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Carlos de Hita, el pintor de los paisajes sonoros

Podríamos definir a Carlos de Hita como un intérprete sonoro del entorno natural, alguien que convierte un paisaje salvaje en una narración acústica, así como otros profesionales lo inmortalizan en una fotografía, un documental o un apunte en acuarela tomado del natural.

Pero el último Premio Fundación BBVA a la Difusión del Conocimiento en Conservación de la Biodiversidad es también un notario que levanta acta de cómo la biodiversidad se va empobreciendo con el paso del tiempo. “A los que lo contamos no nos queda más remedio que certificar que eso sucede”, afirma.

Su conversión en técnico de sonido de la naturaleza ocurrió por casualidad en 1985, cuando formaba parte del equipo de naturalistas de la serie documental Silencio roto de TVE. Su director, Joaquín Araújo, le propuso ocupar la figura de técnico de sonido, y de Hita pasó de localizar a los animales y las situaciones que había que rodar, a aprender cómo afrontar técnicamente su grabación sonora.

Han transcurrido 30 años de un oficio que incluye un gran número de documentales (La ruta de Samarkanda; Guardianes del planeta; Mundos perdidos), películas (Entrelobos, 14 Kilómetros), colaboraciones radiofónicas (Hoy por hoy, de La Ser o La buena vida, de ABC Radio), recopilaciones para organismos públicos e instalaciones sonoras. En 2006 recibió una nominación a un premio Emmy por una colaboración con National Geographic. Hoy continúa su colaboración con medios desde su blog El sonido de la naturaleza en ElMundo.es.

Un rara avis que transmite emociones a través del sonido

Por esta trayectoria, Carlos de Hita acaba de recibir el Premio Fundación BBVA a la Conservación de la Biodiversidad, en la categoría de Difusión del Conocimiento y Sensibilización. “Es una satisfacción tremenda”, explica, “porque es un espaldarazo muy autorizado a una trayectoria profesional que creí que no duraría. Recibir un reconocimiento a una labor que he llevado a cabo por caminos poco trillados y en la que he sido un rara avis, tiene un doble valor: por una parte, reconoce que has hecho bien tu trabajo, pero sobre todo te da a entender que una apuesta un poco arriesgada, personal, atrevida y no muy garantizada ha tenido sus efectos”.

El oído es, junto con el olfato, el sentido de la evocación, de la memoria

De Hita explica que su trabajo requiere dotes de observación, análisis del entorno, capacidad de saber elegir el momento, pasar desapercibido y comprender qué elementos identifican a un lugar acústicamente hablando: “Qué murmullo del agua es el más interesante, cómo suena el viento en los árboles, cómo es el eco en un sitio determinado, qué reverberación tiene, qué animales hay, por dónde se mueven… A partir de ahí es cuando empiezo a grabar esos ingredientes por separado para, más tarde, componer su relato”.

Un relato que cuenta historias dinámicas y que, si es eficaz, consigue transmitir emociones. Dejando a un lado la palabra hablada, los elementos sonoros quizá no informan tanto como la imagen, pero tienen una poderosa capacidad sugestiva. “El oído es, junto con el olfato, el sentido de la evocación, de la memoria. A quien haya estado en una situación determinada con un ambiente sonoro determinado, si lo oye después en vacío, sin imagen, su memoria le va a llevar ahí. Esa capacidad de evocación que tiene el sonido, esa forma de actuar sobre bases emocionales, es donde yo pongo el acento cuando no hay imagen”. Por ello, siempre que le es posible trabaja siguiendo dos premisas: que la selección de los sonidos sea correcta desde el punto de vista naturalista, y que el relato construido con ellos transmita emociones.

Imagen de Carlos de Hita, Premio Fundación BBVA a la Difusión del Conocimiento en Conservación de la Biodiversidad, en el Sáhara

El silencio de una biodiversidad en declive

Si tuviera que elegir un único sonido de todos los que ha grabado durante estos años, serían los aullidos de los lobos en libertad. “Cuando grabas en plena noche, a principios del otoño que es cuando más aúllan, y oyes el aullido de un lobo en una montaña que no sabes de dónde viene, se te remueve todo por dentro. Estás escuchando la esencia de lo silvestre, de lo agreste. Y por muy bien que grabes, la emoción de estar allí en ese momento no la reproducirás jamás. Ese es el gran privilegio de quienes trabajamos en estos asuntos, fotógrafos, cámaras, pintores… Estamos en la primera fila de un gran teatro viendo a los actores actuar en vivo. Intentamos contarlo, pero la vivencia de haber estado ahí se queda contigo. Es un gran privilegio”.

Esta descripción demuestra el profundo amor que siente por su oficio. Por ello, le cambia la expresión cuando habla de lo que algunos de sus relatos sonoros cuentan sobre la pérdida de biodiversidad. Dado que muchas especies animales se comunican por medio de la voz, un paisaje sonoro denso y variado indica una mayor riqueza biológica de estas especies. Pero las estadísticas indican que, en los últimos 30 años, en Europa han desaparecido en torno a un 30 por ciento de las poblaciones de aves silvestres (en algunos casos, como el cuco, las cifras se han desplomado a la mitad). “El sonido es un buen testimonio de este empobrecimiento”, explica de Hita, que lo ejemplifica con el caso de las aves.

El sonido es un buen testimonio del empobrecimiento de la biodiversidad

“Esta primavera dormí en unos trigales en Tierra de Campos, en Zamora, esperando la llegada del amanecer, porque quería grabar el gran concierto sonoro de las codornices y los aláudidos (las alondras, las calandras, las terreras, la cogujadas), todas las aves de espacios abiertos… Y no daba crédito cuando, esperando que hubiera un jolgorio tremendo, al amanecer el campo estaba en silencio. Son momentos que dan mucho desasosiego. Posiblemente el sistema natural más ignorado y degradado de los últimos años sea el agrosistema, los campos de labor, donde a base de pesticidas, insecticidas, cambios de ciclos de crecimiento del cereal… las comunidades de aves esteparias se han desplomado”.

Opina que la clave para el cambio pasa por el comportamiento cotidiano, y por una sociedad más concienciada que exija a los órganos de decisión que tomen las medidas necesarias para ese cambio. De lo contrario, esa degradación que ha ocurrido en el lapso de 30 años, apenas media vida, será cada vez más acusada.

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