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Arquitectos de casas ecológicas: en busca del edificio 100% sostenible

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Construcciones que respetan el entorno, que usan materiales naturales o reciclables, que se adaptan y aprovechan el clima y buscan el confort con un mínimo consumo de energía. Las casas ecológicas comienzan a ganar terreno. Estos son algunos de los arquitectos más sostenibles e innovadores.

Casas ecológicas, bioclimáticas, pasivas, resilientes, sostenibles… El lenguaje puede ser engañoso cuando queremos referirnos a viviendas que logren el máximo equilibrio entre el entorno y la vida de los seres humanos. Las hay de muchos tipos aunque lo importante no es cómo las llamemos, sino cómo seguir avanzando en edificaciones que saquen partido al clima de cada lugar, cuyo impacto sobre el medioambiente sea mínimo, y que ofrezcan el mayor bienestar posible al ser humano. Características que se aúnan en conceptos como bioconstrucción.

En estos tiempos donde la prioridad se llama sostenibilidad –la protección del ecosistema social, económico y ambiental–, las casas ecológicas tienen mucho que aportar. No solo por su eficiencia energética, “también porque los materiales utilizados sean de proximidad, naturales, resistentes en el tiempo y reciclables. Una buena bala de paja puede ser muy resistente al fuego con arcilla o cal. La cal se ha utilizado toda la vida, nos ha protegido de epidemias y endurece con el tiempo”, pone como ejemplo Teresa Cuerdo, investigadora del Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja, perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y experta en productos innovadores para la construcción. “El principal escollo en la actualidad –asegura– es que todas las nuevas maneras de construir encajen con las normativas”.

A lo largo de la historia de la arquitectura, y especialmente a partir de la década de los setenta del siglo XX, muchos diseñadores y constructores han investigado nuevas formas de sostenibilidad en la edificación. El estadounidense Edward Mazria es un referente en la utilización de energías renovables para un calentamiento y enfriamiento pasivo de los edificios; Neri Oxman, arquitecta e investigadora del MIT Media Lab, practica la “ecología material”, inspirada en la naturaleza, la biología y las nuevas tecnologías; la arquitecta india Anupama Kundoo proyecta edificios innovadores con materiales que tengan un mínimo impacto ambiental; Richard Rogers fue uno de los precursores cuando en 1968 ideó una casa 100% sostenible; y el español Luis de Garrido es uno de los máximos especialistas en arquitectura ecológica y autosuficiente con consumo energético cero. Son unos pocos nombres entre cientos de profesionales que pretenden asegurar el bienestar, la salud y la felicidad de los ocupantes de una vivienda.

A continuación, encontrarás cinco propuestas muy distintas sobre cómo abordar una casa ecológica y que tocan temas como la reducción de la huella de carbono, el uso de materiales reciclables y de desecho, la rehabilitación sostenible, el respeto por el entorno o la importancia de los sistemas tradicionales de bioclimatización.

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Jason Pomeroy, un arquitecto neutro en carbono

Hasta la llegada de la pandemia de la COVID-19, el británico Jason Pomeroy –hijo de padre inglés y madre malasia– volaba tres veces por semana desde Singapur a Europa, Asia u Oriente Medio en un no parar de reuniones, conferencias y talleres. Él, uno de los abanderados del diseño arquitectónico sostenible y fundador de una academia internacional para concienciar sobre el cambio climático, se dio de bruces con la realidad y se dio cuenta de que se pueden hacer muchas cosas en remoto para reducir las emisiones de CO2.

Presentador de televisión y laureado en varias ocasiones, el eco-arquitecto está dejando su impronta sobre todo en Asia. Una de sus virtudes ha sido incorporar a su equipo arquitectos, paisajistas, interioristas y expertos ambientales con el objetivo de crear espacios que no solo tengan en cuenta los tres principios de la sostenibilidad (social, económico y medioambiental), sino que añadan parámetros espaciales, culturales y tecnológicos.

En 2010 diseñó el primer prototipo de vivienda neutra en carbono de Asia. La Idea House se basó en algunos de los principios de diseño pasivo de las casas tradicionales malayas de Kampong, incorporando tecnologías verdes modernas para lograr cero emisiones y construyendo por módulos para ahorrar costes y ganar tiempo. Cuando se observan sus proyectos, que van desde edificios residenciales y centros empresariales a intervenciones escultóricas, naves industriales o complejos turísticos, todos parecen formar parte de una utopía arquitectónica accesible solo para unos pocos.

A finales de 2020, Pomeroy aseguró que “todavía existe la percepción de que la sostenibilidad es de alguna manera más cara y solo disponible para privilegiados que puedan pagarla. Estamos orgullosos de poder demostrar a través de nuestro enfoque de diseño sostenible basado en evidencias que un edificio ecológico es en realidad un edificio rentable. ¿Por qué? Aplicamos la física de la construcción para mejorar el aire y la luz y ayudar así a reducir los costos de capital iniciales y los costos operativos posteriores, y utilizamos materiales de origen local para rebajar los costes económicos y ambientales de traerlos desde lugares lejanos”. Si se cumplen los plazos, en 2022 se estrenarán 246 viviendas unifamiliares con cero emisiones de carbono en San Fernando (Filipinas). Las casas, de 80 m2 y con techos solares, asegura serán asequibles para un propietario medio “cuyos ocupantes no tendrán que pagar factura de la luz el resto de sus vidas”.

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Michael Reynolds, el guerrero de la basura

Construir una escuela para 100 alumnos de entre 3 y 12 años en tan solo 45 días. Y además que sea sostenible y no de cualquier manera. Para hacerla 100% ecológica se utilizaron 2.000 neumáticos, 1.500 botellas de plástico y 3.000 de vidrio, 12.000 latas, madera, cemento, se instalaron paneles fotovoltaicos y un techo que recoge el agua de la lluvia y que una vez filtrada la utilizan los alumnos para lavarse las manos o para regar el invernadero. Y todo ello por 350.000 euros y la mano de obra de un centenar de voluntarios de una treintena de países, vecinos y futuros alumnos. Tras esta edificación levantada a finales de 2017 en la localidad de Jaureguiberry, a 80 kilómetros de Montevideo (Uruguay), está la ONG Tagma y la mano del arquitecto Michael Reynolds, el conocido como ‘guerrero de la basura’, y su empresa Earthship Biotecture.

Reynolds, norteamericano nacido en 1945 que se enfrentó a la ortodoxia arquitectónica y que aún hoy conserva, por fuera y por dentro, una filosofía hippy, lleva décadas como uno de los gurús de las viviendas ecológicas. Obsesionado por desarrollar casas con un mínimo impacto para el medioambiente, encontró en los desechos del ser humano la base de su arquitectura. Criticado en un principio por sus colegas, hoy puede estar orgulloso de haber sacado adelante más de un millar de construcciones por todo el mundo, desde casas unipersonales y refugios a escuelas y hoteles.

La utilización de materiales naturales, locales y reciclables, aprovechar las condiciones del entorno y buscar el autoabastecimiento energético son las soluciones elegidas por este visionario de 75 años. Los siete pilares de Reynolds son:

  • Utilización de energías renovables, sobre todo paneles solares que aportan toda la energía que consume el edificio.
  • Acondicionamiento térmico pasivo estudiando la posición del edificio. Aprovecha los neumáticos para montar grandes muros atravesados por tubos de ventilación que mantienen una temperatura adecuada y estable durante todo el año.
  • Captación de agua de lluvia mediante techos inclinados.
  • Reutilización de aguas con un sistema de distribución que filtra y limpia el agua para dedicarla al consumo humano, al mantenimiento de huertos y cisternas de baños.
  • Producción de alimentos orgánicos y saludables para el consumo de las personas que residen en el edificio.
  • Uso de materiales reciclados (desechos), tradicionales y naturales.
  • Factor humano alimentado por el trabajo colaborativo.
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Glenn Murcutt, pasión por el lugar

El presidente de la Asociación de Arquitectura de Australia, Medalla Alvar Aalto en 1992 y premio Pritzker en 2002, no es un arquitecto de gran estudio y equipo multidisclipinar. Glenn Murcutt todavía trabaja en soledad y solo en Australia. Discípulo de referentes de la arquitectura como Mies Van der Rohe y Pierre Chareau, sus viviendas y edificaciones respiran respeto por la naturaleza y por la artesanía y la mano de obra locales.

La meticulosidad y pasión de Murcutt (Londres, 1936) por entender el sentido de cada construcción le hacen especial. En 1994 recibió el encargo de una vivienda junto a un bosque australiano donde azotan vientos huracanados y fuertes mareas, y donde la temperatura no baja de los 25 grados y hay una alta humedad. Antes de comenzar la edificación de la Casa Marika, el arquitecto estudió a fondo el comportamiento del sol, el viento y el agua en esa zona de clima monzónico.

De esta forma creó una estructura de una sola planta que descansa sobre pilotes para que circule el viento por debajo y así enfriar el suelo. Al estar la casa elevada impide inundaciones, salvaguarda la vegetación e impide la entrada de animales. En la construcción utilizó acero y madera resistentes a las lluvias tropicales, materiales para piezas prefabricadas que trabajaron artesanos de la zona, lo que redujo gastos, tiempo y energía en su transporte. La mezcla de elementos vernáculos, propios de la historia y el lugar donde construye, y modernos, así como la utilización de madera recuperada han convertido a Murcutt en lo más alejado a un ‘arquitecto estrella’.

Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal, obras transformadoras y asequibles

La pareja francesa acaba de recibir el mayor galardón en arquitectura, el premio Pritzker 2021, por sus más de tres decenios encontrando soluciones a los grandes problemas energéticos y sociales que vivimos. Son los reyes del aislamiento para reducir el gasto energético y la factura de la luz, y siempre tienen en cuenta a las personas. Fue en África donde descubrieron que de la escasez se puede hacer virtud. Cada uno llegó por su parte a Níger allá por la década de los setenta y rápidamente entendieron como equipo la necesidad de ahorrar recursos, respetar el paisaje y mejorar la vida de los residentes.

Lacaton y Vassal se han especializado en mejorar edificios ya existentes, en respetar el patrimonio dignificando el día a día de sus habitantes o usuarios. Fueron los artífices de la remodelación del Palais de Tokyo de París, un edificio de 1927 a orillas del río Sena que transformaron en un espacio para la creación contemporánea. Como el presupuesto no era muy generoso, tomaron algunas medidas curiosas, como la instalación de lucernarios con paneles empleados en la industria agrícola (invernaderos) y automatizados para lograr una ventilación adecuada y un aprovechamiento de la luz. Para ahorrar no enyesaron ni pintaron los muros y así ampliaron el espacio.

Seis años después, en 2018 protagonizaron la intervención de tres bloques de pisos sociales al norte de Burdeos que se habían quedado anticuado y poco confortable para los vecinos. La pareja de arquitectos galos decidió no tocar la estructura original y sí ampliar la superficie útil de cada apartamento construyendo una pantalla de balcones ajardinados orientados al sur. De esta forma, los bloques ganaron luz y aislamiento, ganando así eficiencia energética.

En esta estrategia rehabilitadora también destaca la remodelación de la torre Bois-le-Prête, un edificio de gran altura con 96 apartamentos sociales en la circunvalación norte de París. En lugar de demolerlo, la transformación propuesta por Lacaton y Vassal se basó en crear una segunda cobertura alrededor de toda la construcción que hacía ganar tres metros de espacio interior en todo el perímetro, lo que redujo a la mitad el consumo de energía, la contaminación acústica y la calidad de vida en las viviendas.

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Pablo Farfán, nueva arquitectura mediterránea

Este arquitecto malagueño tiene clara su misión: “Realizar construcciones eficientes con diseño bioclimático y materiales locales, naturales y de baja energía incorporada, con base en los conocimientos y experiencias de la arquitectura tradicional, que además hagan un uso responsable del agua y produzcan su propia energía”, explica desde su tierra natal. Nada más y nada menos.

Hay que echar la vista atrás 20 años para entender a Farfán. En esa época le tocó participar en la rehabilitación del centro histórico de Madrid, de corralas en el barrio de Lavapiés a edificios como la Antigua Fábrica de Tabacos. “Trabajando en esas construcciones, algunas con casi 300 años de antigüedad, entendí que allí había un concepto de arquitectura ecológica ya que se hicieron en una época donde no había combustibles fósiles, plásticos, calefacción o aire acondicionado”.

Durante dos años, dentro del proyecto Biourb, estudió también la zona fronteriza entre España y Portugal cerca de los Arribes del Duero, un espacio natural que toca Salamanca y Zamora. Allí conviven tres tipos de clima (continental, mediterráneo y atlántico) y pudo analizar el comportamiento energético de las casas de más de 100 pueblos a ambos lados de la frontera. “Encontramos sistemas de climatización como los muros vegetales, ménsulas para sujetar unos palos donde se enredaban las parras y formaban una cubierta vegetal, separada de la casa, que funcionaba como una cámara de aire, cubriendo la fachada sur en verano y dejándola en invierno descubierta al sol. Las cubiertas vegetales parecen hoy muy modernas, pero en Salamanca encontramos molinos del siglo XVIII con esas cubiertas vegetales, con bóvedas de piedra y sin impermeabilización”, recuerda Farfán.

Aquella observación de la arquitectura vernácula y de las zonas rurales le ayudó a comprender que sus sistemas bioclimáticos eran la orientación, los huecos, las cubiertas, el aislamiento, las sombras… todo aquello que hace que una edificación se adapte a un clima concreto. Y que hay que tener en cuenta la cubierta y la fachada, que son las partes que más energía reciben. Cada rayo de sol que llega a tu casa es un recurso que debe ser aprovechado”, comenta. Y es así como en 2014 decide volver a la Costa del Sol y aplicar todos sus conocimientos en la construcción de casas ecológicas.

La idea parece sencilla, mantener en verano las viviendas frescas y conservar el calor en invierno. “La clave está en la inercia térmica y no en los materiales de aislamiento. Hay que utilizar muros pesados y anchos que regulen la temperatura y la humedad, que absorban el calor cuando las temperaturas sean bajas y lo devuelvan cuando suban”, asegura.

Para ello, el arquitecto andaluz utiliza bloques de tierra comprimida (BTC), un material desarrollado en Colombia y que se utiliza mucho en Latinoamérica y California (EE. UU.) y que viene de la tradición constructiva española que mezclaba el tapial (tierra con cal) y el adobe (barro con paja). A estos muros de 30 centímetros le añade una capa de corcho natural y un revoco de cal. “Si acompañas estos muros con vegetación autóctona y celosías bioclimáticas, consigues una climatización confortable en invierno y en verano. Si además utilizamos materiales locales y naturales que no afecten a la salud y duren muchos años, la eficiencia energética es mayor”. De ahí que Farfán esté colaborando con fábricas malagueñas para el suministro de material, ahorrando así la huella de carbono del transporte y apostando por la economía local.

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