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El diseño sostenible y la era de los nuevos principios

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Cada vez más personas consumen marcas sostenibles. Cada vez más empresas y proveedores buscan a la hora de diseñar sus productos las 4R: reducir, reutilizar, reciclar y recuperar. El poder innovador de las compañías se dirige hacia un pensamiento holístico que va más allá del residuo cero para encontrar la armonía entre medioambiente y progreso compartido. Facilitar un estilo de vida más sostenible es el reto.

“Hacer lo máximo con lo mínimo”. Así definía el diseño Buckminster Fuller, una de las mentes más brillantes y rompedoras del siglo XX. Inventor, arquitecto, filósofo… Dedicó su vida a intentar que el mundo “funcionara mejor” a través del diseño que, para él, era una fuerza capaz de cambiar el mundo. Y el mejor aliado para una existencia armónica, sostenible y respetuosa con el planeta y con todas las personas.

Vuelta al siglo XXI. En un contexto de preocupación internacional por la emergencia climática y de crecimiento del consumo, las Naciones Unidas advierten: en 2050 se necesitarán los recursos de tres planetas Tierra si se cumplen las previsiones de crecimiento de la población.

La ecuación formada por sociedad, economía y medioambiente plantea un claro desafío: buscar el equilibrio. Por ello, las compañías toman nota del pensamiento fulleriano y ponen en marcha su poder innovador, rumbo a un diseño más sostenible de sus productos. Un cambio de mentalidad que también se aprecia entre los consumidores: el 44 % de los encuestados en un informe de la Asociación de Empresas de Gran Consumo (AECOC) asegura no comprar marcas que no se consideren sostenibles.

El 'Danish Design 2020 Comittee' define el diseño como la actividad de desarrollar un plan para un producto. Si este plan aspira en todas sus fases −desde el germen de la idea hasta más allá de la vida útil del producto− a ese equilibrio entre viabilidad económica, responsabilidad ambiental y bienestar social, hablamos de diseño sostenible.

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Fuller dijo: “Lo opuesto a la naturaleza es imposible”. Y pareciera que se anticipaba a las palabras de Javier Sanz, director del Grado en Diseño de Producto de la Escuela Universitaria de Diseño, Innovación y Tecnología (ESNE). Para él, el diseño sostenible de producto es aquel que emula las dinámicas naturales: “Cada año, la naturaleza aporta ‘productos’ (flores, insectos, frutas) que no degeneran en residuos, sino que son la base de futuros elementos. Este es el espejo en el que debe mirarse el diseño sostenible del producto”.

Esta forma de concebir el producto va, por tanto, mucho más allá de la fabricación o el embalaje. Tiene que ver con un ciclo de vida que no termina en la papelera y al que los expertos en desarrollo sostenible William McDonough y Michael Braungart se refieren en su libro 'De cuna a cuna'. Un manifiesto según el cual el recorrido del producto no termina con el fin de su vida útil −este sería un ciclo “de la cuna a la tumba”− sino que se desarrolla de principio en principio. Así, se descarta el concepto de desecho, porque todo va a alguna parte. Partiendo de esta idea, un producto diseñado en aras de la sostenibilidad podrá, llegado el momento, entrar de forma natural a formar parte de un nuevo proceso.

El diseño del producto se conjuga en presente, respondiendo a una necesidad actual, pero sobre todo se orienta al futuro. Por eso la era del diseño sostenible de producto es la era de los nuevos principios.

Garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles. Es el duodécimo Objetivo de Desarrollo Sostenible, que la ONU define cómo “hacer más y mejor con menos” −una nueva anticipación de Fuller− y promover estilos de vida sostenibles. En este sentido “el diseño de producto es una palanca poderosa para hacer más fácil y atractiva la vida de las personas –explica Sanz–. Su fuerte componente racional ayuda a canalizar los intereses de los usuarios hacia productos que contribuyan a los objetivos medioambientales”.

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Las 4R como estrategia

Una fórmula extendida para hablar de la reencarnación de los productos es la regla de las 4R: reducir, reutilizar, reciclar y recuperar. Pero, ¿qué tienen que ver con el diseño sostenible?

  • Reducir. Traducido al diseño de producto, implica buscar vías para minimizar los recursos (materiales, energía, complementos) que entran en juego desde la fabricación hasta estar en manos del consumidor. El más puro “máximo con lo mínimo” de Fuller. Se trataría de apostar por la llamada ‘logística verde’, donde se da prioridad a una movilidad basada en energías renovables, centros de almacenaje que generen menos desechos y consuman menos energía, y envases ecológicos.
  • Reutilizar. Un nuevo principio donde el usuario es protagonista: cuando algo ha cumplido su misión, asignarle una nueva vida. El diseño sostenible sitúa al consumidor al inicio de esa senda, con materiales y patrones que se prestan a una reconversión responsable.
  • Reciclar. Significa convertir un producto en otro nuevo. El compromiso con el reciclaje abre dos vías de actuación al diseño: la preferencia por materiales reciclados y la previsión de que el producto degenere en un residuo igualmente reciclable.
  • Recuperar. Todo aquello que pueda ser una materia prima debe recuperarse. A la hora de diseñar un producto esta será la ‘R’ más relacionada con el proceso industrial, al identificar qué residuos de fabricación pueden, por ejemplo, servir para generar energía.

Fuller vivió convencido de la capacidad del diseño para avanzar hacia un mundo mejor. Las empresas pueden hoy tomar su relevo a través de un diseño de producto que planifique su recorrido, promueva un uso inteligente de los recursos e inspire a compañías y consumidores para no perder de vista un futuro más sostenible.

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