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Energía> Energía Renovable Act. 02 jul 2021

¿Qué son los biocombustibles? Una alternativa sostenible

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El petróleo y el carbón darán paso a los biocombustibles, una opción sostenible sobre todo en sectores difíciles de electrificar como el transporte. Fomentan la economía circular y la ciencia consigue obtenerlos de desechos cada vez más variopintos, desde microalgas y comida caducada a purines, lodos y aceite de freír. Bioetanol, biodiésel y biogás son algunos de los más populares.

La industria comienza a apostar por las sustancias de origen orgánico como carburante para obtener energía. De ahí que prosperen los biocombustibles o biocarburantes: en 2019, su consumo creció en la Unión Europea (UE) casi el 7%, según el último Barómetro de Biocombustibles elaborado por EurObserv’ER: biodiésel (80,5%), bioetanol (18%) y biogás (1,5%) fueron los carburantes verdes más utilizados.

Enemigos del CO2

Las previsiones apuntan al crecimiento de estas fuentes de energía renovable, entre otros motivos por los impactos asociados al cambio climático. Un ejemplo es el Pacto Verde Europeo promovido por la Comisión Europea para que los estados miembros sean climáticamente neutrales en 2050, esto es, que sus emisiones de dióxido de carbono (CO2) equivalgan a la cantidad absorbida por sumideros como los bosques.

Uno de los ejes del Pacto pasa por potenciar el uso de biocombustibles y del hidrógeno en sectores donde aún no es posible la electrificación masiva —por ejemplo el transporte terrestre de gran tonelaje y el marítimo o la aviación—, como fórmula para combatir las emisiones.

“En estos momentos, los biocombustibles son la alternativa con mayor peso para reducir el CO2 en el sector de los transportes a gran escala. Son la solución más práctica y económica, y sin duda pueden ayudar a rebajar el nivel de contaminación en todo el planeta”, opina Ahmad Rahnema, titular de la Cátedra Fuel Freedom de Energía y Desarrollo Social de IESE Business School.

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Es una larga historia

El origen de los biocombustibles se remonta a finales del siglo XIX, cuando se inventaron el automóvil y los motores de combustión interna. Fue el ingeniero y empresario Henry Ford quien se planteó utilizar el etanol como carburante para su célebre Modelo T, el primer vehículo construido en una cadena de producción y detonante de la motorización norteamericana. Incluso los primeros motores diésel funcionaron con aceite de cacahuete.

Todo cambió con el descubrimiento de inmensos depósitos de petróleo: al caer el precio de la gasolina y el gasoil, los biocombustibles dejaron de ser rentables. Andado el tiempo, primero la crisis del petróleo a partir de 1973 y después el calentamiento global reflotaron el uso de los biocarburantes y la investigación.

Se pueden obtener a partir de plantas ricas en carbohidratos como el maíz, oleaginosas, por ejemplo, la soja o el girasol, incluso especies forestales abundantes, entre otras el pino y el eucalipto. También se emplean como materia prima lodos de depuradoras, purines de cerdos y excrementos animales, desechos agrícolas, comida caducada, grasas y aceites usados, biomasa forestal…

Los más populares

Hoy los biocombustibles más extendidos son el bioetanol, producido mediante la fermentación de productos vegetales como la caña de azúcar o la remolacha, y el biodiésel, a partir de aceites vegetales (colza, palma, girasol, lino…), grasas animales o microalgas.

Estados Unidos y Brasil lideran la producción mundial de bioetanol. En el país sudamericano, algunos vehículos incluso funcionan con etanol puro, cuando su uso más frecuente es el de aditivo en los combustibles fósiles. Alemania encabeza la producción mundial de biodiésel, el biocarburante estrella en Europa.

La UE aspira a sustituir los biocombustibles de primera generación (extraídos de plantas que pueden consumir los seres humanos como la colza o la palma) por los de segunda generación, producidos principalmente a partir de residuos de biomasa, aceite de cocina reciclado y grasas animales. Una directiva del Parlamento Europeo fija para 2030 una cuota mínima del 14% de estos biocombustibles, en detrimento del petróleo, para fomentar la economía circular.

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Crecimiento acelerado

En opinión del presidente de la Asociación Nacional de Fabricantes de Biocombustibles y Combustibles Renovables (Afabior), Santiago Verda, el futuro es alentador. “Los biocarburantes pueden contribuir a la protección del medioambiente ya que utilizan residuos procedentes de vertederos”. Lo mismo ocurre con los biocombustibles sólidos (pellets, astillas, residuos forestales, huesos de aceituna o piña, cáscaras…), ganan cuota de mercado frente al gas y al gasóleo con un crecimiento por encima del 15% anual.

Para la Asociación de Empresas de Energías Renovables (APPA), los biocarburantes consumidos en la UE “son una energía limpia, renovable y sostenible”. De hecho, todos los biocombustibles comercializados en territorio europeo deben reducir en al menos un 50% las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Un ejemplo: los biocarburantes en España las redujeron un 65% en 2019, con un ahorro de casi cuatro millones de toneladas de CO2.

Innovación sostenible

Algunas investigaciones pretenden obtener bioenergía mediante residuos de plantaciones agrarias o cultivos de algas.

También gana protagonismo un nuevo carburante limpio, el biogás, a partir de la fermentación de restos agrícolas, deyecciones ganaderas (purines, estiércol), restos vegetales de la industria agroalimentaria, alimentos caducados o en malas condiciones, restos de basura o lodos de aguas residuales.

Y crece el interés de las empresas energéticas por el biogás —compuesto sobre todo por metano y CO2— como combustible verde: en Europa trabajan alrededor de 18.000 plantas especializadas, unas 10.000 de ellas en Alemania.

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