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Planeta> Cambio climático 05 nov 2021

Así es el mapa agrícola que dibuja el cambio climático

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Reducción y eliminación de variedades agrícolas, deforestación y sobreexplotación, nuevas plagas… El cambio climático afecta ya a la seguridad alimentaria en muchos rincones del planeta. Según previsiones oficiales, en 2050 se perderán entre el 3 % y el 12 % de las cosechas por la crisis climática.

En los departamentos colombianos de Magdalena y La Guajira, ríos y ciénagas prestan sus aguas para regar los cultivos de bananos que se suceden hasta tocar el mar Caribe. Durante décadas, estas plantaciones han sido la base de la economía de miles de familias, y también el punto de partida de una fruta que se exporta a todo el mundo.

Sin embargo, los cambios en las precipitaciones y las temperaturas ponen en riesgo el complicado equilibrio de estos cultivos. Para hacer frente a enfermedades y otras amenazas, un gremio bananero de estas áreas contó con el apoyo de técnicos agrarios. Con algunos pequeños cambios, consiguieron reducir un 15 % sus pérdidas por efectos climáticos y un 25 % el uso de fertilizantes por hectárea en sus cultivos.

Historias como estas son cada vez más habituales, y todo parece indicar que seguirán siéndolo a lo largo de las próximas décadas. El actual sistema de producción de alimentos se enfrenta a un gran desafío: mantener y nutrir a una población en constante crecimiento a la vez que el cambio climático amenaza con impactar las cosechas de cualquier rincón del mundo. Para afrontarlo, es necesario entender los riesgos a nivel global, regional y local, y también conocer las soluciones que están a nuestro alcance.

Del campo al plato: una larga historia de emisiones

El sector de la alimentación en general y el de la agricultura en particular son grandes perjudicados por las consecuencias de la crisis climática. Los cambios en las temperaturas y los patrones de precipitación alteran las estaciones y las etapas de crecimiento de las plantas. Además, los fenómenos meteorológicos extremos, las sequías, los incendios o la propagación de plagas ponen en riesgo también la salud de los cultivos.

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A su vez, el sector de la alimentación es uno de los principales motores del cambio climático. Antes de llegar a nuestros platos, gran cantidad de los alimentos que consumimos son producidos, almacenados, elaborados, procesados, envasados, transportados y vendidos. Todas y cada una de estas fases tienen su huella medioambiental y generan gases de efecto invernadero que contribuyen al calentamiento de la atmósfera. De acuerdo con el informe ‘Climate Change and Land’ del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), entre el 21 % y el 37 % de las emisiones totales de gases de efecto invernadero son atribuibles al sistema alimentario.

El impacto que generamos sobre los cultivos no acaba ahí: la deforestación, la sobreexplotación y el uso de químicos y otros contaminantes, entre otros, está haciendo que la disponibilidad de agua y tierra apta para cultivar sea un bien cada vez más escasa.

Las consecuencias son numerosas. La principal es el aumento del hambre y la malnutrición, sobre todo entre la población empobrecida y vulnerable del planeta. “El cambio climático está afectando a la seguridad alimentaria a través del aumento de las temperaturas, los cambios en los patrones de precipitación y una mayor frecuencia de algunos eventos extremos”, señalan desde el IPCC. Como resultado, pueden agravarse las inestabilidades y surgir nuevos conflictos.

Por otro lado, recuerda la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), los cambios en el clima y en la tierra pueden causar nuevos esquemas de plagas y enfermedades que afectan a la inocuidad de los alimentos y a la salud humana.

El mapa que dibuja el cambio climático

Aunque se trata de un fenómeno de dimensiones globales, es importante tener en cuenta que los efectos del cambio climático no se notarán por igual en todas las regiones del planeta. Y, por lo tanto, no afectarán del mismo modo a todos los cultivos.

“Aunque se estima que va a haber un impacto sobre las cosechas de todo el mundo, en algunas partes será más acusado que en otras. En la mayoría de los casos se verán reducidas, pero en algunas excepciones la producción se va a incrementar”, explica Alberto Sanz Cobeña, profesor e investigador en el Centro de Estudios e Investigación para la Gestión de Riesgos Agrarios y Ambientales de la Universidad Politécnica de Madrid (CEIGRAM).

Algunas regiones de África subsahariana, el este de Asia y América Latina se verán especialmente perjudicadas. “En líneas generales, puede afirmarse que la incidencia será más negativa en las regiones del planeta en donde más se depende de la agricultura para sobrevivir”, explica Sanz.

América Latina es una región en la que el cambio climático, la agricultura y la pobreza están estrechamente relacionados. Allí, y de acuerdo con el profesor de CEIGRAM, uno de los principales problemas a los que se enfrentan los agricultores viene derivado del actual sistema de producción: a lo largo de las últimas décadas, se han ido reduciendo y eliminando variedades tradicionales de los cultivos hasta quedarse únicamente con los más rentables. Ahora, contar con pocas opciones les resta capacidad de resiliencia ante los cambios.

La zona del Mediterráneo, por otro lado, es también especialmente vulnerable a los efectos del cambio climático. “Es una región ecotono, un ecosistema que está en la frontera entre la zona templada del norte de Europa y la zona desértica del Sáhara. Estas regiones de transición tienen menos capacidad de adaptación”, explica Sanz. “Como consecuencia, las cosechas de cultivos clave como la cebada, el trigo o el maíz pueden reducirse en torno a un 12 % y un 20 % a final de siglo. Esto hará la región más dependiente del exterior”, añade.

En estas previsiones de futuro entra en juego, también, el estrés hídrico. El agua es fundamental para mantener tanto cultivos que producen mucha cantidad, como el trigo o el maíz, como otros con alto valor añadido, como los viñedos.

Una ecuación en números negativos

De acuerdo con el informe del IPPC, cultivos como el del maíz y el trigo, que suponen la base de la alimentación de millones de personas, se han visto afectados de forma negativa en latitudes bajas, pero han salido favorecidos en otras más altas en los últimos años. Por otro lado, está habiendo incrementos en los cultivos que mejor reaccionan ante condiciones de sequía y altas temperaturas. “Por ejemplo, el sorgo, uno de los cereales más importantes en Etiopía”, añade Sanz.

A nivel global, sin embargo, las pequeñas mejoras en algunos cultivos no compensan la pérdida de otros. “El incremento de cultivos como el del sorgo, por ejemplo, no compensa el impacto negativo en los del arroz, el maíz y el trigo, mucho más consumidos en todo el planeta. Ni en términos económicos ni a nivel nutritivo”, concluye el profesor.

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Las estimaciones dejan números negativos. De acuerdo con Sanz, si tenemos en cuenta el peor escenario del IPCC, en el que se producirá una subida de las temperaturas de cuatro grados Celsius a finales de siglo, se perderán entre el 3 % y el 12 % de las cosechas en 2050 y hasta el 25 % antes del 2100.

Tradición y conocimiento indígena en las respuestas

Las soluciones son complejas y dependen de numerosos factores. “Partimos de que no podemos trasladar los cultivos de un sitio a otro, como si se tratase de un puzle”, explica Sanz. “Cada cultivo está adaptado no solo a la temperatura y la humedad de un lugar, sino también a otros factores relacionados con el clima y el tipo de suelo”.

Las soluciones para adaptarse a esta nueva situación se dividen en dos grandes grupos: aquellas que se centran en los cultivos y buscan asegurar la producción, y aquellas que dependen de la implementación de políticas y cambios sociales. En ambos casos, la capacidad del ser humano para aplicarlas se reduce a medida que las condiciones son cada vez más extremas. Y, por lo general, todas pasan por transformar el sistema actual de producción y consumo.

Una de las soluciones que ha ganado más fuerza durante los últimos años es recuperar los modelos basados en la agricultura familiar y los conocimientos indígenas. “Estos se han ido machacando año a año por los intereses de grandes empresas”, explica Sanz. “A muchas comunidades se les ha quitado su capacidad de adaptarse a los cambios con sus conocimientos tradicionales, pero son modelos que se están retomando y pueden jugar un papel importante en las próximas décadas”.

El IPPC señala además ciertas soluciones que se pueden adoptar de manera individual. Por ejemplo, reducir el desperdicio alimentario y seguir una alimentación más sostenible, en las que abunden los productos de proximidad y se dé prioridad a las verduras y las legumbres por encima de la carne.

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