres humanos en los últimos 250 años, aunque han dado señales de estar llegando a sus límites de absorción.

Con el tiempo, el carbono de estos sumideros se libera, en parte, a través de otros procesos naturales, como, por ejemplo, los incendios forestales. Por eso, la vía principal para alcanzar la neutralidad de carbono es reducir las emisiones. Todo lo que no generemos nunca tendrá que ser retirado de la atmósfera ni contribuirá de ninguna manera al cambio climático.

La vía de la compensación es otra de las más exploradas. Actualmente, existen muchas actividades que no pueden llevarse a cabo sin combustibles fósiles. En estos casos, se trabaja por hacerlas más eficientes y por compensar lo emitido mediante acciones como reforestar, restaurar tierras degradadas o invertir en energías renovables. En este sentido, las empresas y los gobiernos tienen varias herramientas disponibles, como la plataforma para la compensación de la huella de carbono de la ONU.

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Por último, está la vía del secuestro de carbono. Mediante diferentes tecnologías, es posible capturar el carbono de la atmósfera y almacenarlo en formaciones geológicas, como antiguos depósitos de gas, o en los océanos. Hoy por hoy, son tecnologías costosas y poco utilizadas, aunque según la Agencia Internacional de la Energía, las capacidades de captura de carbono se multiplicarán durante la próxima década.

Un ejemplo reciente: dos investigadores de la empresa agrícola australiana Soil Carbon Co están desarrollando un método para eliminar el carbono de la atmósfera, convertirlo en otro compuesto y almacenarlo en el subsuelo. ¿Cómo? A través de hongos y bacterias microbianos aplicados a las semillas. Estos microbios crecen junto a las plantas y su función principal es convertir el dióxido de carbono absorbido en la fotosíntesis en un compuesto que se depositan en el suelo. Este sistema de absorción de CO2 se está probando en cultivos de colza, soja y trigo en Australia y EE. UU.

Al final, todo tiene que ver con cómo contabilizamos las emisiones. Qué carbono suma, qué carbono resta y cómo hacemos las cuentas. Las emisiones directas (por ejemplo, las de una fábrica que quema gas para tener calor) y las indirectas relacionadas con la energía eléctrica adquirida son más fáciles de calcular. Pero el resto son más complicadas.

Existen múltiples marcos, estándares y protocolos para llevar a cabo lo que se conoce como inventarios de emisión de gases de efecto invernadero. Los hay para empresas, para ciudades y para países enteros. En entender bien las emisiones y desarrollar formas fiables y seguras de contabilizarlas está la última clave de la neutralidad de carbono. La que conseguirá que las cuentas no sean solo un número, sino una forma efectiva de frenar el cambio climático.

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