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Educación 20 nov 2020

De la tarima al Google Classroom: Así lo han vivido una abuela, una madre y una nieta del mismo colegio

Una abuela, su hija y su nieta, estudiantes del mismo colegio, charlan sobre la escuela de la posguerra, la Transición y el siglo XXI. Ratios, deberes, cómo han cobrado peso los idiomas y el gran cambio en tiempos de Covid-19: la tecnología. Pero también cómo permanecen invariables cuestiones como la importancia del docente o el centro educativo como lugar donde se forjan amistades.

María del Mar, 10 años, abre los ojos como platos cuando escucha a su abuela Esperanza, de 78, contar que la monja que le daba clase cuando era pequeña tenía su mesa subida en una tarima, y castigaba de cara a la pared. “¿Qué es una tarima?”, pregunta con disimulo a su madre, Aida, 46 años, hija de Esperanza, y enfermera de profesión. Tres generaciones de mujeres de la misma familia, abuela, hija y nieta, han estudiado en el colegio religioso Compañía de María, de Almería, que en tiempos de Esperanza era privado, solo para niñas, y actualmente es un privado concertado mixto, integrado en la red pública de centros educativos.

“El primer día de colegio llegué con miedo. Lo primero que le dije a la monja que había en la puerta fue, ‘Madre, yo no sé leer ni escribir ni nada’, pensando que iban a empezar a hacerme preguntas”, sonríe Esperanza. Tenía cuatro años. Desde aquel día de 1946 han pasado 74 años, a lo largo de los cuales se han producido muchos cambios, incluido uno de siglo. Uno de los más recientes ha sido la incorporación de la tecnología como herramienta educativa. María del Mar la utilizaba con desenvoltura ya antes de la pandemia y el confinamiento. iPad, portátil, tableta en casa. Ahora que libros y libretas han de quedarse en clase, para evitar contagios, cobra aún más importancia el libro electrónico. “Nos conectamos a Savia [la plataforma de la editorial SM], abrimos el libro y hacemos los deberes; hasta la caligrafía”, explica la niña con naturalidad. A través de la plataforma educativa Google Classroom, sus profesores se comunican con ellos y les mandan ejercicios.

El aula de María del Mar mantiene las medidas de protección y distancia de seguridad ante la COVID-19 indicadas por las autoridades sanitarias. Gel hidroalcohólico, puertas y ventanas abiertas, pupitres separados y dispuestos en tres filas paralelas a la pizarra, todos los chicos y chicas con mascarilla. Si mañana se detectara un positivo y hubiera que confinar al grupo y pasar a educación online, su clase (virtual) sería Classroom, con el apoyo del correo electrónico. Aida se esfuerza para no perder comba tecnológica y poder ayudar así a María del Mar y a sus dos hermanos. “Yo tuve mi primer móvil siendo enfermera; un Alcatel azulón que me consiguió un amigo, porque no había tiendas de telefonía”, reconoce. Esperanza ni abre la boca.

María del Mar (10 años):  “Nos conectamos a Savia [la plataforma de la editorial SM], abrimos el libro y hacemos los deberes; hasta la caligrafía”.

La abuela pisó por primera vez su escuela un año después de que entrara en vigor la Ley sobre Educación Primaria del Gobierno de Franco: maternales, primaria, prueba de acceso a las enseñanzas medias, reválida para acceder al bachillerato y curso preparatorio para la Universidad (PREU). Su hija lo hizo en 1976, con menos de dos años, bajo las directrices de la Ley General de Educación de 1970, conocida como la de Villar Palasí por el ministro artífice del cambio: maternal, preescolar, EGB, BUP, COU y Selectividad. Seis leyes educativas después, en 2012, la nieta aterrizó en Infantil; ahora cursa 5º de Primaria; le esperan ESO, Bachillerato y la prueba de acceso a la Universidad.

Esperanza (78 años): “Antes no te consentían las contestaciones”.

A las monjas se las llamaba madres, y de usted, en tiempos de la niña Esperanza. Aida tuteaba a algunos de sus maestros. María del Mar, a todos. La relación con los docentes es más cercana que nunca, coinciden las tres. Y más estrecha. “Cuando yo era niña, mis padres no acudieron a una tutoría jamás; iban los de aquellos compañeros que suspendían”, comenta Aida. Ahora es obligatorio, mínimo, una por trimestre, más si existe algún problema. “A veces hay niños que se portan mal; el castigo es dejarlos sin recreo”, reconoce María del Mar, abriendo la puerta a otro de los debates candentes, el de si los alumnos de hoy son más respondones, maleducados e ingobernables que los de generaciones anteriores. “Es que antes no te consentían las contestaciones”, puntualiza Esperanza. “Creo que, en algunos casos, sí hay un peor comportamiento, pero es responsabilidad nuestra, de las familias. Los valores y la educación se traen de casa”, tercia Aida.

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El aula de María del Mar mantiene las medidas de protección y distancia de seguridad ante la COVID-19 indicadas por las autoridades sanitarias.

Son las 19.00 horas en la terraza en la que tiene lugar la charla, y María del Mar se queja del frío. Viene de entrenar baloncesto, con pantalones cortos y una sudadera fina sobre la camiseta de tirantes. Esperanza recuerda sus clases de gimnasia, con sus cucos (pantalones bombachos) por el tobillo, camiseta y zapatillas blancas de lona. “Era para vernos”, dice entre risas. Sus tardes en el colegio transcurrían haciendo labores, vainica, punto de cruz, en unas mesas con bancos corridos; a última hora practicaban caligrafía en un enorme salón. “La letra picuda”, apostilla. Las compañeras que no iban a seguir con el bachillerato daban una clase de cultura general que incluía solfeo, piano y lecciones de inglés. Pero las demás cursaban solo francés. Aida empezó a estudiar inglés en 6º de EGB, con 11 años. María del Mar lleva con el idioma desde la guardería.

La Compañía de María es un colegio bilingüe, lo que significa que, además de tener su hueco específico dentro del horario, el inglés es la lengua en la que se enseña sociales, naturales, artística; a partir de 3º, se incorpora el francés al currículo. La academia de inglés, las clases vespertinas (dos días a la semana), el deporte y los deberes, a los que dedica “un par de horas”, copan las tardes de la nieta. Su abuela la mira con ternura: “Nosotros teníamos tarea, pero no como ellos, angelicos”. Pues Aida, que también jugó al baloncesto, y dio clases de baile en el Conservatorio, hasta 5º, admite que clavó muchos codos, sobre todo en BUP y COU. En general se siente orgullosa de su formación, a pesar de que en su clase eran 43 alumnos. “¿¡43!? ¿¡Por clase!?”, se sorprende su hija. Las ratios han bajado a los 25-26 estudiantes por aula en Primaria, y habría que bajarlas aún más para mejorar la calidad de la enseñanza, según coinciden los expertos y la propia comunidad educativa.

Las tardes de colegio de Esperanza transcurrían haciendo labores, vainica, punto de cruz y practicando caligrafía.

“Creo que con los idiomas, la tecnología y demás, nuestros hijos tocan muchísimos campos, muchos más que nosotros, pero más superficialmente; no profundizan”, reflexiona Aida, que también alude a la forma en que el conocimiento se compartimenta por comunidades autónomas. “Nosotros estudiábamos la historia o los ríos de España, y no solo los de Andalucía”, observa. “Nos teníamos que saber al dedillo todos los ríos de España, con sus afluentes”, interviene Esperanza. Y las tablas de multiplicar, recitadas con cantinela. Aida también las aprendió así. A María del Mar se las mandaron como tarea para casa.

Aida (46 años): “Creo que con los idiomas, la tecnología y demás, nuestros hijos tocan muchísimos campos, muchos más que nosotros, pero más superficialmente; no profundizan”.

Y luego hay cosas que no han cambiado. Abuela, madre e hija, excelentes estudiantes, califican de “muy positiva” su experiencia en su centro, tanto que la primera continúa vinculada a él, como miembro de la Asociación de Antiguas Alumnas. Sus mejores amigas salieron de aquí. Todas tienen su maestra o maestro preferidos, que les marcó y motivó para seguir adelante. “No sé si son conscientes de lo importantes que son”, destaca Aida. Las aspiraciones académicas y profesionales de Esperanza quedaron encorsetadas por el hecho de ser mujer en la época que le tocó vivir, pero Aida y María del Mar nunca han tenido limitaciones por cuestiones de género. “Mi seño de maternales, Isabel Peralta, me hizo sentir muy válida e independiente; me inculcó que no había nada que no pudiera hacer”, subraya Aida.

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