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¿Qué es la deforestación y cómo afecta al medioambiente?

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En algunos países los bosques recuperan terreno, pero en general la tendencia planetaria es la de perder masas forestales por actividades como la explotación descontrolada o el crecimiento de la población. La deforestación es incompatible con la especie: los bosques son aliados clave en la lucha contra el cambio climático y la desertificación por su capacidad como sumideros de CO2.

La pérdida de las masas forestales tiene su principal origen en diversas actividades humanas, desde el uso intensivo del suelo para la agricultura y la ganadería a la explotación de minerales en el subsuelo de los bosques, pasando por el aprovechamiento a gran escala de la madera, la construcción de infraestructuras, la especulación del suelo y el crecimiento de la población, de las ciudades y sus áreas de influencia.

Desde luego puede producirse también por causas naturales (por ejemplo, los cambios climáticos o la desertificación), “pero éstas tardan mucho más tiempo en eliminar la superficie arbolada”, puntualiza Enrique Segovia, director de Conservación de la organización World Wildlife Fund (WWF) en España.

El protocolo de Kyoto de 1997, al que da continuidad desde 2020 el Acuerdo de París, estableció en uno de sus artículos las especificidades de las actividades vinculadas al uso de la tierra para facilitar el cumplimiento de los compromisos establecidos dentro de ese acuerdo en cuanto a reducción de emisiones.

Los árboles como víctimas

Las causas de la deforestación son tan antiguas como la propia actividad humana, especialmente desde la extensión de la agricultura. Algunas zonas del planeta ya sufrieron fases de destrucción del arbolado hace siglos, debido principalmente al cambio del uso del suelo para hacerlo cultivable, a la tala masiva con el fin de obtener madera (como combustible y material de construcción de viviendas o flotas de barcos, entre otros usos) y al desarrollo industrial intenso unido al crecimiento demográfico.

Este fue el caso de varios países europeos y en Norteamérica, aunque en la actualidad el proceso se ha invertido en algunos de ellos y las masas forestales amplían poco a poco su extensión en los mapas. Tiene mucho que ver una mayor conciencia ecológica de la sociedad respecto a la importancia de los bosques, por ejemplo como sumideros naturales de dióxido de carbono (CO2), fábricas de oxígeno y santuarios de la biodiversidad.

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Doble efecto demográfico

Pero también influyen los aspectos demográficos: el abandono de las zonas rurales y la tendencia a la concentración de la población en las ciudades. Según la ONU, a mediados de siglo vivirá en ellas el 90% de la población global. Enrique Segovia menciona el caso de España: “Es un país que ha tenido una deforestación impresionante durante siglos y ahora está recuperando mucha masa forestal, en parte porque se plantan nuevos bosques y en parte porque los que quedan no se destruyen al despoblar el mundo rural”.

No obstante, este fenómeno también implica una consecuencia adversa: la falta de mantenimiento y limpieza de las masas forestales que durante milenios han asegurado las poblaciones campesinas, lo que se traduce en un mayor riesgo de incendios devastadores (que además emiten grandes cantidades de gases de efecto invernadero, GEI). En este sentido, WWF también advierte de que la deforestación degrada el terreno y lo hace mucho más vulnerable a catástrofes naturales como las inundaciones que arrastran la capa de tierra fértil.

Los pulmones del planeta

La deforestación más dañina para el medioambiente global se localiza en las zonas tropicales y subtropicales del globo terráqueo. Enormes territorios como la Amazonia, la región del Congo en África central o las selvas de Borneo son las áreas más devastadas en la actualidad. En WWF calculan que, desde 2004 a 2017, se han perdido 43 millones de hectáreas. La deforestación de la Amazonia y su bosque tropical (pulmón planetario compartido por ocho países: Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela), es particularmente grave por su persistencia, su extensión y el número de personas perjudicadas directamente.

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La deforestación del Amazonas afecta a toda la población mundial, como la pérdida de cualquier bosque, dada la gravedad de sus consecuencias y el efecto en cadena. Los datos hablan por sí solos: casi un tercio de la superficie terrestre actual está arbolada, casi la mitad de las especies habitan en ella, las masas forestales nutren el 75% de las fuentes de agua dulce y más de 1.000 millones de personas viven en esos hábitats.

Su condición de sumideros de CO2 es especialmente relevante, ya que se trata del principal gas responsable del calentamiento global. Los árboles lo absorben y lo fijan en su madera, además son básicos para los ciclos del agua, el carbono y el nitrógeno.

Conservar el patrimonio natural

Las medidas para evitar la deforestación están sobre la mesa desde el siglo pasado y acaba de empezar la década de la restauración de ecosistemas, un programa de Naciones Unidas que pretende, a través de apoyos políticos y financieros e investigaciones científicas, “regenerar millones de hectáreas destruidas o degradadas, además de océanos y lagos dañados”. La declaración de nuevos espacios protegidos, la preservación de áreas habitadas por comunidades indígenas y plantar barreras verdes para frenar el avance de los desiertos son medidas clave contra la deforestación.

Igualmente se aplican acciones de mercado como la certificación de productos procedentes de bosques con gestión sostenible o servicios ambientales como el mantenimiento de las zonas altas de las cuencas hidrográficas. El compromiso empresarial de no utilizar o comercializar artículos relacionados con una explotación irracional del bosque, también.

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