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¿Qué es el calentamiento global?

El concepto comenzó a investigarse en el siglo XIX, ganó popularidad en las décadas de 1960 y 1970 y desde entonces se ha expandido no solo por universidades y organismos públicos de todo el mundo, sino en las preocupaciones —y las experiencias— de cada vez más habitantes del planeta. Hoy el calentamiento global se confirma como uno de los mayores desafíos de la civilización humana.

Wallace Smith Broecker popularizó el término en el artículo publicado en 1975 ‘Calentamiento global: ¿Estamos al borde de un calentamiento global pronunciado?’

Lo que el geofísico estadounidense planteaba como hipótesis lo refrendaba en 2014 el quinto y último ciclo de informes (el sexto se espera para 2021 o 2022) del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC), de Naciones Unidas: «El calentamiento en el sistema climático es inequívoco y desde la década de 1950 muchos de los cambios observados no han tenido precedentes en un periodo de decenios a milenios. La atmósfera y el océano se han calentado, los volúmenes de nieve y hielo han disminuido y el nivel del mar se ha elevado».

El calentamiento global avanza rápidamente, «lo que hace muy difícil, tanto para la naturaleza como para las sociedades humanas, adaptarse a las nuevas condiciones», alerta el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico del Gobierno de España.

Diferencia entre calentamiento y cambio

Es importante tener en cuenta que aunque se suelen utilizar como sinónimos, los términos ‘calentamiento global’ y ‘cambio climático’ no son lo mismo. En realidad, el segundo engloba al primero, al tratarse de un fenómeno más amplio que se refiere «a los cambios en el estado del clima que pueden identificarse a través de cambios en los valores promedio y/o en la variabilidad de sus propiedades», según define la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC).

El cambio climático puede ser originado «por procesos naturales internos o por forzamientos externos también naturales como la modulación en los ciclos solares o las erupciones volcánicas. También puede ser causado por cambios inducidos por el hombre de forma persistente en la composición de la atmósfera», amplía la CMNUCC. Y es, en este segundo caso, el de las causas antropogénicas, cuando se habla más específicamente del calentamiento global. Es decir: el cambio climático puede tener causas naturales o antropogénicas, mientras que las causas del calentamiento global son siempre producto de la actividad humana.

El calentamiento global resulta del aumento del efecto invernadero, un proceso en el que la radiación térmica emitida por la Tierra queda atrapada en la atmósfera debido a los gases con ese efecto (GEI). Su presencia es natural y necesaria para mantener la temperatura del planeta en unos valores habitables. El problema es que las emisiones de gases como el metano o el óxido nitroso se han disparado en comparación con la era preindustrial. «Las emisiones antropogénicas recientes de GEI son las más altas de la historia», señala el último informe del IPCC.

Sabiduría del siglo XIX

Pedro Linares, profesor de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería en la Universidad de Comillas y director de la Cátedra BP de Energía y Sostenibilidad, ha participado en el informe ‘Cambio climático: Bases científicas y cuestiones a debate’, auspiciado por la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) y Fundación Naturgy.

Junto a Julio Lumbreras, profesor de la UPM y coordinador del informe, e Íñigo J. Losada, profesor y director de Investigación del Instituto de Hidráulica Ambiental de la Universidad de Cantabria (IHCantabria), plantea una retrospectiva de la ciencia del cambio climático y su relación con los GEI: comenzó en 1824, cuando el matemático y físico francés Jean-Baptiste Joseph Fourier propuso la idea de que la atmósfera retiene la radiación infrarroja emitida por la Tierra, y que esa retención podía variar en función de la actividad humana. Le seguirían Eunice Foote (1856) y John Tyndall (1859). Arrhenius (1896) calculó el impacto de la variación de estos gases en la temperatura.

«Todos estos avances se produjeron, al igual que otros muchos en la época, por el trabajo individual y aislado», recuerdan los expertos. Hasta que una creciente preocupación por las cuestiones ambientales a partir de los sesenta y los setenta del siglo pasado llevó a una medición más precisa de los cambios de la concentración de CO2 en la atmósfera, que el científico estadounidense Charles David Keeling había comenzado a estudiar en 1956.

«Esta preocupación permitió establecer grupos y programas de investigación de mayor tamaño en universidades y organismos públicos como la NASA, capaces de desarrollar modelos computacionales complejos y medidas de mayor fiabilidad. Todo ello culminó con la creación, en 1988, del IPCC», cuentan Linares, Lumbreras y Losada.

Datos, análisis, no especulación

El IPCC fue creado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) «para ofrecer una visión científica del estado actual de los conocimientos sobre el cambio climático y sus posibles repercusiones medioambientales y socioeconómicas».

Cada nuevo informe recoge los avances científicos respecto al anterior y establece qué áreas necesitan una nueva investigación. Es el principal órgano internacional para evaluar el cambio climático y una fuente excepcional de información rigurosa para quienes han de tomar decisiones políticas. Los dirigentes mundiales llevan 25 años reuniéndose en otras tantas cumbres del clima (COP, Conference of the Parties, por los países o partes firmantes de la CMNUCC). La primera en Berlín, en 1995, la última en Madrid, 2019, y la COP26 se pospone hasta 2021 por culpa de la pandemia.

Mientras tanto, la realidad del calentamiento global avanza imparable, monitorizada por los sucesivos informes de evaluación del IPCC. El segundo, publicado en 1995, hacía hincapié en mitigarlo a través de “la estabilización de las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera a un nivel que impida interferencias antropógenas peligrosas en el sistema climático».

El tercero sacaba a colación las medidas para adaptarse a sus efectos. El cuarto, de 2007, constataba las graves consecuencias medioambientales que desencadenaría el progresivo aumento de la temperatura, como extinciones masivas de especies o una mayor frecuencia y virulencia de eventos climáticos extremos. El quinto resumía las proyecciones de modelos climáticos en función de medidas más o menos estrictas: una subida de entre 0,3 y 1,7 grados centígrados en el escenario más optimista y de 2,6 a 4,8 en el más pesimista.

Dos grados, la gran línea roja

Promover un desarrollo sostenible, resiliente al clima y con bajas emisiones de gases de efecto invernadero. Mantener el aumento global de la temperatura por debajo de 2 grados centígrados y proseguir los esfuerzos para limitarlo únicamente a 1,5 grados.

Son los objetivos del Acuerdo de París, nacido en la Cumbre del Clima de 2015 para tomar el relevo al Protocolo de Kioto (surgido de la cumbre de 1997), como acuerdo internacional para reducir las emisiones de seis gases GEI causantes del calentamiento global. Comenzó a aplicarse en 2020. «Fue una declaración de buenas intenciones, otra cosa es cómo se esté traduciendo a políticas reales«, matiza Linares.

«Se suele decir que, por fin, el cambio climático está en la agenda… Bueno, depende de a qué llames estar en la agenda. Si te refieres a que hemos tomado conciencia de la importancia del problema, pues sí. Pero que sea una prioridad política, pues no tanto», apunta el experto. «Hay quien se lo toma en serio, como la Unión Europea, que se ha marcado unos objetivos de reducción de emisiones para 2030 y ha anunciado su neutralidad climática para 2050. Pero Estados Unidos, salvo California, no está haciendo gran cosa. Y China ha anunciado que será neutra en carbono para 2060, pero aún no ha dicho cómo», observa.

Conclusión: hay que actuar

Uno de los informes especiales que publicará el IPCC entre 2021 y 2022 versará sobre las consecuencias del calentamiento global. En concreto, analizará los impactos ambientales de subir 1,5 grados centígrados con respecto a los niveles preindustriales y «las trayectorias correspondientes que deberían seguir las emisiones de gases de efecto invernadero, en el contexto de reforzar la respuesta mundial a la amenaza del cambio climático, el desarrollo sostenible y los esfuerzos por erradicar la pobreza», recoge en su página web.

«Los modelos sirven para intentar entender un escenario futuro a partir de un determinado cambio, pero tienen incertidumbres», reconoce Linares. «Sabemos que, si hacemos esto, existe una elevada probabilidad de que ocurra aquello, y que si cambiamos, las consecuencias serán otras».

«Cualquier científico serio no irá más allá de estimaciones aproximadas: si seguimos así y aumentamos en 2 grados la temperatura del planeta para 2100, ¿cuáles son los posibles escenarios? ¿Y si llegamos a los 3 grados? ¿Cuánta gente tendrá que emigrar? ¿Qué ocurrirá con la agricultura? ¿Y con los fenómenos adversos? ¿Y el nivel del mar?»

Linares no está de acuerdo con la afirmación tipo «si seguimos así, no habrá vida en la Tierra». Insiste en que existen incertidumbres científicas y hay que manejarlas, y riesgos que hay que gestionar. «Esto no quiere decir que no sepamos la dirección que debemos seguir. La incertidumbre puede llevar a la inacción y es todo lo contrario: tenemos que actuar».

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