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Deflación Act. 17 sep 2018

Deflación vs. inflación: qué son y cuál debe preocuparnos más

Fotografía de un globo aerostático subiendo y bajando como los precios con la inflación y la deflación BBVA

En términos generales, podemos decir que la inflación y la deflación son respectivamente comportamientos ascendentes o descendentes de los precios que pagan los consumidores, medidos por el IPC. En concreto, pueden definirse más como procesos que comportamientos.

¿Por qué nos referimos a los precios que pagan los consumidores?

En la economía existen muchos precios. Por ejemplo, tenemos los precios de las materias primas que utiliza la industria, o tenemos los precios del trabajo, es decir, los salarios. En ese sentido, la inflación y la deflación pueden referirse al conjunto de los precios de la economía, de los salarios, etc. Pero las que preocupan de una forma especial son las relacionadas con nuestra “cesta de la compra” habitual.

La inflación y la deflación de los precios que pagan los consumidores son una preocupación preferente por varias razones. En primer lugar, estos precios reflejan nuestro poder adquisitivo, lo que podemos comprar con nuestra renta, y la inflación y la deflación reflejan la evolución del poder adquisitivo de una determinada cantidad de dinero a lo largo del tiempo.

En segundo lugar, existe una íntima relación entre los precios que pagan los consumidores y los costes de las empresas. Cuanto mayores sean los precios, mayores serán los salarios que se requerirán para contratar trabajadores en el país.

En tercer lugar, esa elevación o disminución de los costes conlleva también variaciones en los precios de los productos. Por esa vía, los precios que pagan los consumidores son un indicador de competitividad. Unos precios del consumo más reducidos permiten un mayor poder adquisitivo de los trabajadores con salarios más reducidos, lo que favorece conjugar el mantenimiento o la reducción de costes con el mantenimiento o elevación del poder adquisitivo de los trabajadores.

En cuarto lugar, también la inflación y la deflación afectan a las finanzas. El valor de una deuda, en términos reales, es tanto mayor cuantas más cosas se puedan consumir con el dinero que se necesita para pagarla. Por eso la deflación beneficia a los acreedores y la inflación a los deudores. Por eso, y por determinadas medidas de política monetaria, cuando existe inflación elevada, suelen ser más elevados los tipos de interés que cuando hay deflación.

En quinto lugar, eso tiene un impacto sobre las finanzas públicas, ya que los estados suelen estar endeudados. Una inflación imprevista, y por tanto no reflejada en un aumento de los tipos de interés exigidos, contribuye a diluir el peso de la deuda pública.  Los contribuyentes tienen que renunciar a menos consumo para pagar la misma deuda. Si esa inflación imprevista, que perjudica a los acreedores porque se devuelve la misma cantidad, pero con ella se pueden comprar menos cosas, se ha generado por decisiones del gobierno, es posible que tenga consecuencias en forma de mayores dificultades de acceso a la financiación.

En sexto lugar, influyen en los tipos de cambio. La inflación conduce a la depreciación de las monedas, del mismo modo que la deflación las revalúa.

¿Por qué la inflación y la deflación son más bien procesos que comportamientos?

Un aumento puntual de los precios, incluso mantenido durante un tiempo, no conduce necesariamente a la inflación, del mismo modo que una reducción puntual de los precios tampoco conduce a la deflación. La palabra clave es “conduce” porque la inflación tiene capacidad para generar nueva inflación y la deflación puede conducir a nueva deflación.

Ese proceso de conducción de la inflación a nueva inflación o de la deflación a nueva deflación se ve influido de forma crucial por las expectativas de los agentes económicos. Por ejemplo, si los vendedores esperan que los precios suban, pueden decidir que es mejor posponer la venta. Lo mismo les sucede a los compradores cuando piensan que la deflación hará más barato comprar dentro de un tiempo.

Un mecanismo clave del proceso por el que la deflación o la inflación se alimentan a sí mismas es el de las negociaciones laborales y la fijación de precios. Si los trabajadores temen una inflación elevada, solicitarán un mayor aumento de los precios. Ese aumento de los salarios elevará los costes de las empresas. La subida de los costes llevará a más inflación.

Con la deflación puede pasar algo un poco diferente. Los trabajadores pueden ser más reacios a requerir menores aumentos salariales, aunque haya previsiones de deflación. La razón es que pueden tener miedo de que en otros sectores y empresas no haya tal contención y que los precios bajen menos de lo previsto, de manera que perderían poder adquisitivo. Si finalmente la deflación se confirma y los salarios se mantienen, eso supondrá una ganancia de poder adquisitivo de los salarios.

El problema es que, con un salario real mayor (que dé para comprar más cosas), más gente puede querer incorporarse al mercado de trabajo, pero menos empresas querrán contratar (porque les resulta más caro), con lo que se genera paro. El paro hace que haya menor renta y menor confianza de los consumidores, con lo que se reduce la demanda de la economía. La reducción de la demanda conduce a una nueva caída de los precios que ahonda el proceso deflacionista.

¿Qué es más preocupante: la inflación o la deflación?

Se puede decir que ninguna de las dos es siempre más preocupante que la otra. Ambas son preocupantes, en cierto modo suponen “jugar con fuego”, en el sentido de que pueden generar problemas. Se suele buscar como objetivo una cierta estabilidad de precios, que se podrían situar en el entorno del 2%. Eso ofrece mayor previsibilidad a los agentes económicos y evita caer en los peligros de la inflación y de la deflación.

Aunque muchas veces la inflación o la deflación proceda de causas no relacionadas con la política económica, en algunos casos se busca mantener un control sobre ellas precisamente a través de la política económica. Dos ejemplos recientes hemos tenido en España y en otros países europeos. Los famosos recortes buscaban, entre otros objetivos, reducir la demanda para generar deflación que haga nuestros precios más competitivos internacionalmente, lo que se ha venido en denominar deflación competitiva. Otro ejemplo, en el sentido contrario, ha sido el QE con el que el BCE pretende hacer frente a los posibles riesgos deflacionistas.

Uno de los peligros de una y otra medida, cada una en un sentido, hubiese sido asentar una deflación o una inflación a largo plazo, que se hubiesen acompañado de paro y bajo crecimiento. Es decir, la inflación y la deflación son tanto más peligrosas cuanta mayor capacidad tengan de alimentarse a sí mismas generando nueva inflación o deflación.

En otras ocasiones, la inflación y la deflación son vistas como el precio a pagar por otras medidas. El caso de China puede ser ilustrativo. Se toman medidas de estímulo de la demanda, con el objetivo de crecer más, pero eso puede generar más inflación y una pérdida de competitividad sin llegar a crecer más porque hay un problema de falta de recursos para crecer más, en parte por errores en las inversiones realizadas en el pasado. Se pretende crecer más, pagando el precio de la inflación. Otra cosa es que se consiga crecer más.

Un caso especialmente grave de inflación se origina cuando en un país se produce una caída importante del valor de su moneda. Por ejemplo, a consecuencia de la caída de las exportaciones de petróleo y el desacierto en su política económica, el bolívar venezolano ha perdido casi todo su valor. Como consecuencia, los precios medidos en bolívares crecen a velocidades vertiginosas. Cuando una moneda se deprecia violentamente, los precios de los productos crecen de forma violenta.

Por otro lado, una de las principales preocupaciones que nos traen la inflación y la deflación es su impacto en la distribución de la renta. En primer lugar, no todos consumimos lo mismo, de forma que se ven beneficiados aquellos que consumen los productos que se abaratan más y se ven perjudicados quienes consumen lo que se encarece más.
Además, el impacto de la inflación y la deflación en el ahorro y la financiación puede traer desigualdades. Las formas de cubrirse contra los efectos de la inflación en los ahorros o del impacto de la deflación en las deudas están más al alcance de los más ricos. Además, si se generan dificultades para acceder al crédito, los más ricos tienen mayor facilidad para el acceso a la financiación en otras monedas.

Imagen | iStock

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